| Ruido de teclas y más teclas,
tecleteo febril. Suena la sirena de un buque. Suspiros y una maldición
por lo bajo. Así empieza La isla desierta,
la obra de Roberto Arlt, en versión del Grupo
Ojcuro de Teatro Ciego: literalmente, un espectáculo nunca visto.
Para
el momento en que el tecleteo comienza a escucharse, en realidad,
ya han pasado unas cuantas cosas. Un integrante del elenco, vestido
de negro de pies a cabeza, ha tomado amablemente de la mano a cada
uno de los espectadores y lo ha introducido en la oscuridad más
absoluta, donde lo ha dejado en manos de otro de los actores. Así,
de mano en mano y a ciegas, cada espectador ha llegado hasta su
platea. Si bien los anfitriones son muy cálidos, resulta
bastante inquietante estar ahí rodeado de gente en la oscuridad
total, como un ciego.
Percibir como un ciego es precisamente la
propuesta del Grupo Ojcuro, dirigido por José Menchaca y
conformado en su mayor parte por actores no videntes. La obra de Arlt se
presta maravillosamente a este desafío: plantea el drama
de un conjunto de empleados encerrados desde hace décadas
en una oficina, cuya rutina de tumba se ve alterada por las sirenas
de los buques que ven partir a cada rato y los relatos de aventuras
de un ordenanza. Con las historias comienzan a aparecer olores,
sonidos y sensaciones que hacen viajar a personajes y público:
ruidos, voces y perfumes del gentío de una feria china;
el frescor del arroyo, la brisa marina, la inminencia de la tormenta.
A lo largo de setenta minutos, el espectador es transportado de
la oficina a la selva, de la selva a Shangai y de Shangai al mar
sin siquiera un cambio de decorado, a través de los sentidos
más olvidados
por la sociedad visual: el oído, por supuesto, pero también
el tacto y el olfato (y casi digo el gusto, porque el curry que
aparece al promediar la obra casi puede sentirse sobre la lengua).
La oscuridad, en lugar de una limitación, resulta una caja
de sorpresas. El espectador se convierte en percibidor.
Cuando el
hechizo termina y se hace la luz, volvemos a la realidad, que por
supuesto es mucho más decepcionante. No es mucho
lo que hay para ver. Como en todo buen cuarto oscuro, la luz vela
las revelaciones.
Marcela Basch |