Me cuesta un poco relajarme y abrirme a su presencia, como si la misma inhibiera o doliera
Lo que esperábamos se convirtió en lo inesperado.
Marshall hace honor a su nombre artístico caminando y bailando el escenario con movimientos claramente felinos, de pantera más rosa que negra.





Cat Power
(Teatro Gran Rex, 16/07/2009)

   
"Por fin llegó el día", me dice un amigo a quien encuentro ubicado detrás mío en el pullman del Gran Rex, veinte minutos antes de que Charlyn “Chan” Marshall ingresara sin mucho preámbulo a un escenario despojado y sobrio. Allí la Dirty Delta Blues Band (Greg Foreman al teclado, el genial baterista Jim White -de los australianos Dirty Three- y el guitarrista Judah Bauer -coequiper de Jon Spencer en su Blues Explosion-) inundandaría un teatro lleno de bote a bote con virtuosismo jazzero. Lo cierto es que hace unos meses cuando me enteré por medio de los estados de mis amigos en Facebook que la gata sureña nos iba a visitar por segunda vez, mi entusiasmo no pudo ser mayor. Pero ciertas circunstancias (muy felices, por cierto) dilataron el plan de compra de entrada al punto de diluirlo y convertirlo en un romántico olvido, como muchos otros conciertos que me he perdido en el último tiempo. Hasta que unos días previos al “día C”, una amiga recientemente engatusada por el poder felino, consigue entradas a un precio interesante y buena ubicación, entonces me vuelve la adrenalina y el cosquilleo. Hace una semana tengo el corte de flequillo de Chan y vuelvo a rescatar I Am Free de entre mis discos, así como a espiar embobada esas fotos en blanco y negro donde ciertamente se aparece ante mis ojos como “the greatest”. La reconozco en el escenario vistiendo esa clásica camisa verde militar con corbatín, guantes de cuero negro a modo hip- hopper y jeans que marcan sus eternas piernas balanceándose eufóricas de un lado al otro en la comodidad de sus zapatillas blancas.

Marshall hace honor a su nombre artístico caminando y bailando el escenario con movimientos claramente felinos, de pantera más rosa que negra. Por momentos parecen extraños y torpes, disparatados y desvergonzados, asincrónicos con respecto a su voz. Supongo que lo hace para contrarrestar lo intenso, inquietante y devastador de la misma, con la cual estoy hipnotizada (¡imposible no estarlo!) hace poco más de dos años. Nos abre la puerta de la Casa del Sol Naciente, con un oscuro cover que me resulta un tanto lánguido, ajeno, demasiado largo y siempre muy al borde (como ella toda), lo cual me genera una cierta resistencia. Me cuesta un poco relajarme y abrirme a su presencia, como si la misma inhibiera o doliera (¡tanto talento imperfecto, tanta belleza extraña!). Así me siento la primer media hora, temiendo que llegue un desborde en cualquier momento: que se desplome o que salga corriendo; que pierda la voz que mantiene gracias a sorbos de té y agua en cantidad asombrosa; o que se tropiece enredada con los cables contra los que no deja de luchar nerviosa (como enchufada a 220). No dejo de tener en cuenta que hace un par de años sufrió un colapso en un hospital de Miami. Pienso en un posible síndrome de abstinencia, en peleas llenas de gritos con su último novio, hasta que vuelvo a caer en mi asiento de la fila 10 y me entrego lentamente a su magia.

Cat Power en vivo parece una adolescente que juega con nosotros en su casita de ensueño sin dejarnos involucrar demasiado (“mirame pero no me toques”); seduce con su fría distancia, evitando el contacto visual con el público que la observa como si fuese una sirena de los mitos griegos. Muchachada: entendamos que la bella Chan se canta a sí misma, se habla apasionadamente hasta hacerse desaparecer, convirtiéndose en esa otra inefable e inaccesible para el resto de los mortales. No es casual que los temas de su Jukebox refieran a viajeros de carreteras perdidas, caminantes de calles oscuras y eternos solitarios que tienden a confundirse entre la gente o transformarse en ese otro. Algo así hay en las versiones en vivo de los covers que grabó en estudio, aquellos temas que apropia armándolos y desarmándolos como en un cubo mágico hasta entregarnos un resultado misterioso e irreconocible. Como fue esta vez el caso de New York; el clásico romántico Sea of love; la alegoría a su propia persona, Rambilin (wo)man (el que más me gustó de la partida); el cover de James Brown, I lost someone; el tributo a su admirado Dylan en A song for Bobby (momento sublime en escena), a la par de mi favorito Blue. Lo mismo sucedió con sus clásicos The Greatest, Lived in Bars y I don't blame you: lo que esperábamos se convirtió en lo inesperado y nos tuvimos que amoldar al ritmo y a la velocidad de Chan, obligándonos a seguir los pasos de sus caprichos, pero con la fidelidad de los que estamos ciegamente entregados. No puedo decir lo mismo de aquellas personas que antes de cumplida la primera hora del show abandonaron sus asientos para no volver. Quizás la intensidad  haya sido demasiada para esos cómodos ojos y oídos… quién sabe. O simplemente hayan recibido entradas de regalo para un show de una artista ignota para ellos, aunque también lo sea para nosotros (sus seguidores) porque Chan no deja de ser una rara avis en el mundo musical.

La última parte del show fue tan intimista que la muchacha nos regaló un par de miradas y una caminata felina por las rampas del escenario hasta confundirse con su público (los suertudos de las primeras filas de más de 200 pesos). El final con Angelitos Negros, en un castellano de garganta con arena junto a la máxima potencia de la banda, nos sorprendió con una entrega total que la condujo a las lágrimas entre rosas rojas y blancas, ante un público que abandonó el teatro en estado de trance. Vuelvo a casa escuchando su himno The Greatest y la vuelvo a imaginar: esta vez sentada en una silla alta, con su guitarra en mano, los dedos que se mueven con encantadora suavidad y el pelo que cae como catarata sobre la misma. Una sensación de liviandad y paz me llega a los oídos y me alegro que nosotros también podamos jugar con Cat Power, armándola y desarmándola a nuestro gusto. Brindo porque una felina como ella pueda ser doméstica y salvaje a la vez.

Txt: Anita Catania
Foto: J.
Modelo: Matilda




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