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Animal
Collective, Storveit Nix Noltes, Psychic Ills
(Webster Hall, New York, New York) |
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Llegó ese
momento del año tan temido: el de hacer la lista de
lo mejor y lo peor de los últimos 12 meses. Lo primero
que pensé fué
¡eh, pero si la lista anterior la hice
hace dos semanas! Pero no, el tiempo voló por los
aires más rápido que lo acostumbrado y aquí me
ando hurgando entre los
escombros de la memoria buscando con que llenar los casilleros
de la encuesta de fin de año.
El rubro que completo enseguida es el de Recital del año,
a fines de marzo pude ver a Animal Collective en el Webster
Hall de New York. Aquí va un intento de recordar esa
noche gloriosa.
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Animal Collective podría
tocar en la próxima Creamfields y estaría perfecto.
Es más, haganlés un lugarcito en la carpa para fumadores
de opio, entre Los Natas y Brian Storming.
Animal Collective podría tocar en el anochecer del Festival
Buen Día y no estarían desubicados entre las hordas palermitanas
que van a exhibir sus ombligos y mirar los de los demás asomarse al sol.
Podrían estar en cualquier centro cultural de barrio lleno de adolescentes
en erupción y ebullición, o en la Peña del Colorado con
ríos
de vino tinto corriendo entre las mesas y el efecto sería
similar.
Cuatro aborígenes extasiados en una ceremonia ancestral. O cuatro indios
en pedo, mejor dicho.
"Esto es para escuchar borracho o drogado. O mejor: borracho Y drogado,
con la cabeza a varios metros del suelo, con el cerebro en estado de big bang
viajando a años luz de la tierra". Recuerdo que pensé eso
(porque a veces pienso como si estuviera escribiendo y a los dos minutos
de pensar escribiendo me pongo medio boludo) porque estaba tan sobrio como un
hombre puede estarlo. Bah, si estaba medio puesto de algo, estaba de café y
pizza. Del café de la tarde, casi medio litro, amarguísimo, de
esa amargura que no calma ningún endulzante por más altas calorías
y componentes cancerígenos que tenga. Y después la pizza, la slice
of pizza, ¿ya hablé de esa belleza americana por aquí? ¿o
lo hice en alguno de mis stand ups imaginarios mientras juntaba millas
aéreas? En el centro del ground zero yo haría un monumento
a la slice of pizza neoyorkina, tan inolvidable como el bife
con banana frita que me zampé en un restaurante senegalés de Harlem
o los ajíes con lucecitas adentro que cuelgan de los restaurantes hindúes
de St. Mark's Place.
Pero ustedes seguro que quieren que hable de Animal Collective.
Bueno, no me acuerdo casi nada, estaba de café y pizza, si hay algo que
quema neuronas es eso y las neuronas que usé esa noche no sobrevivieron
a tal ataque. Menos mal que saqué fotos y hay testigos de que estuve allí,
viendo a tres bandas muy distintas entre sí, pero igual de intensas, tocando
como si ese recital fuera el último de sus vidas para una audiencia
también condenada a abandonar este mundo antes de la mañana siguiente.
Primero (y fuera de programa) estuvieron los Psychic Ills. Pibes
de Brooklyn, el barrio de Animal Collective y de los Beastie
Boys entre otros vecinos ilustes, barrio que tiene una zona que está de
moda que se llama Williamsburg. Por ahí andaba unos días después,
caminando entre hipsters y trendys con mi chica y una amiga. En una esquina apareció una
disquería indie con pinta amigable y me metí a disfrutarla, no
hay forma de que la pase mal en una disquería de estas, lo peor que puede
ocurrir es que atiendan John Cusack y Jack Black y
que estén escuchando a Sufjian Stevens, pero esto no
tiene ninguna importancia si podés mientras tanto chusmear fanzines, vinilos
y artes de tapa que nunca imaginaste que existían (el MP3 no solo te elimina
información de los tracks, cierra algunas puertas de la percepción
que no deben cerrarse). Había un sonido raro en el ambiente, como
dos equipos de audio a la vez, una cálida melodía pastoral mezclada
con algo distorsionado casi a punto de volar los parlantes. Chusmeo las novedades
exhibidas, son esas que los lectores de Pitchfork corren a bajar
(bué, correr correr no, a lo sumo un movimiento veloz del mouse). Estoy
yendo hacia la batea de usados (ese es mi lugar en el mundo, por lo menos este
año) cuando escucho que la distorsión aumenta y ya se transforma
en kilombo fabril. Este sonido taladrante entra por una puerta que se abrió al
fondo del negocio, envuelve completamente la cálida melodía pastoral,
se la coje y se la morfa. Ecualizo un toque mis oídos y reconozco una
guitarra distorsionada, me voy pa'l fondo sin pensar, hipnotizado. Olvidando
las enseñanzas de tantos años de malas películas de terror
me asomo a la oscuridad detrás de la puerta y ahí están
los Psychic Ills un sábado a las 3 de la tarde haciendo
noise para un bar lleno de brooklynitas levitantes con las miradas derretidas.
