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El fin del amor, en clave de Almodóvar porteño
Shangay. Té verde y sushi en 8 escenas.
De y con José María Muscari.
Viernes y sábados a las 23,30, en el Maipo Club, Esmeralda 443, piso 2. Desde $10.

¿Se acuerdan cuando estaba de moda la palabra “transgresor”? Fue en algún momento de los malditos benditos noventas. Todo era “transgresor”. Luis Majul, por ejemplo. Y ni hablemos de Jorge Lanata. Todo se medía en términos de transgresión, y no estaba del todo claro si ser transgresor era bueno o era malo.
José María Muscari, si bien más tarde, entró al mundo del espectáculo con la marca de la transgresión. Los modernos de siempre hacían colas y colas para ver su Mujeres de carne podrida, que se daba en un primer piso por Corrientes, cerca del Rojas, en trasnoche y a la gorra. Chicas que se zarpaban, que transgredían, claro, las convenciones del teatro para encarar descaradamente al público (¿cómo le llamaba Jarry a eso?); medio o del todo en bolas, por supuesto. Después vino Pornografía emocional, y después otra avalancha de títulos, Catch, Derechas, ya ni me acuerdo. Ahora José María Muscari da un pasito más y estrena Shangay: En el escenario, además de las chicas, también se desnuda él.
Esta vez Muscari actúa; actúa una ruptura de pareja (gay, claro), nada menos. Sitúa la acción en una “noche temática oriental”, de ahí el nombre; los actores están sentados a una mesa donde se les sirve té verde y sushi, y los rodean las mesas donde el público paladea lo mismo, servido por las mismas chicas vestidas de seudogeishas. La ambientación es efectiva, y más efectiva es la mofa abierta sobre todo el esnobismo ignorante que rodea hoy la moda oriental en Buenos Aires.
Si no fuera por el asuntito de la transgresión y sus cuasidesnudos –cuasi artísssticos, eso sí, claro– Shangay sería una muy buena comedia. Porque es una comedia ciertamente inteligente, que hace reír a carcajadas y se mete en el bolsillo al público burlándose certeramente de todos los lugares comunes de la gente como uno, sí; pero también es de a ratos una comedia agridulce, como quien diría más mayor, más madura, con muy buenas pinceladas acerca de lo que queda después del amor. En un punto es como ver a Almodóvar hacer La flor de mi secreto después de años de Mujeres al borde (sí, la estética desbordada de Muscari es muy Almodóvar), o ver a Woody Allen salir del capullo del comediante de Bananas o Robó, huyó y lo pescaron para arribar a los medios tonos de Annie Hall. Según pasan los años.
Pero Muscari no termina de entregarse, y así intercala en los ocho episodios de la ruptura (anunciados con letras chinas –o japonesas, vaya uno a saber– y el sonido de un gong) toda una serie de especie de videoclips porno soft o cosa por el estilo, donde tanto las seudo geishas como el propio Muscari y su (ex) partenaire terminan mostrando buena parte de su anatomía (los muchachos, con un cuidado vestuario íntimo en cuero). Hay besos entre chicos y entre chicas, todo lo que el manual del transgresor indica, pero moderado. Son una suerte de cuadros vivos, donde todo –la música, la iluminación, las partes del escenario usadas– indica un corte con la narración anterior, y fastidian más de lo que aportan (eso sí, un aplauso aparte para Ideth Enright, altísima, versátil, simpática, toda una actriz). Por cierto, los atípicos espacios del Abasto Social Club están muy bien aprovechados.
A la larga, navegando entre estos dos géneros –la transgresión, los desnudos, la risa frontal, y la comedia dramática costumbrista, sensible, con pinceladas certeras y muy buena banda de sonido– Muscari entrega un trabajo muy respetable, que permite divertirse abiertamente y también emocionarse. El toque multimedia de las fotos del final termina por inclinar la balanza para el mejor lado, sumado a una precisa banda de sonido que proclama eso de que siempre el pasado nos vuelve a pasar.

Marcela Basch

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