Viaje a lo inesperado: Tom Jones en Las Vegas
Eso desearía yo, ¿si escribiera en la Rolin Ston yanqui me mandarían a ver a Tom Jones? Por suerte me toca vivir en las alcantarillas del primer mundo, donde el catálogo de antihéroes trash convertidos en héroes culs también tiene lo suyo.
¿Qué se creen? ¿Que soy un corresponsal de guerra?

Uno de los CEOs y también medio gerente de contenidos del multimedios que alberga a este humilde site (y experto en salsas bolognesas, hay que reconocerlo) me llamó a las siete de la tarde del sábado y me dijo: "Migra, tengo una misión imposible que es perfecta pa' vos: ir a ver a Cacho Castaña al teatro Ópera. Yo no puedo ir porque me voy a un asado a lo del Aníbal Fernandez pa'ver si ligamos publicidad oficial, decí que vas de parte mía y te van a dejar pasar"."Estás en pedo", pensé mientras intentaba balbucear un comienzo de excusa (mi plan para esa noche era salir con mi chica a ver alguna de las tantas películas que tenemos en nuestra lista y que venimos demorando semana tras semana), pero la amenaza final de mi jefe (igualito al jefe cascarrabias de Peter Parker pero con veinte años menos) me obligó a aceptar la misión; "y portate bien, no me hagás quedar mal que si no después te mando a ver a Daniel Melero presentando su disco cyber-punk". Hay que probar de todo, me dije para empezar a autoconvencerme; y sabiendo que últimamente nuestro rock y pop nacional es tan excitante, representativo y peligroso como leer las páginas fúnebres de La Nación, me dije que una incursión en el mundo del tango melódico podía aportar la adrenalina que me está haciendo falta sentir más seguido. Le comuniqué el cambio de planes a mi media naranja (que refunfuñó y pataleó un poco pero después se le pasó), nos tomamos un martini para envalentonarnos (y entonarnos también), nos pusimos nuestras bufandas de fin de semana y salimos rumbo a lo desconocido: Cacho de Buenos Aires en el teatro Ópera.
Sobreviviente de todo, de cantor popular a bailantero, de tanguero a ícono cul, ¿cuándo y cómo fue que Cacho de Buenos Aires se convirtió en ícono cul? ¿quién le dio el diploma? ¿quién le abrió las puertas de la culidad? Esas son las grandes preguntas, llamen a Tognetti para que investigue, hasta hace dos años este buen hombre era un grasa indiscutible, un innombrable también, siempre candidato a campeón mundial de los mufas (todavía hay giles que se tocan un huevo cuando lo nombran y acá el único innombrable es el turco che, ese sí que trajo y sigue trayendo mala suerte).

