| ¿Por
qué me gustan estas películas tan distintas,
sólo unidas por mi buen humor y el haberlas visto,
una después de la otra, una noche de primavera en
Mar del Plata?
Ambas son alegorías (¿), ambas hablan sobre la
construcción (¿destrucción, caída?)
de una nación. ¿No es ese el quid de la tragedia?
La sociedad ya no es la misma después de la caída
del héroe. En ese sentido, Trapero nos envía,
o nos deja, en la eterna repetición de lo mismo, la
tragedia del círculo de la repetición que no
tiene fin. Al contrario Mendes, es un optimista a su manera,
no puede dejar de ser norteamericano. Lo que no se le había
perdonado en American Beauty. Otra alegoría. Otra donde
los muertos siguen hablando después de muertos. De todas
maneras, a pesar del optimismo, su film no deja de ser valiente.
Por lo violento, porque la estilización no borra del
todo el espanto, porque queda bien claro que el ideal de la
familia americana fue construido (se sigue construyendo) al
precio sobre mucha sangre. Lo que me pregunto todo el tiempo
(aunque no lo sabía) es cómo, si los hombres
son malos, estúpidos y ambiciosos en todas partes, algunas
sociedades se organizaron y otras no.
Vislumbro una respuesta. Porque son mejores mafias. Porque
la sociedad americana es una gran mafia donde su pueblo, todos
los ciudadanos americanos, son los protegidos (y los que miran
al costado). El centro de la mafia es Chicago con sus rascacielos,
símbolo de lo moderno. La mafia como empresa capitalista.
La mafia debe dar protección después de todo.
Pareciera que es la parte que nuestros gobiernos sudamericanos
no cumplieron. No nos defendieron; no cumplieron el contrato
mafioso de dar algo a cambio.
Road to perdition no es una tragedia porque no hay conflicto
entre legalidades como debe haberlo en toda tragedia, al final
lo que sigue contando son los lazos sanguíneos. Algo
trágico asoma en la posición de Paul
Newman pero
no. Lo que diferencia a Hanks de Newman, es su posición
respecto a lo que dejan en herencia. Hanks cree que un hijo
no debe repetir a su padre (quizás porque él
mismo no tuvo uno).
Trapero nos muestra algo que todos sospechábamos:
que nos hemos convertidos en unos berretas, que todo ha sido
abandonado al azar, que ni siquiera la policía es
una organización. No es, pese a lo que se diga, una
organización criminal en absoluto. Si fuera así,
podríamos estar salvados. Porque las organizaciones
se defienden, se perfeccionan, mejoran sus negocios. La policía
como la muestra Trapero es el estado final
de una sociedad en disolución. (Hay un impulso suicida
entre todos nosotros. La popularidad del lacanismo en Argentina
es para mí un síntoma visible, un sistema,
de pensamiento en este caso, que como termitas, se socava
a sí mismo). Monos con navaja, de eso se trata (policías
borrachos disparando al cielo).
Trapero y Caetano (en Bolivia)
han dado un paso agigantado y cualitativamente diferencial
en sus carreras de sólo
hacer películas al Cine. No sólo pueden contar
historias sino que lo hacen con ideas y lenguaje del cine.
Encuentro que la máxima influencia, no se si directa
(habría que preguntarles) o por cierto zeitgeist es
el cine oriental. Hao Hsie Hsian, Tsai
Ming Liang, Wong Kar Wai estuvieron
por aquí. Todos ellos cuentan historias
sencillas, de personajes perdidos o desorientados, todos
ellos rechazan el impulso aglutinador de las ideas centrales,
sea en el argumento, sea en el tratamiento visual. Por eso
ese desorden que puede surgir en la pantalla, por eso esas
escenas (en general alrededor de una mesa) donde los personajes
se cruzan delante de la cámara, donde no se entiende
bien quién habla y hay niños que lloran y se
babean.
Todos ellos hacen un cine eminentemente político.
Justo cuando más lo necesitamos. Nos señalan
de paso, que cualquier artista que no lo sea, es decadente
o más bien, no es un artista en absoluto.
Santiago
B.
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