“Nos quedamos por
tener fe, nos fuimos por amar”, decía
Charly García en Plateado
sobre plateado (huellas en el mar), una hermosa canción de 1983 dedicada al viejo
dilema de quedarse o irse. Igual que esta obra singular, preciosista,
armada con textos de esos que tocan, dispuestos sobre una estructura
de cartas de tarot que cambia en cada representación, ya
que depende del público. Así, el azar, las rutas
de las que sólo se conoce el inicio, se hacen carne en el
desarrollo mismo de la representación, a través de
palabras que transmutan en itinerarios de tiza. Allí está la
mujer, la Penélope: la que espera, a veces con tristeza,
a veces con ira, a veces con alegría. La que vive entre
muebles a medio embalar y dice que prefiere ir viendo crecer el
jazmín, disfrutar las manzanas de febrero, “tener certeza
de dónde están las cosas”, antes que seguir a su
hombre a un país desconocido y frío donde nada tiene
que hacer. A Ulises, claro, no lo vemos: se fue, apenas quedó un
maniquí grotesco para representarlo. Él ya no tiene
su casa en ningún lado, pero escribe diciendo que el mundo
es un lugar maravilloso, donde a cambio de las manzanas de febrero
se le ofrecen a cada paso frutas desconocidas. Una vez más,
como en la Odisea, como en el 2002 de las embajadas, como siempre,
se plantea la cruda dialéctica del irse o quedarse, de sus
consecuencias irreversibles, de sus posibilidades irrenunciables.
La compañía Trabajo a reglamento, integrada por el
autor y director Javier Swedzky y los actores Lorena
Baruta y Román
Lamas, consigue una obra actualísima y de alto impacto emocional
a través de elementos mínimos: cartas de tarot, objetos,
juguetes, postales, tiza, un hámster, un libro, palabras
desde un grabador. Es teatro de cámara, pensado para un
grupo chico de espectadores, que permita establecer una conexión
con cada uno. Resulta difícil salir intacto.
Marcela Basch
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