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Uno de los CEOs y también medio
gerente de contenidos del multimedios que alberga a este humilde site
(y experto en salsas bolognesas, hay que reconocerlo) me llamó a
las siete de la tarde del sábado y me dijo: "Migra, tengo
una misión imposible que es perfecta pa' vos: ir a ver a Cacho
Castaña al teatro Ópera. Yo no puedo ir
porque me voy a un asado a lo del Aníbal Fernandez pa'ver
si ligamos publicidad oficial, decí que
vas de parte mía y te van a dejar pasar"."Estás
en pedo",
pensé mientras intentaba balbucear un comienzo de excusa (mi plan
para esa noche era salir con mi chica a ver alguna de las tantas películas
que tenemos en nuestra lista y que venimos demorando semana tras semana),
pero la amenaza final de mi jefe (igualito al jefe cascarrabias de Peter
Parker pero con
veinte años menos) me obligó a aceptar la misión; "y
portate bien, no me hagás quedar mal que si no después
te mando a ver a Daniel Melero presentando su disco
cyber-punk". Hay que probar de todo, me dije para empezar a autoconvencerme;
y sabiendo que últimamente
nuestro rock y pop nacional es tan excitante, representativo y peligroso
como leer
las páginas fúnebres de La Nación, me dije que una
incursión en el mundo del tango melódico podía aportar
la adrenalina que me está haciendo falta sentir más seguido. Le
comuniqué el cambio de planes
a mi media naranja (que refunfuñó y pataleó un poco
pero después se le
pasó), nos tomamos un martini para envalentonarnos (y entonarnos
también),
nos pusimos nuestras bufandas de fin de semana y salimos rumbo a
lo desconocido: Cacho de Buenos Aires en el teatro Ópera.
Sobreviviente de todo, de cantor popular a bailantero, de tanguero
a ícono cul, ¿cuándo y cómo fue que Cacho
de Buenos Aires se convirtió en ícono cul? ¿quién
le dio el diploma? ¿quién le abrió las puertas de
la culidad? Esas son las grandes preguntas, llamen a Tognetti para
que investigue, hasta hace dos años
este buen hombre era un grasa indiscutible, un innombrable también,
siempre candidato a campeón mundial de los mufas (todavía
hay giles que se tocan un huevo cuando lo nombran y acá el único
innombrable es el turco che, ese sí que trajo y sigue trayendo mala
suerte).
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Cacho, estandarte
y baluarte de la porteñidad,
después de los dientes de Gardel vienen los
de don Castaña (no cierran las fechas, pero
el Che Copete, el personaje porteño y fanfarrón
de la historieta trasandina Condorito, podría
haber sido inspirado por el gran Cacho),
62 años tiene el campeón y todavía se la banca, algunos
dicen que se está probando la bata que va a dejar Sandro,
otros que el tiempo lo va a transformar en el próximo Goyeneche,
igual el chabón a esta altura ya es una leyenda con peso y forma propia
y también un misterio de esos que dan un poco de cuiqui conocer un poco
más. Camino al Ópera
había
miles de preguntas flotando en el smog, ¿qué
nos encontraríamos en ese teatro?, ¿cómo sería
el público?, ¿habría olor a porro?, ¿venderían
choripanes?, ¿habría banda?, ¿cómo sería
esa banda?, ¿habría pantallas gigantes?
No es para cancherear (bueno, sí, un poco) pero la única vez
que había
estado antes en ese teatro había sido para ver a Nick Cave,
artista un cacho más maldito que este Cacho que nos
esperaba hoy, la diferencia es que en aquella oportunidad sólo me había
alcanzado para una butaquita en la tercera fila empezando desde atrás
en el superpullman y esta vez mi jefe había pegado platea vip.