La misteriosa leyenda de Cacho de Buenos Aires

Cacho, estandarte y baluarte de la porteñidad, después de los dientes de Gardel vienen los de don Castaña (no cierran las fechas, pero el Che Copete, el personaje porteño y fanfarrón de la historieta trasandina Condorito, podría haber sido inspirado por el gran Cacho), 62 años tiene el campeón y todavía se la banca, algunos dicen que se está probando la bata que va a dejar Sandro, otros que el tiempo lo va a transformar en el próximo Goyeneche, igual el chabón a esta altura ya es una leyenda con peso y forma propia y también un misterio de esos que dan un poco de cuiqui conocer un poco más. Camino al Ópera había miles de preguntas flotando en el smog, ¿qué nos encontraríamos en ese teatro?, ¿cómo sería el público?, ¿habría olor a porro?, ¿venderían choripanes?, ¿habría banda?, ¿cómo sería esa banda?, ¿habría pantallas gigantes?
No es para cancherear (bueno, sí, un poco) pero la única vez que había estado antes en ese teatro había sido para ver a Nick Cave, artista un cacho más maldito que este Cacho que nos esperaba hoy, la diferencia es que en aquella oportunidad sólo me había alcanzado para una butaquita en la tercera fila empezando desde atrás en el superpullman y esta vez mi jefe había pegado platea vip.
Retiramos las entradas sin inconvenientes salvo los provocados por los inadaptados de siempre que quieren colarse, especialmente una vieja con tapado de piel y pañuelo en la cabeza que se mandó a lo Speedy González por un costado y se plantó al lado de la ventanilla y vaya a saber uno que les pedía a los cajeros, la vieja piqueteaba media ventanilla, los cajeros no la miraban y la tensión iba a en aumento. Cuando nos tocó a nosotros y la vieja empezaba otra vez con su reclamo mi adorable noviecita le mostró los dientes; la anciana reculó y se agazapó esperando la próxima oportunidad de mandarse.
Una vez adentro, el panorama era variopinto y pintoresco, señoras de peinados altos y rosaditos, señores de peluquines también rosaditos pero verdosos, mujeres de ropas brillantes y perfumes fuertes, hombres de anteojos con cara de "vine a acompañar a mi jermu, no se confunda por favor", hombres de pañuelo en el cuello con cara de "yo vine por los tangos y después me voy al cabarulo", treintañeras hot y otras a medio hervir, veinteañeras con pinta de actriz secundaria (y hasta terciaria) de Resistiré, en realidad la mitad del público parecía haber salido de la rascada esa que terminó siendo telenovela de culto y ganadora de 89 martines fierros y ningún don segundo sombra (qué injusticia, Rial mandá a tus sabuesos a investigar los don segundo sombra), había banderas de clubes de fans, y hasta había famosos, cuando estaba por empezar entró la gran Florencia Finkel, que pasó a mi lado y no me saludó porque estaba muy ocupada en pasar desapercibida; la cosa se fue poniendo más interesante al leer el programa: ¡hay oboes y bailarines! Con mi peoresnada nos pusimos a hacer el recuento de los temas de Cacho que conocíamos, entre los dos llegamos a los seis, ni nos preocupamos, ya estábamos despatarrados en las butacas y lo único que quedó fue pronunciar la inolvidable frase del cabezón: "y que sea lo que dió quiera".

Primero la banda toca un tangazo que lamentablemente desconozco, (¡qué banda! bandoneón, guitarra, bajo, batería, teclado, oboe, tres violines y una viola) luego aparece la estrella de la noche sentada a la izquierda del escenario, tocando el piano en una versión de Tanguera de Mariano Mores, la estrella estaba elegante a lo Isidoro Cañones, tenía una de esas especie de bufandas blancas (que suele usar Cacho Rubio en los martines fierros) sobre un traje que mi chica dijo que parecía de raso, pero para mí era tela de avión.
¡Qué presencia la de don Castaña! Apenas se paró en el medio del escenario la cosa quedó clara, ése era su territorio y ni Mike Tyson iba a sacarlo de ahí. Qué importaba que atrás hubiera doce músicos desangrándose tocando el último tango de la historia, todas las miradas y las cámaras iban a estar apuntando al cantor, al sobreviviente de tantas batallas, el único en este país que puede presentar un tema diciendo: "este va a traer muchos recuerdos porque dejó muchas mujeres embarazadas". Gran showman y maestro de ceremonias, se la pasa hablando entre tema y tema y siempre se las arregla para meter un chiste, mas que nada riéndose de sí mismo y de su historia ("se dijo cada cosa de mí..., la mala prensa"), jode con las minas que le piden Ojalá que no puedas (maldición de peluquería de señoras convertida en terrible canción de despecho en el que una mina que él abandona por otra le dice "ojalá que no puedas hacerle el amor", la tendría que cantar Valeria Lynch en alguna novela bizarra y sería justicia).

