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La cuestión
es que la salida venía por el lado de vamos
a ver un recital, después salimos a comer y blablabla.
Ok, me dije -considerando que mi actividad citera es completamente nula,
inexistente, más que paupérrima- no me iba lastimar una
noche de (con toda la suerte) frescura y flirteos, sobre todo teniendo
en cuenta que la última persona que conocí es el dueño
de la fonda frente a mi laburo, unos meses atrás. Y créanme,
Don Mariano no es lo que se puede llamar un guaperas.
Mariano (mi amigo, el novio de Mel, no el de la fonda) proponía
un plan que no me parecía del todo simpático, pero cuyo
precio estaba dispuesto a pagar: ir a un recital de Miranda! y
de ahí ver
para qué lado correr con su chica y la amiga. Lo que no me avisó,
muy a propósito, por más que lo niegue, es que lo de Miranda! era
en Obras, en el marco de un festival del Nuevo
Pop Argentino, enmayusculado
según los organizadores.
Ok. Me enteré tarde de eso y, teniendo en cuenta que mi vida social
desciende a menos diez por estos días, decidí no dejar
que el evento empañe la salida. O sea, vamos, nomás, che.
A lo que uno llega por la posibilidad de conocer a alguien…
A las 6 de la tarde empezaba el megaevento, en un Obras un poco frío
y más chico de lo que recordábamos. Los primeros en
tocar eran Sergio Pángaro y sus Baccarat,
seguidos por Proyecto Verona,
Los Látigos, Adicta y Miranda!.
Me olvido de alguien, quizás
a propósito.
Estaciones de servicio y pastillas de carbón de
por medio, llegamos convenientemente tarde: evitar a Pángaro,
no a los demás,
fue mi cumplida misión ultrasecreta. Tras sortear una triste valla,
más desahuciada que vacía,
nos encontramos con una multitud cuasi abúlica, hablando a los
gritos por encima de los pobres Proyecto Verona,
menos populares que el puestito del panchero. Desconocidos por la mayoría
del público
-no había ni rastros de un fan de esta tan popera como anodina
banda (sí, anodina, poco comprometida, de canciones simples y
melodías poco pegadizas: un verdadero problema para una banda
pop)- pasaron sin pena ni gloria, casi ignorados por un público
cuasi idiotizado con la creciente ansiedad de ver a los Miranda! en
escena.
Tras un par de invitados y un puñado de canciones, los chicos
de Proyecto Verona se retiraron recibiendo un par
de aplausos, prueba viviente de la cortesía de un público
tan poco conocedor de la escena alternativa como atento a los brillitos
del pelo de Juliana
Gattas. O Gatas. O Gata, che.
El de PR fue
un show regular. Lástima
el sonido.
Pasó el siguiente, una banda comandada por un muchacho de ojos
rimmeleados, trajecito ochentoso y unas ganas tremendas de firmar como “F.M.” todos
los autógrafos posibles. Así es, Los
Látigos, que
supieron manejarse con mayor soltura, recibieron una respuesta más
tibia de un público un poco más entrado en calor. Buen
dominio escénico, una buena colección de canciones, tan
simpáticas como efectivas, y una clara intención: entretener
mientras se divierten, dándose piquitos y haciendo poses y mohínes
varios. Un buen show, lástima el sonido.
Algunos aplausos después, tras la musicalización de alguna
pareja de DJ's, le tocó el turno a Adicta. Un
poco más
populares, más aceptados y mejor posicionados en la escala leí sobre
ellos en el Sí!, la banda del ciudadano Toto demostró que
tienen energía en escena, que desarrollaron un buen repertorio
y que la fuerza humana en la base rítmica funciona bien, muy bien,
ejecutada por un buen par de brazos.
A esta altura, se veía gente saltando, bocas haciendo la mímica
de las canciones y una energía un poco más positiva. Sin
embargo, me parece que Los Látigos estaban pasando
por una mejor racha: Adicta demostró profesionalidad,
energía y convicción,
dominio escénico, ajustada composición y palito bombón
helado, pero todo parecía un poco más artificial,
por ponerle alguna palabra. Otro buen show. Lástima ese sonido.
Y llegó el momento que más temíamos con Mariano...
Subieron los Miranda!, con una lluvia de aplausos y
vítores, con
corridas y gente feliz-feliz, alegre-alegre. Y comenzó lo que
podemos llamar la operación lavado de cerebros.
Antes que nada, la aclaración: nunca me cayeron bien. Siempre
me pareció una banda armada hasta el más mínimo
detalle, que manotea los arreglos más melosos, pegadizos y poco
inventivos, trucos muy cercanos a las Bandana o los Erreway.
Y sí,
desgraciadamente esta vez tuve que verlos, no zafé como aquella
vez en el parque de diversiones.
