| Las mejores
críticas son aquellas que no existen, por esta razón,
algunos críticos perspicaces tratan de hacer otras cosas,
entonces nos cuentan sus impresiones, sus juicios de valor (el psicoanálisis
de sus gustos por así decirlo), o nos cuentan una historia.
A veces el resultado es muy mala poesía del estilo expresión-de-emociones
u hombre solitario busca comprensión, opiniones de asado
para conquistar chicas o cuentos aburridos. Otras veces no. Hay
que reconocer de todas maneras que aunque la crítica desapareciera
(en una versión del mundo feliz de Aldous Huxley)
una películas comentan a otras o, ya dentro de nuestra propia
cabeza, un recuerdo comenta a otro. No se entra al mismo río
dos veces y no se entra al mismo cine dos veces, después
de cada película somos un poco distintos o al menos nuestro
cerebro se contamina un poco. Así y todo insisto en que la
mejor crítica es la que nos deja intactos (con el menor daño
cerebral posible). Igual, como no aprendemos nunca las personas
queremos saber, y así se han desarrollado métodos
de lectura subliminal como para barrer con la mirada las críticas
de los diarios, extraer un poco de información y no pegarse
uno solo de los prejuicios del crítico. Tarea difícil.
Porque la habían alabado demasiado, porque había ganado
después el festival y porque no me gustaba el título
no fui a ver Recursos Humanos del francés
Laurent Cantet. Qué se le va a hacer, cada
uno se inventa dispositivos de seguridad, pequeños fusibles
que nos eviten no sólo el mal momento sino que nos eviten
pérdida de tiempo para llegar al día del juicio final
(ante el dios de los cinéfilos) habiendo visto todo lo que
hay que ver. Una de esos fusibles es la máxima "los
amigos de mis enemigos son mis enemigos también". El
problema es que a esta altura el gusto está tan uniformado
que no iríamos a ver nada. La crítica especializada
es tan endogámica y parecida entre sí que a esta altura
tiene demasiado hijos bobos y nosotros, porque somos jodidos, preferimos
a veces ver película malas. Nos fuimos al carajo.
El asunto es que tanta alabanza me sacó las ganas de ver
la otra película de Cantet, El empleo
del tiempo. Hasta que una noche fría de invierno
me encontré en el auditorio de Mar del Plata solo frente
a la pantalla. Si quieren saber, también llovía, era
domingo y como entrada había llevado un paquete de arroz.
Todo era bastante triste y en la sala éramos cuatro.
Salí del cine distinto, no por la contaminación de
las imágenes, sino porque había visto una verdadera
obra. Heme aquí ante un film asombroso en circunstancias
azarosas y propicias. En el fondo resultó que no se trataba
tanto de mis prejuicios (qué puedo esperar del neo-realismo
francés) como de mis supersticiones (chiste).
Escribo ahora algunas cositas sobre la película porque ya
pasó bastante tiempo y porque sé que lo que escribo
es mucho más un recordatorio de aquel momento mágico
que cualquier otra cosa. Escribo principalmente para transmitir
el asombro que experimenté al verla, intención que
se niega a cada paso (caminamos en busca de silencio sin apercibirnos
de que son justamente nuestros pasos los que lo perturban) pero
que no obstante se justifica por la profunda ambigüedad del
film y su exuberancia de significados, que no sólo lo permiten,
sino que invitan como parte de la obra misma (no lo que escribo
que es más o menos aleatorio, sino el impulso a escribir),
a hablar sobre él.
Lo que sabía me decía que era una película
del tipo comprometida, que se trataba de la historia de un tipo
que pierde el trabajo y se le viene abajo el mundo, lo que escuchaba
(parecía la banda de sonido de un film de Hitchcock)
me decía que se trataba de un thriller y acentuaba la locura
del personaje de quien de a poco y paso a paso empezamos a esperar
angustiosamente lo peor, lo que veía, el paisaje nevado de
los Alpes franceses, por momentos lo blanco puro, me decía
que la idea misma de vida perdía sentido. El resultado fue
un embrollo en mi cabeza y mis sentidos. El resultado fue un poco
la actualización de mi propia locuras y miedos. Estoy preparado
para tamaña desrealización en una peli de Lynch
(aunque el viejo pillo me volvió a tomar desprevenido en
Mullholland Drive), incluso en mucho clásicos
noir y diversas reencarnaciones, pero no en una película
que van a ver mis padres.
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Imagino
que Deleuze hubiera escrito cosas maravillosas
sobre este film; la referencia a Hitchcock entonces
no es azarosa, porque la película lleva en sí toda
la historia del cine (vemos muchas cosas cuando vemos algo), el
pasaje de la imagen-movimiento a la imagen-tiempo en dos horas.
Lo que llevó treinta años en dos horas. Y sin que
nos demos cuenta, sin la molesta práctica del comentario,
simplemente mostrando. De un encadenamiento de hechos, el tipo pierde
el trabajo, le miente a la mujer, estafa a los amigos, etcétera,
a una sucesión de instantes cargados de mensajes y únicos,
no para la trama sino para la vida misma.
Las imágenes siguen viviendo en mí. Con ellas alquilé
tiempo después Recursos Humanos y ya entonces
vi otra cosa que la que hubiera visto. Me alegro. Me alegro del
cine.
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