Retiramos las entradas sin inconvenientes salvo los provocados por los inadaptados
de siempre que quieren colarse, especialmente una vieja con tapado de piel
y pañuelo en la cabeza que se mandó a lo Speedy González por
un costado y se plantó al lado de la ventanilla y vaya a saber uno que
les pedía a los cajeros, la vieja piqueteaba media ventanilla, los cajeros
no la miraban y la tensión iba a en aumento. Cuando nos tocó a
nosotros y la vieja empezaba otra vez con su reclamo mi adorable noviecita
le mostró los dientes; la anciana reculó y se agazapó esperando
la próxima oportunidad de mandarse.
Una vez adentro, el panorama era variopinto y pintoresco, señoras
de peinados altos y rosaditos, señores de peluquines también
rosaditos pero verdosos, mujeres de ropas brillantes y perfumes fuertes, hombres
de anteojos con cara de "vine a acompañar a mi jermu, no se confunda
por favor", hombres de pañuelo en el cuello con cara de "yo
vine por los tangos y después me voy al cabarulo", treintañeras
hot y otras a medio hervir, veinteañeras con pinta de actriz secundaria
(y hasta terciaria) de Resistiré,
en realidad la mitad del público parecía haber salido de la rascada
esa que terminó siendo telenovela de culto y ganadora de 89 martines
fierros y ningún don segundo sombra (qué injusticia, Rial mandá a
tus sabuesos a investigar los don segundo sombra), había banderas de
clubes de fans,
y hasta había famosos, cuando estaba por empezar entró la gran Florencia
Finkel,
que pasó a mi lado y no me saludó porque estaba muy ocupada en
pasar desapercibida; la cosa se fue poniendo más interesante al leer el programa: ¡hay
oboes y bailarines! Con mi peoresnada nos pusimos a hacer el recuento de
los temas de Cacho que conocíamos, entre los dos llegamos
a los seis, ni nos preocupamos, ya estábamos despatarrados en las butacas y
lo único que quedó fue pronunciar la inolvidable frase del cabezón: "y
que sea lo que dió quiera".
Primero la banda toca un tangazo que lamentablemente desconozco, (¡qué
banda! bandoneón, guitarra, bajo, batería, teclado, oboe, tres
violines y una viola) luego aparece la estrella de la noche sentada a la izquierda
del escenario, tocando el piano en una versión de Tanguera de Mariano
Mores, la estrella estaba elegante a lo Isidoro Cañones,
tenía una de esas especie de bufandas blancas (que suele usar Cacho
Rubio en los martines fierros) sobre un traje que mi chica dijo que
parecía de raso, pero para mí era tela de avión.
¡Qué presencia la de don Castaña! Apenas
se paró en
el medio del escenario la cosa quedó clara, ése era su territorio y ni Mike
Tyson iba a sacarlo de ahí. Qué importaba que atrás
hubiera doce músicos desangrándose tocando el último tango
de la historia, todas las miradas y las cámaras iban a estar apuntando
al cantor, al sobreviviente de tantas batallas, el único en este país
que puede presentar un tema diciendo: "este va a traer muchos recuerdos
porque dejó muchas mujeres embarazadas". Gran showman y maestro de
ceremonias, se la pasa hablando entre tema y tema y siempre se las arregla para
meter un chiste, mas que nada riéndose de sí mismo y de su historia ("se
dijo cada cosa de mí..., la mala prensa"), jode con las minas que
le piden Ojalá que
no puedas (maldición de peluquería de señoras
convertida en terrible canción de despecho en el que una mina que él
abandona por otra le dice "ojalá que no puedas hacerle el amor",
la tendría que cantar Valeria Lynch en alguna novela
bizarra y sería justicia).
