Todo
tiene que ver con todo decía Pancho
Ibáñez.
Todo es cuestión de gustos decía mi abuela. ¿Y
de qué sirve ir a la Facultad entonces? Para conseguir trabajo
m'ijo, dejar tranquilo a los padres, conseguir becas. Me fui
al Campo Konex porque a la noche refresca, porque
me gustó la
foto de la vieja estación, porque me gusta el atardecer
en el campo y porque podía cubrir mi cuota de rock nacional
en tres días y seguir siendo así una persona abierta
y no tan extranjerizante. Correcto, el Chango
Spasiuk no es rock,
ni la Pequeña Orquesta Reincidentes, ni Kevin
Johansen, ni Me darás
mil hijos, ni Javier Malosetti, ni Puente
Celeste y ya que estamos
ni Vicentico, ni Spinetta.
Una programación rara, en un lugar raro (muy lindo y no es
poco). Dice mucho de lo que es la escena local. Un concierto de rock
sin roqueros, o rock de Palermo Hollywood (sin bromear, a unos cuantos
los había visto en el Club del Vino). No estoy siendo sarcástico.
Es lo que hay, es que está todo mezclado. Eso está bueno;
que todo sea un kilombo. Una buena idea, el festival en el campo,
y una programación despareja, para escuchar a lo lejos, por
los caminos del pueblo, entre gritos de lechuzas y teros. No creo
que se puedan armar mejores programaciones. Siempre faltarán cinco
para el peso. Por ahí aceptar eso nos va a salvar. Músicos
haciendo distintas cosas, con mejor o peor fortuna, honestos en todo
caso (espero). Los Reincidentes y los Mil
hijos están aún
en la búsqueda. Está bien ver en qué andan cada
tanto (no muy seguido porque pueden aburrir). Suplen todavía
la originalidad propia con la originalidad del género, entonces
tocan un valsecito o una polka, o un pasodoble. Algunas letras justifican
el énfasis y la repetición (como esa que dice que sin
dinero no puedo pensar); otras no. El acordeón a
piano puede dar un timbre diferente, una canción de cada dos
hincha las bolas (ya adivinaron que mientras el Chango tocaba chamamés
me fui a comer un choripán). Que la prensa de siempre no los
convierta en lo que no son (estamos a tiempo con Me
darás
mil hijos, para los Reincidentes parece
demasiado tarde). Los periodistas necesitan tener pollos e inflan
cosas, inventan artistas, le dan una mano a los amigos (eso está mejor
que pagar favores como la mayoría de las veces). Un pibe escribe
dos libros y le hacen reportajes donde habla de sus influencias y
sus genealogías
y no le da vergüenza. Es lo que hay; con eso hay que sacar el
trabajo de la redacción, porque si no van a parar a la tapa
Fito Páez y los Redondos y Lanata como
en la última
Inrocks. ¿Es
todo lo que hay? Qué se yo. La ciudad es grande, hay unos cuantos
millones, debe haber más gente haciendo cosas. Me imagino,
pero no sé. Rock también que terminó siendo
para gente de los countries de la zona. No seamos malos che. Pero
había
unos cuantos pendeviejos (¿lo que hace la clase social,
no?) y había muchos pendejitos a secas fascinados
porque nunca habían visto una guitarra eléctrica. Estaba
el pendejo de Vicentico también.
Lo peor del fin de semana. Gordo pesado que no paró de decir
boludeces entre tema y tema. Insoportable, ¿quién
te crees que sos Vicentico? Algunas frases felices
de tus canciones no justifican lo imbécil que sos. Che, me contaron
que en el Clarín
del domingo Iván Noble dijo que está cansado
de la mediocridad. Increíble,
¿no?
En un galpón pasaban cine y videos de
autor, por llamarlo de algún modo. Todo
estaba muy bien por ese lado, lo organizaba una gente muy amable
e inteligente de la revista Kane.
Había
también unas instalaciones aquí y allá. Cool,
¿no? Lástima que eran en su mayoría unas chorongadas
(para seguir calificando según nuestro manual de estilo).
Mientras tomaba mate atrás mío unos pibes con aire
Pinamar decían pavada tras pavada. Al mirar bien tenían
una credencial de artista. ¡Eso sí que es una instalación!
Cansados de estar parados nos encontramos unas sillas enfrente de un almacén
que te cobraba la gaseosa según la cara. Entre el final del partido
de River de una radio perdida, entre los comentarios de los canas que se tomaban
una coca, nos comimos con mi novia unos sándwiches mientras tocaba Kevin.
Y así estaba mejor; otra estrategia del gran Brian
Eno, música
escuchada por casualidad y a lo lejos. Así sirve, así me gusta;
si me acerco ya veo una banda, un escenario, un artista diciendo cosas
de artista y me aburro. De lejos lo disfruto mientras disfruto del cielo estrellado,
mientras les damos pedacitos de salames a los perros y hablamos de cosas de
la tierra. Algunas divertidas, otras tal vez un poco resignadas. La noche anterior tocó Charly. Charly es
como el tío
soltero de la familia. Se escuchaba, ¿viste lo que hizo
Charly?... Este Charly hace siempre
lo mismo… Seguro
que se quedó dormido. Argentina gran familia; no somos
un país,
somos una familia. Por eso se grita y sobreactúa. La seguridad… Ahora
no podés pasar cerca del escenario con el termo a ver si lo despertás
a Malosetti de un golpe, ni con las pilas de la
cámara,
ni con la botellita de agua. Y después toda la sobreactuación
de la seguridad se pudre porque es la una de la mañana y
Charly no aparece. Y la profesionalidad se va
al carajo y aparece la familia. Desde el altoparlante se escucha ¡Charly
está en
camino y prometió tocar hasta el amanecer, esperemos a Charly! Increíble,
¿no? Yo estaba muy cansado para esperar al tío y
me tomé el
escolar que iba al camping. A lo lejos se escuchaba a la pequeña
multitud, en el camino crucé la limousine del tío
Charly custodiado por cuatro patrulleros. En el
campo los fenómenos
tienen la consistencia de los sueños. Charly pasa
en limousine hacia donde lo esperan los que gritan. Me encantó.
Ese fue mi concierto. Cada uno lo vive a su manera; a nadie le
importaba la música después de todo. Lo importante
es que el equipo gane ¿no es cierto? Charly es
una instalación. Voy
a proponer exponerlo en el MoMA, ¿podré firmar
la obra? Spinetta quiere
por el contrario ser músico. Y seguir en
carrera, por eso hace nuevas canciones que nadie canta. Un dilema.
Spinetta tiene tantas, pero tantas buenas canciones
que podría
hacer una gira por el mundo entero, ciudad por ciudad, y no se
le acabarían. Pero no quiere. Y se va poniendo viejo, y
ya nadie corea sus nuevas canciones; pero de yapa hace alguna de
las viejas sin que nadie se las pida. Me pasó una electricidad
por los brazos y me puse triste también; no sé si por mí o
por él. Cuando me iba yendo a buscar el termo que dejé en
la guardería de objetos contundentes no autorizados empezó a
escucharse Ludmila. Quién sabe desde dónde, desde
qué tiempo. El micro de vuelta nos dejó en plaza
Italia a las cinco de la mañana. Texto y fotos: Santiago
B.
|