¿Se acuerdan
cuando estaba de moda la palabra “transgresor”? Fue
en algún momento de los malditos benditos noventas. Todo
era “transgresor”. Luis Majul, por ejemplo. Y ni hablemos
de Jorge Lanata. Todo se medía en términos de transgresión,
y no estaba del todo claro si ser transgresor era bueno o era malo.
José María Muscari, si bien más tarde, entró al mundo
del espectáculo con la marca de la transgresión. Los modernos de
siempre hacían colas y colas para ver su Mujeres
de carne podrida, que
se daba en un primer piso por Corrientes, cerca del Rojas, en trasnoche y a la
gorra. Chicas que se zarpaban, que transgredían, claro, las convenciones
del teatro para encarar descaradamente al público (¿cómo
le llamaba Jarry a eso?); medio o del todo en bolas, por supuesto. Después
vino Pornografía emocional, y después otra avalancha de títulos,
Catch, Derechas, ya ni me acuerdo. Ahora José María
Muscari da
un pasito más y estrena Shangay: En el escenario, además de las
chicas, también se desnuda él.
Esta vez Muscari actúa; actúa una ruptura de pareja (gay, claro),
nada menos. Sitúa la acción en una “noche temática
oriental”, de ahí el nombre; los actores están sentados a
una mesa donde se les sirve té verde y sushi, y los rodean las mesas donde
el público paladea lo mismo, servido por las mismas chicas vestidas de
seudogeishas. La ambientación es efectiva, y más efectiva es la
mofa abierta sobre todo el esnobismo ignorante que rodea hoy la moda oriental
en Buenos Aires.
Si no fuera por el asuntito de la transgresión y sus cuasidesnudos –cuasi
artísssticos, eso sí, claro– Shangay sería
una muy buena comedia. Porque es una comedia ciertamente inteligente, que hace
reír
a carcajadas y se mete en el bolsillo al público burlándose certeramente
de todos los lugares comunes de la gente como uno, sí; pero también
es de a ratos una comedia agridulce, como quien diría más mayor,
más madura, con muy buenas pinceladas acerca de lo que queda después
del amor. En un punto es como ver a Almodóvar hacer La
flor de mi secreto después de años de Mujeres
al borde (sí, la estética
desbordada de Muscari es muy Almodóvar), o ver a Woody
Allen salir del
capullo del comediante de Bananas o Robó, huyó y
lo pescaron para
arribar a los medios tonos de Annie Hall. Según pasan los años.
Pero Muscari no termina de entregarse, y así intercala en los ocho episodios
de la ruptura (anunciados con letras chinas –o japonesas, vaya uno a saber– y
el sonido de un gong) toda una serie de especie de videoclips porno soft o cosa
por el estilo, donde tanto las seudo geishas como el propio Muscari y su (ex)
partenaire terminan mostrando buena parte de su anatomía (los muchachos,
con un cuidado vestuario íntimo en cuero). Hay besos entre chicos y entre
chicas, todo lo que el manual del transgresor indica, pero moderado. Son una
suerte de cuadros vivos, donde todo –la música, la iluminación,
las partes del escenario usadas– indica un corte con la narración
anterior, y fastidian más de lo que aportan (eso sí, un aplauso
aparte para Ideth Enright, altísima, versátil, simpática,
toda una actriz). Por cierto, los atípicos espacios del Abasto
Social Club están muy bien aprovechados.
A la larga, navegando entre estos dos géneros –la transgresión,
los desnudos, la risa frontal, y la comedia dramática costumbrista, sensible,
con pinceladas certeras y muy buena banda de sonido– Muscari entrega un
trabajo muy respetable, que permite divertirse abiertamente y también
emocionarse. El toque multimedia de las fotos del final termina por inclinar
la balanza para el mejor lado, sumado a una precisa banda de sonido que proclama
eso de que siempre el pasado nos vuelve a pasar.
Marcela Basch
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