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Presentación del disco debut de Me Darás Mil Hijos
Una combinación que deslumbra
 
 
Ya sabemos: marzo es neurasténico, adherente y transitorio. Pero segundos antes de cortarnos las venas con nuestras copias oxidadas de algún disco de Tindersticks o Calexico, esta banda nos salvó la vida. Sepa quiénes son y cómo hacen para ofrecer canciones 100 % a prueba de cambios de estación.

Finalmente llegó el día: el martes 18 de marzo una banda que dará que hablar parió su primer retoño larga duración. Y la metáfora no podría ser menos cierta, ya que en un teatro Maipo repleto, Me Darás Mil Hijos presentó su disco debut. Una multitud de convidados deseosos de disfrutar del mejor bocado sonoro colmó desde temprano las puertas del teatro, seguramente gracias a algún racimo de fanáticos que dejó de lado la gula de la exclusividad, hizo correr el dato invitando a conocidos y amigos. La noticia estalló, al igual que la capacidad de las butacas de la sala, y una muchedumbre entusiasta y en su mayor parte neófita (conocedora de un menú musical cuya doxa homogénea muchas veces hace perder el apetito) se acercó a deleitarse con exquisitos sabores nuevos.

Es que esta versión sub-23 de Pequeña Orquesta Reincidentes, propone una cazuela de ritmos que mezcla, baraja y por sobre todo, ilumina géneros y lenguajes diferentes. Los convierte en una babel musical feliz, donde la confusión de idiomas musicales deja de ser castigo y se convierte en un espacio nuevo, un juego abierto donde el triunfo y las cartas fuertes son la inteligencia y la belleza de su propuesta artística. Mariano Fernández, Santiago Fernández, Gustavo Semmartin, Federico Ghazarossian,
Carolina Flechner y Damián Rovner son quienes se reparten los instrumentos habituales más banjo, acordeón, trompetas, violín, clarinete y hasta cavaquinho. Para esta ocasión los invitados al escenario fueron casi todo los integrantes de P.O.R., y desde el primer tema, “Media sonrisa”, se comprende la relación fraternal que une ambos grupos: el profesionalismo. Los MDMH, como P.O.R., Kevin Johansen, Jorge Drexler o Jaime Roos, son músicos. Artistas, compositores, intérpretes; profesionales que ensayan, que contrastan la diferencia con cualquier banda de rock promedio, que tocan mucho y muy bien. Pero muy bien.

Después de dejar a todo el público boquiabierto con la primera canción, llegaron Por qué, El fusil (a esta altura ya un clásico para los conocedores), Cenizas y destierro, y hasta aquí ya visitaron la canción mediterránea a lo Mick Harvey, baladas, son, bolero, música de café concert, vieja trova cubana, algo de tango, milonga y algún aire de candombe. Lo de ellos es moverse en la fisura, en los bordes de un instruidísimo pop anti-pop que borra las fronteras, que lima las distancias entre los géneros, siempre con ese ruido a madera, ese murmullo de púa más acústico que eléctrico, sentimental y caballeresco, heroico y alegre a la vez. Porque su música huye de las formas sabidas y repetidas, se escapa de la piel de sus creadores y con impaciencia bohemia, pero tomándose todo el tiempo del mundo –MDMH es una banda cuyos silencios son importantes, casi coquetos– busca la calle, el humo, las playas, los recuerdos de los viajes y de las despedidas de pueblo, los caminos de polvo y las siestas, los besos robados y las historias de amor de verano contadas en clave de invierno. Es un estilo –un conjunto de estilos– que corre, salta, levanta la cabeza, llora y vagabundea con la elegancia de los bodeístas del ´30, y se entrega a nosotros con la intención arriesgada y guapa –por lo valiente de su contenido, por su perfección en lo formal– de poner en crisis nuestra relación actual con la música que escuchamos.
Para concluir llegaron Virgen de acero, Cruz del Sur, delicia de canción con fuertes aires de canto popular uruguayo, el foxtrot dulzón de Los viejitos, y los bises. Todo un fin de fiesta al son de un gentío que con sus eternos aplausos parecía sentirse tan inflado de felicidad como los globos rojos y amarillos que caían desde la platea, idénticos a aquellos que ilustran la tapa de su flamante disco.
El público finalmente abandonó el teatro con la certeza de que la luz que emana MDMH no es ni hueca, ni difusa, ni homogénea: es una luz con personalidad, con sombra propia, con historia y con futuro. Por eso las canciones que concibieron esa noche, las melodías que dieron a luz en la oscuridad de esa sala, obligaron a más de uno a desplegar bien los oídos y cerrar los ojos. No hay nada que hacer: la verdad enceguece.

Nicolás Pichersky
 
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