Recuerdo las notas mentales que postié al ver este grupo unos días
antes en Manhattan: nada nuevo, ruido al pedo, poca onda..., en el bar
detrás de la disquería eran la mejor banda del planeta, un animal
salvaje en su madriguera revoleando sus tentáculos venenosos a los que
osaran acercarse.
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Y ahora quiero escribir sobre ese recital de Animal Collective y
no me acuerdo ni una mierda. Tengo que verlos otra vez para recordar lo que fue
esa noche. Los discos no me hacen el mismo efecto, Sung Tongs está bien
para tomar mate sentado sobre un piso de madera, Feels es perfecto
para el trance etílico-grasoso del que hace un asado al sol.
Lo que sí recuerdo, pero con la ira con la que se recuerda un trámite
largo, burocrático y limante es al otro grupo soporte, los Storveit
Nix Noltes, latosos, kusturicosos, música para chicas grandotas
y chabones peludos.
Los Nick Noltes son de Islandia. Cuando me enteré de
ese dato pensé que iba a tener un acercamiento a alguna de las siempre
interesantes variantes del rock esquimal y que ibamos a saltar como géisers, si
es de Islandia deben ser grossos pensaba, pero cada país tiene su
lado oscuro y sus villas miserias sonoras.
Un par de minutos antes de la aparición del colectivo animal sobre el
escenario me doy una vuelta por el puestito de venta de discos. Hay remeras y
vinilos, está el single de Grass a buen precio, pero
ya gasté u$s 15 en la entrada y con ese souvenir me alcanza, con eso y
con lo que no recuerdo, después viene lo que me dicen las fotos que saqué,
pero esas fotos me dicen más de mí que de la banda, esas fotos
me recuerdan mi fragilidad neuronal y existencial. Puedo mirarlas, exprimir un
poco los sesos y saber que tocaron The Purple Bottle, Banshee
Beat (el exorcismo más grande del mundo) y Grass que
es todo un hit y hace rebotar como pelotas de basquet a las chicas indie (que
se parecen a las que en Buenos Aires siguen a Fantasmagoria y/o
van al Salón Pueyrredón). Mientras la banda toca
doy vueltas por todo el Webster Hall, que es como El Teatro
de Colegiales pero con patovicas negros. Subo al segundo piso, hay unas mesitas
cerca de las barandas de los costados, no hay VIP, los Nix Noltes están
bebiendo como vikingos al lado de la barra, detrás de los tres metros
de consola del sonidista. Los islandeses están cómo locos y la
chelista está para la porno, es una Bjork de dos metros
que sacude la cabeza con un trago largo en la mano, para mí que estos
terminan la noche brindando con las calaveras de los que palmen en el pogo.
Me voy hasta la punta del pasillo de la derecha y quedo justo arriba de los Animal
Collective, debería haber traído la filmadora, debería
tener un celular con filmadora, debería registrar este momento y subirlo
a You Tube, debería grabar mis notas mentales, la catarata
de boludeces que me sugiere la música y lo que veo mientras esfuerzo al
máximo el zoom digital, debería hacerlo por lo
menos para recordar cómo mi cerebro se pixelaba
viendo a estos animalitos de Dios. Quiero hacer mosh desde el segundo piso del Webster
Hall, no llegaría nunca al suelo, te juro que la música
me mantendría flotando. Quiero ver una banda así por año,
cuando están al dente, jugosos, a punto. Pero eso es pedirle demasiado
a esta época de vacas exprimidas. Juntemos firmas para que alguna marca
de chupi o faso la traiga a nuestra pequeña aldea y después ya
que estamos al pedo abracemos al Congreso para pedir la jubilación obligatoria
para las bandas de estadios.
Texto y fotos: Animal Migraña
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