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El repertorio interpretado fue el siguiente:
- una canción arjonesca con bandoneón
- una canción lynchesca (por Valeria no por David) con bandoneón
- dos canciones dramáticas a lo Balada para un loco dramatizadas
con exceso de caras y gestos
- Café La Humedad, la que conocíamos
todos (el cacho de buenos aires se la dedicó al sandro de américa
que estaba medio cachuzo en la clínica)
- una canción en la que canta y los instrumentos le contestan (¿se
entiende? él cantaba algo tipo "laralaaa" y los músicos
hacían "lereleee")
- 14 o 15 que nombran a Buenos Aires (a esta altura
ya nos habíamos dado cuenta de que el quía es un tipo
de rima impune y predecible, por un rato jugamos a "complete la frase" pero
tuvimos que parar porque los vecinos de butaca nos miraban mal)
-
dos o tres con finales épicos, con los brazos abiertos, crucificado
- dos o tres con final tipo "ma'si andá cagar!", revoleando
un brazo por el aire y caminando hacia el dofón haciéndose el caliente
- un recitado con bandoneón llorando
- un tango de autoayuda llamado "todavía puedo"
- dos tangos acrobacia a cargo de los bailarines (dato cholulo al pedo: la
chica era la rubia de Crónica
TV que conduce La pavada)
- dos o tres canciones con personajes losers, no losers de Tom
Waits pero casi,
una es de un cantante que alquila un smoking para ir a cantar y al final no
lo hacen cantar
- un segmento de tangos homenajes (lo mejor de la noche, sin dudas): Tita
de Buenos Aires (obviamente
para la Merello), La gata Varela (con
dos grandes frases: "el tango no se canta se dice" y "parece
que se deja y no se deja") y finalmente Garganta
con arena (para el polaco Goyeneche), le falta
hacer una canción
para el Diego y una para la Raulito y estamos todos
- una
sobreactuada versión
de La última
curda a dúo con el bandoneonista (tango que después
de haber sido cantado por Goyeneche debería haberse
sacado de circulación y archivado lejos del alcance de cualquier cantante
de cualquier raza, credo o partido político)
- un comienzo del final en que la cagó con la demagogia innecesaria
de septiembre del 88 (canción
en dos partes, contada como si fueran dos cartas a un exiliado, en la primera
fechada el 28 de septiembre del 78 le dice que está todo mal, en la
segunda diez años después, todo cambió y es tiempo de
esperanza, "qué linda que está la Argentina" grita,
al final aparece detrás del escenario cubriendo el telón de
fondo una gran bandera argentina mientras todo el público aplaude
de pie, se me puso la piel de gallo claudio, pero mal, ¿qué hago acá?, ¿qué
es esto, la fiesta de radio 10?)
- otra de autoayuda que se llama Por esa puta costumbre dio
paso al bailongo, un popurrí de sus canciones hechas en épocas
de vacas flacas: Me
dicen el matador, Si te agarro con otro te mato,
esa que dice "señora, si usted supiera las cosas que yo le
haría" y otras
de las temporadas más oscuras de nuestro héroe, así llegó el
final, con todas las luces prendidas, la gente de pie, las damas del público
llenando los pasillos desde el borde del escenario hasta el fondo, fuegos
artificiales berretas y la sensación ahora sí de ser un colado
en una fiesta privada, un turista perdido que cae en una orgía donde
nadie habla su idioma y todos lo señalan, así vemos que una
mano anónima
le regala una bombachita, el galán la
mira y uno imagina que la va a oler pero se la guarda en un bolsillo del
lompa seguro que para hacerlo en los camarines, todo esto con la bandera
detrás,
explota una lluvia de papelitos plateados y el cantante se despide deseándole
a su público "que tengan una buena vida".
Y salimos en busca de la buena vida, nos comemos un shawarma (que cada vez
los hacen más chiquitos) por Lavalle escuchando a The
Cure por Aspen, justo
pasan "Close
to me" y no me la voy a sacar de la cabeza hasta que me duerma,
después
perdemos media hora esperando al maldito 140, vemos a Fernando
Peña con
un tapado de leopardo entrar a un restorán y saludar al cana de la
puerta con una sonrisa.
Ya está, misión cumplida, vimos a Cacho y
pasamos de la admiración
(esa admiración que podés brindarle a alguien que no sabés
si está a cinco segundos de su decadencia -el comienzo o el final, da
igual-)
a un placer culpable mezclado con asquito, después de esto casi que
estoy listo para sacar el pasaje hacia Chiba City para ver
el chou cyber punk de Melero (me
pongo 128 megas más de memoria y voy).
Alberto
Migraña
(el hombre que volvió del zapping)
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