De Tom Jones en Las Vegas a la fiestita de radio 10

El repertorio interpretado fue el siguiente:
- una canción arjonesca con bandoneón
- una canción lynchesca (por Valeria no por David) con bandoneón
- dos canciones dramáticas a lo Balada para un loco dramatizadas con exceso de caras y gestos
- Café La Humedad, la que conocíamos todos (el cacho de buenos aires se la dedicó al sandro de américa que estaba medio cachuzo en la clínica)
- una canción en la que canta y los instrumentos le contestan (¿se entiende? él cantaba algo tipo "laralaaa" y los músicos hacían "lereleee")
- 14 o 15 que nombran a Buenos Aires (a esta altura ya nos habíamos dado cuenta de que el quía es un tipo de rima impune y predecible, por un rato jugamos a "complete la frase" pero tuvimos que parar porque los vecinos de butaca nos miraban mal)
- dos o tres con finales épicos, con los brazos abiertos, crucificado
- dos o tres con final tipo "ma'si andá cagar!", revoleando un brazo por el aire y caminando hacia el dofón haciéndose el caliente
- un recitado con bandoneón llorando
- un tango de autoayuda llamado "todavía puedo"
- dos tangos acrobacia a cargo de los bailarines (dato cholulo al pedo: la chica era la rubia de Crónica TV que conduce La pavada)
- dos o tres canciones con personajes losers, no losers de Tom Waits pero casi, una es de un cantante que alquila un smoking para ir a cantar y al final no lo hacen cantar
- un segmento de tangos homenajes (lo mejor de la noche, sin dudas): Tita de Buenos Aires (obviamente para la Merello), La gata Varela (con dos grandes frases: "el tango no se canta se dice" y "parece que se deja y no se deja") y finalmente Garganta con arena (para el polaco Goyeneche), le falta hacer una canción para el Diego y una para la Raulito y estamos todos
- una sobreactuada versión de La última curda a dúo con el bandoneonista (tango que después de haber sido cantado por Goyeneche debería haberse sacado de circulación y archivado lejos del alcance de cualquier cantante de cualquier raza, credo o partido político)
- un comienzo del final en que la cagó con la demagogia innecesaria de septiembre del 88 (canción en dos partes, contada como si fueran dos cartas a un exiliado, en la primera fechada el 28 de septiembre del 78 le dice que está todo mal, en la segunda diez años después, todo cambió y es tiempo de esperanza, "qué linda que está la Argentina" grita, al final aparece detrás del escenario cubriendo el telón de fondo una gran bandera argentina mientras todo el público aplaude de pie, se me puso la piel de gallo claudio, pero mal, ¿qué hago acá?, ¿qué es esto, la fiesta de radio 10?)
- otra de autoayuda que se llama Por esa puta costumbre dio paso al bailongo, un popurrí de sus canciones hechas en épocas de vacas flacas: Me dicen el matador, Si te agarro con otro te mato, esa que dice "señora, si usted supiera las cosas que yo le haría" y otras de las temporadas más oscuras de nuestro héroe, así llegó el final, con todas las luces prendidas, la gente de pie, las damas del público llenando los pasillos desde el borde del escenario hasta el fondo, fuegos artificiales berretas y la sensación ahora sí de ser un colado en una fiesta privada, un turista perdido que cae en una orgía donde nadie habla su idioma y todos lo señalan, así vemos que una mano anónima le regala una bombachita, el galán la mira y uno imagina que la va a oler pero se la guarda en un bolsillo del lompa seguro que para hacerlo en los camarines, todo esto con la bandera detrás, explota una lluvia de papelitos plateados y el cantante se despide deseándole a su público "que tengan una buena vida".

Y salimos en busca de la buena vida, nos comemos un shawarma (que cada vez los hacen más chiquitos) por Lavalle escuchando a The Cure por Aspen, justo pasan "Close to me" y no me la voy a sacar de la cabeza hasta que me duerma, después perdemos media hora esperando al maldito 140, vemos a Fernando Peña con un tapado de leopardo entrar a un restorán y saludar al cana de la puerta con una sonrisa.
Ya está, misión cumplida, vimos a Cacho y pasamos de la admiración (esa admiración que podés brindarle a alguien que no sabés si está a cinco segundos de su decadencia -el comienzo o el final, da igual-)
a un placer culpable mezclado con asquito, después de esto casi que estoy listo para sacar el pasaje hacia Chiba City para ver el chou cyber punk de Melero (me pongo 128 megas más de memoria y voy).

Alberto Migraña
(el hombre que volvió del zapping)


 
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