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Perdidos en Shangai, perdidos en Islandia
Código 46 de Michael Winterbottom y No such thing de Hal Hartley.

Un estreno y una para llamar a tu dealer de rarezas
Perdidos en Shangai. Código 46 de Michael Winterbottom.

Tim Robbins llega a Shangai a investigar un fraude con pasaportes. Ya no hay países en este futuro, hay afuera y adentro. Esta geografía política es lo único simple de esta película y al final ya no sabemos ni siquiera qué lado está cada cual. El futuro de Winterbottom es desertificado y por primera vez en la vida veo un desierto que no me lastima tanto; o mejor dicho, por primera vez veo un futuro donde el planeta transformado por el hombre, desertificado, agotado, no me lastima tanto. No se bien por qué. Ese desierto alrededor de Shangai, causado por quién sabe que desastres puede ser bello; aunque la película sea una distopía, como lo era It's about love de Thomas Vinterberg (ver El futuro está cerca). Y sin embargo en ambas hay belleza, y sin embargo la vida puja, y sin embargo las personas pueden tener vidas. Tim Robbins llega como investigador y se encuentra con la chica de Morvern Callar. La película es una película Morvern Callar, con tantos primeros planos que le dedica a Samantha Morton, con tantas escenas homenajes, por no decir calcadas. Teniendo en cuenta los antecedentes de Winterbottom (que apellido madre, ¡el fondo del invierno! Al menos esa es mi versión, no soy bueno para el inglés) más que calcada yo diría que hay escenas sampleadas de Morvern Callar, como aquella fantástica en que la chica entra a la discoteca y se escucha el Aphex Twin que más nos gusta. Winterbottom se habrá dicho, por qué esa fantástica imagen solo puede estar en una película; yo también la quiero en la mía. Como los grandes artistas (o como los artistas con seso) Winterbottom no solo hace buenas películas, sino les contesta a otras, comenta el mundo en qué vivimos y lo problematiza, como hizo en 24 hs Party People como lo hizo en su reciente y bastante incomprendida 9 Songs. En este caso se trata del género de
ciencia ficción. No se trata del género fantástico porque más que inventar un futuro proyecta un presente. Por eso los futuros del cine se parecen tanto. La diferencia está en los personajes, en sus intimidades. Y en eso Code 46 recupera esa buena mano del director de joyitas con pequeñas historias como I want you, Wonderland y 9 songs.
Las películas sci fi son en general películas de ideas y no de subjetividades, por eso Code 46 es diferente a Blade Runner con la que tiene algún contacto y por eso se parece mucho más a Eternal Sunshine of a Spotless Mind. Pero bueno, estamos avisados desde el inicio. Robbins para encontrar al falsificador se inocula el virus de la intuición. Funciona. Por eso cuando lo encuentra (lo hace muy rápido) no puede más que escucharlo y comprenderlo, por eso no puede más que escucharse a sí mismo. Empieza así una historia de amor sin amor, sin deslumbre tonto y ceguera neurótica, aunque el amor y el sexo llegue; aunque al final no sea menos triste. Al principio se trata solo de personas que se encuentran y no pueden más que decirse hola, qué tienes para contarme, después de todo están solos en el desierto. Tan distinto a ese otro encuentro en Tokio, el de Sofia Coppola con Bill Murray y toda su histeria a cuestas.
Code 46 es una película sorprendente y repleta de significados. Es también una película detallista y sutil. Ya no nos sorprende viniendo de este inglés multifacético e inteligente. Muchos que esperaban otro traspié como 9 songs (no soy de esa idea) se sorprendieron gratamente (aunque 9 songs es más nueva en nuestro país se vio antes, en el último BAFICI). Personalmente creo que se las puede ver en tandem, después de todo vienen de la misma cabeza.

PD: a 9 Songs me la describieron como una película de dos personajes: shows de bandas inglesas (de Super Furry Animals a Franz Ferdinand) alternadas con los coitos de una pareja. Esto es ya falso porque hay un tercer personaje: la Antártida (y la soledad).


Perdidos en Islandia. No such thing de Hal Hartley.

Después del tropezón de Hal en La chica del lunes conseguí esta, su película anterior. ¡Como te quiero Hal! Si la que vimos en el BAFICI era un cover flojo de sí mismo esta versión bizarra de La bella y la bestia es cien por ciento Hartley. En ese sentido es una versión auténtica, que otro sentido tiene el de recrear una historia conocida sino es el de leerla, el dejarle una marca. Esta No Such thing fue aparentemente un fracaso, más aún (uno diría que todas las películas de Hartley son un fracaso para los estándares normales) porque fue su película de mayor presupuesto. Después de verla lo entendemos, era una película para nadie, es una película que tiene que inventar su propio público; la más experimental de todas, a su manera claro, imaginen a Jarmush haciendo una de Disney, ¡esos sí son riesgos!
La verdad que no vi nunca una versión de La bella y la bestia, tengo mis razones, me imagino una historia romántica en todas sus acepciones, histórica y de canto al amor; me imagino una supuesta interioridad, soy muy básico después de todo, me imagino algo del estilo lo que importa es lo de adentro. Justo lo contrario a los personajes de Hartley, que no tienen interioridad (lo que le achacan algunos de sus críticos); o más bien que la interioridad está afuera. Allí teníamos al Martin de Confía en mí paseándose con su granada, aquí está el monstruo alcohólico que mata a todo humano que se le cruce. En fin, para Hartley el yo está afuera.
Este monstruo, que mucho más que amor busca paz, vive en Islandia. ¡Bingo! Grande Hal, que buena idea. Sí en esa isla vive Bjork y la chica de Mum, bien puede vivir un monstruo. Como al minotauro, el monstruo recibe jovencitos en tributo, pero a diferencia del toro/hombre mítico, debe acompañar el festín con un buen whisky, humano, demasiado humano. El monstruo y la chica se encuentran más bien pronto y cuando todos esperamos el nacimiento de un amor a primera vista esta se lo lleva a New York como si fuera King Kong. La primera cosa que le dice el monstruo es: que mierda mirás; y sí ella parece un ángel, es un ángel que fornica con bastante gusto (y no precisamente con el monstruo, mas que nada los prefiere lindos). Una hermosa historia de amor.
Se lo llevan a N.Y. como a King Kong pero los tiempos han cambiado desde entonces y en vez de miedo lo reciben como a los Rolling Stones en Argentina, ¿qué puede hacer? ¡Comportarse como un rock star y tirar la tele por la ventana del hotel!
En fin. La película es divertida y melancólica, llena de perdedores, personajes únicos y actores fetiches que aparecen aquí y allá para garantizarnos la estabilidad del mundo Hartley. Si, si, ¡queremos tanto a Hal!

Santiago B.

 
 

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