Asuntos Internos: ¿¡Frank Zappa vive en Luján!?

Lo descubrimos totalmente de casualidad; gracias a nuestras vejigas, podríamos decir, aunque no podemos dejar de reconocer la culpa que tienen los litros de cerveza que nos bajamos en la ruta de la capital al acogedor y pujante pueblo de Carlos Keen. La cuestión es que paramos en el medio de la ruta para echarnos un meo. El primero en bajarse fue Kogote, el fotógrafo contratado por Encerrados para cubrir el evento que nos convocaba; Don Saturno, el chofer de la editorial, se quedó en el auto armando uno, y quien suscribe bajó después de anotar dos de las preguntas que le quería hacer a Malosetti si se lo cruzaba en el backstage. Eran las cinco de la tarde y ya sabíamos que nos habíamos perdido unas cuantas actividades en el predio del festival, así que ni nos molestamos en buscar un árbol, ni siquiera un arbusto que nos llegara a la cintura: pelamos las gallinas ahí nomás desafiando al mosquiterío rondante y a la moral y las buenas costumbres camperas. Justo pasó un ómnibus lleno de jóvenes campamenteros echando puta que nos hizo un finito. Los puteamos en varios idiomas, sacudimos los instrumentos y nos estábamos por meter en el auto para seguir viaje cuando Kogote dijo"aguanten un segundo que voy a aprovechar para estirar las patas un cacho". "Dale" le dije, y me puse a mirar el horizonte y a pensar en lo rico que es este país y cómo lo hicieron mierda. Mi vista se había perdido en la lontananza cuando desde algún lugar a mis espaldas me llega una melodía familiar. Me doy vuelta pensando en qué cidí habrá puesto ahora Don Saturno (el viejo nos pasó a buscar escuchando Nick Cave y después nos convidó con The Arcade Fire), pero el sonido no venía del estéreo sino que sonaba unos metros más allá. Estiro la cabeza y veo a unos 200 metros un galpón hecho de chapa oxidada y gomas de autos abiertas y estiradas; estaba lleno de agujeros por donde salían rayos de humo que se desarmaban y se perdían en el aire, adentro parecía que había una banda ensayando, y el tema era conocido. Kogote y el viejo ya estaban a mi lado y empezaron a tirar nombres: "parece AC DC", dijo uno; "a mí me hace acordar a Joe Cocker en Woodstock" aseguró el otro; "parece Riff haciendo un cover de Zappa" dije yo, "en serio, escuchen la voz, es re Zappa". Y nos acercamos hasta un hueco donde alguna vez hubo una ventana, sin imaginar siquiera lo que estábamos por vivir: un flaco huesudo y bigotudo se doblaba y estiraba y desgañitaba frente al micrófono, y sí, ¡era re Zappa el chabón! El resto de la banda eran tres viejitas de esos que te hacen pensar dos veces si te vas a sentar al lado de ellos en el tren, pero ¡con qué destreza manejaban sus instrumentos!, guitarra, bajo y batería, la combinación invencible, la santísima trinidad de la instrumentación del rocanrol hecho y derecho.
Terminó el tema y me puse a aplaudir como poseído. "¡Aguante Frank!", grité, y estos cuatro músicos del apocalipsis descubrieron mi presencia y casi que se asustaron con mi vozarrón entusiasmado, "que hacé loco, disculpá, pero ¡sos igualito a Zappa!", ahora mi voz era apenas un hilito de choripán al salir de mi boca. "Uh, chabón, me descubrieron, yo sabía que estabamos haciendo mucho bardo, loco" le dijo El Cantante (sí, con mayúscula y negrita, ¿y qué?) a sus compañeros de banda."Vení pasá" invitó el Zappa criollo. Me acerqué temblando, un poco confundido y un poco incrédulo de lo que veían mis ojos y escuchaban mis oídos.
- Sí, loco soy Zappa, pero no le cuenten a nadie, quiero seguir viviendo acá tranqui.
- ¡Pero es la gran nota de mi vida, Frank!
entonces vió mi credencial colgando y se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, "¿sos de Encerrados Afuera?!, uh loco, ustedes sí que son grossos". Yo ya creía estar en un sueño, miré hacia atrás y Kogote y Don Saturno estaban petrificados y con las bocas tan abiertas que tocaban el suelo. Aproveché el elogio de Frank y arremetí: "dejame hacerte dos preguntas nada más, voy a contarlo como si fuera un sueño o algo así". Zappa miró a los pibes de la banda y se dio vuelta hacía mí en un segundo que me pareció que duraba más que un solo de batería."Bueno, sacame la foto como de contrabando y dejá la duda flotando, el que se tiene que dar cuenta se va a dar cuenta, loco, ¿me entendés? Yo te voy a dar la nota porque son un medio independiente que no conoce nadie y además son del palo", nos dijo con voz firme y no aclaró de que palo hablaba. Entonces se largó a hablar: "la cosa estaba fulera, los garcas venían ocupando cada vez más lugar y ya me investigaban por cualquier cosa, me tiraba un pedo y enseguida aparecía un agente del fbi y lo metía en un frasquito". El ceño se le frunce, las puntas de los bigotes parecen convertirse en un par de cuchillos afiladísimos y los ojos... bueno, los ojos están detrás de unos anteojos espejados y no se le ven ni mierda, "así que con unos amigos inventamos lo de mi muerte y me vine al campo a descansar en paz". Entonces le pregunté si le había costado adaptarse a la vida en nuestro campo. "Para nada man", me dijo y sonrió otra vez, "yo de vez en cuando iba al rancho de Bob Dylan o al de John Cougar Mellencamp, los viejos se copan con el asunto ese del rodeo y me invitaban, yo iba seguido porque Dylan hace muy buenas barbecues, bien regadas y con un chimichurri de primera". Iba a preguntarle si el también pensaba que nuestra carne era la mejor del mundo, pero el batero empezó a golpear los palillos entre sí como si estuviera por empezar un tema. Frank me palmeó el hombro: "disculpame papi, pero los pibes se están poniendo nerviosos, tenemos que seguir ensayando...". Entonces se bajó los lentes un par de centímetros y me miró por encima del marco, la sangre se me congeló, el corazón empezó a golpear para salir de mi pecho y mi sombra salió corriendo en busca de otro cuerpo al cual prestarle sus servicios. Con esa mirada comprendí que si quería vivir para contar este cuento debíamos salir de allí cuanto antes, esos ojos no eran de este mundo, no eran de esta dimensión, no eran lo que conocemos como ojos, ninguna película de terror japonesa me había preparado para este instante, menos ninguna pedorra remake hollywoodense.
No sé si fue diez segundos o diez minutos después, pero ya estábamos en el auto, Don Saturno firme con las manos en el volante y los ojos en el camino, Kogote pasando una y otra vez las fotos en la digital, yo anotando más preguntas para hacerle a Malosetti, recordando las últimas palabras que me dijo Frank: "chau loco, nos vemos en el pogo de Vicentico".

Rodrigo Faisán

Documento fotográfico exclusivo

Zappa y las viejitas de la invención disfrutando de un Fernando después del ensayo.

Zappa camino al puesto de chanchipán (la vedette del fin del semana) .

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