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De paseo por el videoclú
El Bonaerense, de Pablo Trapero / Road To Perdition, de Sam Mendes

¿Por qué me gustan estas películas tan distintas, sólo unidas por mi buen humor y el haberlas visto, una después de la otra, una noche de primavera en Mar del Plata?
Ambas son alegorías (¿), ambas hablan sobre la construcción (¿destrucción, caída?) de una nación. ¿No es ese el quid de la tragedia? La sociedad ya no es la misma después de la caída del héroe. En ese sentido, Trapero nos envía, o nos deja, en la eterna repetición de lo mismo, la tragedia del círculo de la repetición que no tiene fin. Al contrario Mendes, es un optimista a su manera, no puede dejar de ser norteamericano. Lo que no se le había perdonado en American Beauty. Otra alegoría. Otra donde los muertos siguen hablando después de muertos. De todas maneras, a pesar del optimismo, su film no deja de ser valiente. Por lo violento, porque la estilización no borra del todo el espanto, porque queda bien claro que el ideal de la familia americana fue construido (se sigue construyendo) al precio sobre mucha sangre. Lo que me pregunto todo el tiempo (aunque no lo sabía) es cómo, si los hombres son malos, estúpidos y ambiciosos en todas partes, algunas sociedades se organizaron y otras no.
Vislumbro una respuesta. Porque son mejores mafias. Porque la sociedad americana es una gran mafia donde su pueblo, todos los ciudadanos americanos, son los protegidos (y los que miran al costado). El centro de la mafia es Chicago con sus rascacielos, símbolo de lo moderno. La mafia como empresa capitalista.
La mafia debe dar protección después de todo. Pareciera que es la parte que nuestros gobiernos sudamericanos no cumplieron. No nos defendieron; no cumplieron el contrato mafioso de dar algo a cambio.
Road to perdition no es una tragedia porque no hay conflicto entre legalidades como debe haberlo en toda tragedia, al final lo que sigue contando son los lazos sanguíneos. Algo trágico asoma en la posición de Paul Newman pero no. Lo que diferencia a Hanks de Newman, es su posición respecto a lo que dejan en herencia. Hanks cree que un hijo no debe repetir a su padre (quizás porque él mismo no tuvo uno).
Trapero nos muestra algo que todos sospechábamos: que nos hemos convertidos en unos berretas, que todo ha sido abandonado al azar, que ni siquiera la policía es una organización. No es, pese a lo que se diga, una organización criminal en absoluto. Si fuera así, podríamos estar salvados. Porque las organizaciones se defienden, se perfeccionan, mejoran sus negocios. La policía como la muestra Trapero es el estado final de una sociedad en disolución. (Hay un impulso suicida entre todos nosotros. La popularidad del lacanismo en Argentina es para mí un síntoma visible, un sistema, de pensamiento en este caso, que como termitas, se socava a sí mismo). Monos con navaja, de eso se trata (policías borrachos disparando al cielo).
Trapero y Caetano (en Bolivia) han dado un paso agigantado y cualitativamente diferencial en sus carreras de sólo hacer películas al Cine. No sólo pueden contar historias sino que lo hacen con ideas y lenguaje del cine. Encuentro que la máxima influencia, no se si directa (habría que preguntarles) o por cierto zeitgeist es el cine oriental. Hao Hsie Hsian, Tsai Ming Liang, Wong Kar Wai estuvieron por aquí. Todos ellos cuentan historias sencillas, de personajes perdidos o desorientados, todos ellos rechazan el impulso aglutinador de las ideas centrales, sea en el argumento, sea en el tratamiento visual. Por eso ese desorden que puede surgir en la pantalla, por eso esas escenas (en general alrededor de una mesa) donde los personajes se cruzan delante de la cámara, donde no se entiende bien quién habla y hay niños que lloran y se babean.
Todos ellos hacen un cine eminentemente político. Justo cuando más lo necesitamos. Nos señalan de paso, que cualquier artista que no lo sea, es decadente o más bien, no es un artista en absoluto.

Santiago B.

 
 
 
       
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