Aviso: aunque me dirijo al mar las ballenas continúan
lejos.
El deporte aventura dejó rastros en mis brazos ahora
trabajados por el kayak y el rapel. Me siento el crítico
de cine más musculoso y sano del país. Sin embargo
los rastros del deporte van desapareciendo a medida que vuelvo
a mi vida normal (aunque en ruta) de una persona que vive
más o menos de su cabeza y no de sus brazos y piernas.
Me tomo un micro desde Esquel a Comodoro Rivadavia. Veo paisajes
nocturnos que me emboban y me dejan el cerebro en grado cero.
La montaña me ha dejado unas enseñanzas. Las
mejores vistas se logran con esfuerzo y a veces, incluso,
el esfuerzo mismo es el premio, un poco como escuchar un disco
de Autechre. Me siento un pequeño
buda, lo que va muy bien con mi pelada cada vez más
acentuada. Cuando abro los ojos veo el mar. Happiness. En
el horizonte hay una luz difusa de amanecer que está
por suceder. El cielo está limpio pero sin embargo
una nube sobre la terminal lanza una pequeña descarga
de granizo. En Patagonia como en los sueños
los fenómenos meteorológicos tienen una nitidez
asombrosa. Allí el amanecer, aquí el granizo.
Bajamos del micro una mezcla extraña de gringos, paisanos
y Dj Malhumor. Es muy temprano y sólo
queda leer el diario sentado junto a un borracho. Me acerco
a una oficina y digo buen día. Una municipal de acá
levanta la vista del diario, me ve y la vuelve a bajar. Quedo
convertido en Dj Buenhumor comparado con
semejante desprecio. Digo otra vez buen día. Sin levantar
la cabeza la mujer vocifera la oficina de turismo abre
a las ocho. Me voy puteando bajito. Sin embargo me voy
a quedar en la ciudad. Esta noche como regalo de señor
dan Dogville en el teatro español.
Comodoro Rivadavia tiene la gracia de San Justo o Villa Luro
pero frente al mar. Todo es de mala calidad como el morro
que hay a la entrada y se va cayendo a cachos bloqueando la
ruta cada dos por tres. Pero el mar hace la diferencia. Gran
diferencia. A pesar de lo que me dicen voy caminando por la
playa hasta Rada Tilly, un Pinamar donde se deben refugiar
los corruptos de la zona. División de mundos. Para
pasar de Comodoro (San Justo) a Rada Tilly (Pinamar) se debe
atravesar quinientos metros de basural que dan a la playa.
Entendí porque prefieren ir por la ruta. Cuando pregunto
me dicen, si, es un asco.
Si macho, es un asco. Me tratan como alguien más o
menos ecológico. No macho, es un asco!!. Me
voy a ver Dogville.
El teatro español es un teatro y está bueno
estar ahí, casi a solas con Nicol. Pero la
cosa se pone densa. Otra vez en manos del demente danés.
Ver una película de Lars Von Trier
es quedar a su merced y sufrir en carne propia el sadismo
que sufren los personajes. No conozco director más
perverso. No se trata de violencia ni asesinatos ni de horror.
Se trata de su necesidad de control, del control que ejerce
sobre sus personajes y sobre nosotros, allí sentaditos,
solos en la oscuridad. Entre los silencios del film me pregunto
en que se diferencia el teatro de esto que estoy viendo. Una
respuesta viene a mí: la diferencia está en
los primeros planos de Nicol Kidman. Si fuera
una persona emprendedora trataría de demostrar esta
frase, no por vanidad, sino para conseguir una beca.
No soy una persona emprendedora. Continúo el viaje.
A la mañana siguiente hago dedo rumbo a Río
Gallegos. Un camionero que primero me dijo que no mientras
cargaba nafta abre la puerta de su gigante con acoplado y
me dice que me lleva con la condición que le hable
todo el tiempo porque necesita llegar rápido y se está
quedando dormido. Pienso un segundo y calculo que va a ser
como ser un dj de la conversación. Subo. Los espero
en la próxima parada.
DJ Malhumor
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