La Península de Valdés es todo ese pedazo
de tierra que le sobra al mapa y se mete en el mar en la provincia
de Chubut (más al sur que Banfield y Adrogué).
Allí concurren todos los años las ballenas para
ser fotografiadas, como nosotros vamos al Festival de Cine
de Mar del Plata a quejarnos porque la prensa lo tira al bombo
para ensalzar el de Buenos Aires, tan políticamente
correcto. Apenas hacés unos kilómetros, hay
una cabinita donde se para el micro y sube un tipo que te
pregunta: ¿de dónde sos? Si pones cara de que
ni siquiera entendiste la pregunta te contestan: 25 pesos,
si contestás con el acento de Anamá
Ferreyra: 25 pesos, si sos chileno, 25 pesos (cagaste
amigo latinoamericano) y si decís Caballito: 10 pesos.
Digamos, argentos 10 pesos, resto del mundo 25. Con el dinero
recaudado parece que se compra alimento para las ballenas
que se tira por las noches desde un avión (dicen).
Porque la verdad no se ve que gasten el dinero en otra cosa
salvo una cabinita con dos changos tomando mates que custodian
los lobos marinos que quedaron en el invierno.
Puerto Pirámides es un pueblo en la Península
de Valdés. Allí hay unas empresas que se dedican
a llevarte en un barquito a ver las ballenas. Ellos te explican
que haciéndolos a ellos multimillonarios vos salvás
a la ballena austral. Con un megáfono que se escucha
a 1 km a la redonda (mientras uno desde la costa otea para
ver a esos monstruos) te explican que no hay que hacer ruido.
La población de Puerto Pirámides consiste en
250 personas, unas 600 ballenas y el gordo Casero
en camioneta 4x4. Todos lo queremos al gordo aunque sea un
asustasuegra e invitado permanente a almorzar con Mirtha.
Sin embargo, cuando se lo ve pasar por el pueblo los componentes
químicos de nuestro cerebro se combinan para producir
el siguiente pensamiento: Cuánta guita hizo este gordo
hijo de…
A Puerto Pirámides llegan micros y micros de señores
en jeans y chomba más su señora en jogging de
vestir que dicen cosas como: ¡se nota que es un
bicho inteligente! Uno se pregunta qué bien le
hacen cosas como esa a la ballena, pero bueno. Las empresas
que te llevan a ver las ballenas se llaman Peke no sé
qué, Tito no sé cuánto, como si fueran
amigos tuyos pero te cobran cincuenta pesos por molestar al
bicho y llenarse de oro. Yo las vi desde la costa, gratis
(50 menos). Vi también un pájaro que desde lejos
parecía un pingüino y me ahorré otra excursión
(75 menos) y vi dos lobos marinos que sumados a los doscientos
que vi en el puerto de Mar del Plata cuando fui al Festival
me ahorraron otra excursión (75 menos). Vi otros pájaros
color negro, otros con un pico rojo muy graciosos y que hacían
un ruidito y al que no vi es al pájaro Berman
que es un amigo mío y que me lo encuentro después
(ver parte Tres). También vi una tarántula en
vivo y en directo. Lo lamento chicos si pensaban ir en carpa.
La ballena es un bicho hermoso que hace el ruido de un búfalo
acuático y a veces canta como en los discos new age.
Los atardeceres por acá no pueden ser más lindos
y cuando el sol desaparece los rayos siguen allí poniendo
todo el cielo rojo y convirtiendo las nubes en algodón.
Dan ganas de no irse más. Como última afrenta
a este noble bicho puedo agregar que por aquí estuvo
Luis Puenzo filmando una película
llamada La Puta y la ballena (imaginen).
En Puerto Pirámides tuve el siguiente sueño
(Ballena Austral Remix): El balcón de mi amigo Martín
en su departamento de Flores daba al campo propiedad de su
esposa. Cuando ella me vio me dijo: Papá esta buscando
un hombre que pueda hacerse cargo de todo esto. Atrás,
en dirección a las colinas, una tropilla de caballos
galopaba veloz. Yo venía a contarle a mi amigo Martín
lo de Araceli (Gonzáles).
Había conseguido una cita con ella. Ella era una chica
sencilla como yo siempre lo había creído. Solo
quería un hombre que pudiera mantener a su familia
(no era mi caso). Siempre voy a contarle a Martín
mis aventuras. La última vez fue la mujer del vendedor
de pastas, antiguo vecino. Como yo sospechaba había
algo entre nosotros. Ella tardó años en confesármelo,
no sé cómo hizo para encontrarme después
de tanto tiempo. Cuando fui a contárselo a Martín,
él estaba adentro de un auto con Cacho Castaña
y Jorge Guinzburg discutiendo (de manera
muy fuerte) cosas del mundo del espectáculo. Parecían
mafiosos. En eso caen otros más mafiosos todavía
(el mundo del espectáculo es terrible) y a pesar de
nuestras súplicas (incluyendo las de Cacho
y Jorge) nos matan a balazos.
Después de diez días entre las ballenas me dirijo
a Puerto Madryn, la ciudad cercana más grande ya fuera
de la península. Allí un colega crítico
de la revista el amante preparó una
semana de cine europeo y aprovecho para ponerme al día
con las pelis que me perdí de la calle Corrientes durante
el año. El albergue está repleto de gringos
y jóvenes argentinos con barba candado y lentes oscuros
usados como vincha. Me hago pasar por paraguayo y así
nadie me habla. No se pierda el siguiente capítulo.
PD: Si no doy señales de vida en dos
semanas es que me perdí en los Andes, hacia allá
me dirijo.
DJ Malhumor
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