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Teatro ciego
 
 
Hora de no ver

Teatro ciego: La isla desierta, de Roberto Arlt

Viernes y sábados (hasta el 14 de marzo) a las 21.30 en la Futura Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131. Entrada $12.

Ruido de teclas y más teclas, tecleteo febril. Suena la sirena de un buque. Suspiros y una maldición por lo bajo. Así empieza La isla desierta, la obra de Roberto Arlt, en versión del Grupo Ojcuro de Teatro Ciego: literalmente, un espectáculo nunca visto.
Para el momento en que el tecleteo comienza a escucharse, en realidad, ya han pasado unas cuantas cosas. Un integrante del elenco, vestido de negro de pies a cabeza, ha tomado amablemente de la mano a cada uno de los espectadores y lo ha introducido en la oscuridad más absoluta, donde lo ha dejado en manos de otro de los actores. Así, de mano en mano y a ciegas, cada espectador ha llegado hasta su platea. Si bien los anfitriones son muy cálidos, resulta bastante inquietante estar ahí rodeado de gente en la oscuridad total, como un ciego.
Percibir como un ciego es precisamente la propuesta del Grupo Ojcuro, dirigido por José Menchaca y conformado en su mayor parte por actores no videntes. La obra de Arlt se presta maravillosamente a este desafío: plantea el drama de un conjunto de empleados encerrados desde hace décadas en una oficina, cuya rutina de tumba se ve alterada por las sirenas de los buques que ven partir a cada rato y los relatos de aventuras de un ordenanza. Con las historias comienzan a aparecer olores, sonidos y sensaciones que hacen viajar a personajes y público: ruidos, voces y perfumes del gentío de una feria china; el frescor del arroyo, la brisa marina, la inminencia de la tormenta. A lo largo de setenta minutos, el espectador es transportado de la oficina a la selva, de la selva a Shangai y de Shangai al mar sin siquiera un cambio de decorado, a través de los sentidos más olvidados por la sociedad visual: el oído, por supuesto, pero también el tacto y el olfato (y casi digo el gusto, porque el curry que aparece al promediar la obra casi puede sentirse sobre la lengua). La oscuridad, en lugar de una limitación, resulta una caja de sorpresas. El espectador se convierte en percibidor.
Cuando el hechizo termina y se hace la luz, volvemos a la realidad, que por supuesto es mucho más decepcionante. No es mucho lo que hay para ver. Como en todo buen cuarto oscuro, la luz vela las revelaciones.

Marcela Basch

 

 
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