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| Daniel Melero en La Trastienda
- 19/08/05 |
¿Dos
años desde la última vez que vi un recital en
La Trastienda? ¿o fueron tres? ¡esa vez había
ido a ver a las Breeders! ¿cuándo
fue eso? creo que K todavía no era presidente y que el
10 pesaba 140 kilos, mira cuánto
tiempo que pasó...
El lugar ahora tiene mesas y está lleno (pero el lleno que tienen
los boliches de ahora, que hay espacio para caminar, que se puede
ir de la barra al baño y no tardás 20 minutos, que
transpirás dos litros menos...).
Muchas celebrities esta
noche, de varias clases: de las que salen en la tele (qué impresión
ver a Leo García sentado en una mesa mirando
un video de
Leo García que justo pasaban en
las teles del bar-antesala), de las más modestas (esos pibes que
vemos en el Nuevo tocar para
200 personas) y de esas que se creen que son reconocidas universalmente,
aunque ese universo en realidad sea de 500 tipos ("¡pero
qué 500!", decíamos con La Negra después
de que ella saludara a una enigmática estrella de calzas
rosas y pañuelo en la cabeza, que no me quedó claro
a qué se dedica pero esta noche parecía una mezcla
de la
Minujín y Ana María Picchio).
Y después estaba yo,
que soy una celebrity de incógnito hasta el día en
que me decida a ejercer esa celebridad, que puteo porque la lata
de cerveza sale 4 mangos y encima es de esa marca tan rockera que
cada vez -como el rock- viene más aguada, que me cuelgo
un rato mirando cómo un treintañero intenta seducir
a una sub 20 (una de las 3 ó 4 que había ronroneando
por el local), que apuesto unos mangos por el éxito
del compañero
treintañero (ante todo respeto por el gremio), un galán
de esos que hablan moviendo todo el cuerpo menos el brazo
con el que sostienen el trago que se mantiene heroicamente derecho,
la jovenzuela estaba apoyada en una columna
y le espantaba cada perro que le chumbaba el chabón, la
señorita parecía bien entrenada en la defensa personal,
sobreviviente de varias batallas a pesar de su corta edad. Mientras
esta danza del apareamiento sucedía
un par de metros delante mío (había capturado un
lugar en la barra que defendí con destreza durante todo
el show) más allá de las mesas, sobre el escenario
un tipo de negro se enredaba con el micrófono y volvía
a cantar cosas como "hay canciones
que se llevan algo de uno cuando terminan".
¿Quién era este tipo mezcla de Jarvis
Cocker y Sandro?
El Melero modelo 2005, que es el mismo de la época
de
Piano pero full full con aire y dirección
asistida, de elegante sport, ahora no toca ningún instrumento
y menos el mouse, ocupa el centro del escenario (sin banquito)
y manda un clásico
detrás de otro. Ya no está Diego
Vainer acompañando,
lo que hay ahora es un quinteto power y elegante a
la vez, dos guitarras, bajo, teclado y batería, todo
sonando como debe ser (en realidad recién después
del tercer tema el sonidista le agarró la mano a las
perillas y la base dejó de retumbar).
Amor
en pie, Descansa en mis brazos, Amazona, Sangre
en el volcán,
Orbitando, Sagrado
Corazón, y siguen los títulos,
más de una hora y media de un
repertorio que muchos desearían haber compuesto. La
Sed (en
una versión
en la que Melero demuestra por qué
hace 20 años que estamos hablando de él),
Quiero estar entre tus cosas, Nena
Mía, Líneas, Sin
respuestas,
Todo. Y en el bis el impactante Cantantes
caretas en camperas de cuero.
Le falta tocar Resfríada para que la
noche sea perfecta.
Cuando todo está terminando me pregunto
cómo
será descubrir a Melero ahora. ¿Cómo
se sentirá intentar atrapar sus 20 años
de carrera en un par de noches que dejás bajando la
discografía
completa (o lo que se consiga) y luego descubrirlos
todos a la vez (lo que yo hago ahora con Johnny
Cash)?.
Tuve la suerte de ir escuchando su obra a medida que iban
saliendo los discos, con los años de pausa correspondientes,
con el tiempo suficiente como para pelearse y amigarse, y luego
quizás enamorarse definitivamente o abandonar esos temas
en el fondo de un cajón.
Esta noche en La Trastienda cada canción
es un viaje en el tiempo que durante los primeros versos me
trae las imágenes
de tiempos tan buenos y tan malos como estos, a veces
el desconcierto, otras veces la celebración, y después
de unos segundos, la satisfacción de ver que estas canciones
todavía
están a salvo de envejecer indignamente.
Dijo Víctor:
"¿Qué pasó?
¿Tuvo
que vender la
Mac?"
J.
Perdido
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