Hay que admitir que sus roles están excelentemente ensayados,
que las horas de profesores de canto les están rindiendo y que
saben manejarse adelante del público, siempre coherentes con su
vestuario y escenografía. Pero…
Pero son unos aparatos. Sus representaciones se pasan de lo kistch regodeándose
en lo barato, cayendo más bajo que Divine comiendo
soretes de perro. Fiuuu! Eso fue gratuitamente agresivo, pero estuvo
bueno sacárselo
del sistema.
Una banda que no se diferencia en mucho de Bandana -patéticas
coreografías del público incluidas-, con canciones un
poco más cuidadas, ciertas influencias de Prince y de Montserrat Caballé,
en los timbres de sus cantantes (y en algo más en ambos casos, por qué no). Una banda con el patético
honor de ser “los próximos Pimpinela” (sí,
dicho como algo bueno). Una banda que Leo García mataría
por liderar. Así es, ¡vaya méritos! Y después
descreemos de películas como El día después de mañana:
el fin no está cerca, ya está entre nosotros.
El momento cumbre lo tuvo una canción que habla sobre agua fría,
un puente y un corazón -o algo así-, con una ridícula
coreografía incorporada. Nunca podríamos pronunciar un que
hammmmmmbre con
las emes que requiere el caso.
En resumen, sólo tengo un pedido: que alguien les saque los videos
de Jem & the Holograms, por favor: ya descubrimos
de dónde
afanan.
Eso sí, habrá que esperar que Juliana
Gattas/tas/ta saque
su primer disco solista. Su voz es realmente muy buena. Pero antes, que
alguien le saque un poco de histeria de encima, como sea.
Lo más molestó del asunto es que fue la única banda
que sonó bien, algo muy reprochable, señores de la organización.
La diferencia era terrible, se los puedo asegurar. Sí, usualmente
el sonido de un recital así, con varias bandas en juego, se adapta
a la más importante, a la que cierra, pero en este caso parece
haberse medido para arruinar el show de todos aquellos que no sean Miranda! (¡y basta con ese signo de admiración!). Si mi banda hubiera
estado allí me las tomaba antes de sonar para el traste.
El show terminó con aplausos y vítores varios, brindados
por un público tan lejano a mis gustos e intereses, como cercano
en distancia física.
Llegó el momento de alejarse de tanto ruido, histeria femenina
y flojez masculina. Llegó el momento de ir a cenar los cuatro:
Mel, Mariano, Ximena y yo.
El lugar elegido resultó ser muy simpático, con porciones
generosas y una moza de pechos más generosos aún. Lo que
no resultó simpático -juraría que evitó serlo-
fue Ximena. Embolada, con ganas de irse a dormir y no contestar ni una
pregunta de las que le hacían sus amigos siquiera, la muchacha
se hizo cargo del silencio absoluto, reviviendo un poco al escuchar
una mención al pasar del Señor Mojón de South
Park,
un tema un poco escatológico.
Quizá la culpa fue mía: no soy lo suficientemente bonito;
mi cuerpo tiende más a lo gelatinoso que a lo fibroso; mis chistes
recuerdan a algo que uno comió dos días atrás y
aún no encontró el camino de salida… No lo sé.
La cuestión es que me quedé triste. No porque ella me gustara,
no porque me resultara interesante, sino que me hubiera gustado probarme
su campera larga para hacer alguna referencia al show que habíamos
presenciado horas antes. Pero no pude. Shit.
Debería haberlo sabido de antemano: algunas citas a ciegas no
funcionan. Al menos no cuando uno de los citeros tiene más ganas
de irse a dormir o a estudiar que de seguir adelante con la velada.
Al escribir esto sigo solo. Pero creo que algo aprendí…
Una noche en la que los frontmen de las distintas bandas son más
femeninos que tu cita a ciegas no es muy esperanzadora. Una noche en
la que tu cita a ciegas sólo se dirige a vos para pedirte que
dejes de echarle sal a tu plato (no al suyo), tampoco lo es. Una noche
en la que el pop parece ser patrimonio exclusivo de una juventud extremadamente
joven y andrógina y te hace sentir muuuuy viejo a tus treinta
años, merece ser olvidada. Y es lo que me propongo hacer. Ya mismo.
Después de practicar la coreografía de Miranda! frente
al espejo una vez más, antes de irme a dormir.
Pánfilo Casanova Remeras
que vimos: Sid
Vicious sacándose los mocos, Bob
Marley (¿?) y la tapa de Last
Splash de las Breeders.
Te perdiste: Un pico entre el cantante y el guitarrista de Los
Látigos.
La proyección de una miniviñeta de los cantantes de Miranda! en la playa jugando con pelotas gigantes, con una edición muy
mala.
Dijo Víctor: No, no voy
ni ahí… Se me terminó el rimmel...
Chiste estúpido que nos autocensuramos: “A
Gatas” zafan
los Miranda!
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