En esta nueva entrega
del ciclo Biodrama, que experimenta el teatro basado “en la vida
de las personas”, Javier Daulte reescribe con
trazo firme su propia novela familiar, con todo el amor, el humor
y la sordidez que la familia se merece. La obra sigue por poco
más
de una década
(¿de mediados de los cincuentas? ¿hasta fines de
los sesentas?) los avatares de una familia de esforzada clase media,
que conquistó un departamento en Olivos (“la casa es para
pobres”) y mantiene la posición ante todo. En un esquema
más que reconocible, un marido casi ausente, hijo e hija
adolescentes, amiga íntima de hija y vecina casi como de
la familia orbitan en torno a la madre omnipresente, dueña
y señora del hogar. La obra no sale del living, pero el
afuera se cuela por todas partes y acecha (y en el adentro, en
las piezas interiores, acechan algo aún más siniestro).
Por algo dos de las escenas clave, construidas de manera simétrica,
giran en torno a un grito: “¡No le abras, no quiero que entre!”.
Parece poco, pero las actuaciones lo vuelven mucho: conmovedor,
divertido, y sobre todo muy identificable (impecable escenografía
y vestuario de época). Se lucen, enormes, los actores: Mirta
Busnelli (¡sorpresa!), Carlos Portaluppi, Lucrecia
Oviedo, Luciano Cáceres y
muy especialmente María
Onetto, encarnación perfecta
de la madre llegada con trabajo a la clase media, con líneas
del tipo “No le digas Fernando al encargado”, o “¿Te besó o
lo besaste?”. Como inesperado bonus track, la obra regala dos separadores
felices: dos números musicales con todos los coritos, las
coreografías y el encanto de los standards de los cincuentas
y el primer beat (My baby y Runaway). Un final
a toda orquesta hace justicia ubicando a los personajes en el glamoroso
entorno que se merecen. ¿Acaso la historia de amor de los
padres no es siempre la más rómantica, la más
hollywoodense del mundo? A través de una puesta en abismo
de la ficción que recuerda que es ficción ese naturalismo
naturalísimo que vimos sobre tablas, Daulte revalida sus
títulos. Impecable, o mejor, adorable.
Marcela Basch
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