| Durante años
el panorama cinematográfico argentino sufrió la
ausencia de publicaciones especializadas. A fines de los
'80, había una gran cantidad de revistas dedicadas
a los estrenos en video, cuando estaba de moda hablar de
tanques y buscar los catálogos de AVH, puteando a
Dardo Ferrari y su Contacto
Directo. En los primeros 90,
tímidamente,
apareció El Amante Cine, una revista que se diferenciaba
de las demás, con ganas y fuerza. Con un diseño
pobre pero completamente práctico, haciendo hincapié en
el texto por sobre todo, los primeros números de esta
revista hablaban de un grupo de personas movidos por la pasión,
con ganas y muchas ideas.
A medida que fue pasando el tiempo, El
Amante comenzó a
ser el campo de batalla de miles de debates y discusiones,
partiendo siempre de puntos de vista más o menos lógicos.
Sin embargo, de a poco se iba enraizando en el perfil editorial
una pose, una postura cada vez más presente. De repente,
daba la impresión de que muchas notas se escribían
con la mera intención de provocar. Los puntos de vista
parecían cada vez más fríamente calculados y
el desdén por determinados directores pasaba a ser sospechoso,
casi estratégico. De un día para el otro, El
Amante pasó de ser una revista movida por la
pasión
por el cine a ser movida por la pasión por sí mismos
de los propios críticos. La mayoría de las notas
parecían escritas con fines masturbatorios: parecía
más un catálogo de arrogantes escritores de prosa
rebuscada, citas oscuras y contenidos vacíos, que una
buena revista de cine. Y vaya que da miedo la idea de
algunos de ellos tocándose al leer sus "obras maestras".
Mucha gente que solía comprar la revista con alegría
empezó a comprarla con odio. Leerla era enfrentarse
a la opinión de la mayoría de sus "críticos",
cebados dentro de ese término, justificándolo
en cuanta oportunidad encontraran. Lo que solía ser
lectura obligatoria en determinados círculos se transformó en
el blanco de muchos odios. Ahora bien, ¿por qué comprar
una revista si uno no sólo no comparte las opiniones
sino que las aborrece? La mayoría del público
no tardó demasiado en dejar de comprar la sobrevaluada
publicación. O en abandonar sus suscripciones, que habían
tomado para obtener alguno de los minilibros que
aún
hoy siguen vendiendo (que realmente valen la pena). Ese abandono,
años
después,
llevaría a la gente de la revista a llorar por los
pasillos oficialistas en busca de extraños subsidios
(algo llamativo, teniendo en cuenta que su exorbitante precio
no hizo más
que aumentar).
Pero
volvamos un poco atrás. Quintín,
uno de sus directores, creció tanto dentro de la revista
como fuera. En una inteligente movida política, el Gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires decidió nombrarlo Director
del BAFICI, el Festival de Cine Independiente.
La decisión
rindió sus frutos: el Fest creció a grandes y
firmes pasos, pero de a poco comenzó a parecer un catálogo
de amigos de Quintín. Muchos invitados
al Fest eran los directores o programadores de otros festivales
alrededor del mundo a los cuales concurrían Quintín
y Flavia,
su mujer, también cronista de El
Amante. El autobombo
comenzó a ser el modus operandi de la organización
del BAFICI, aquí y en el exterior,
lo que por un lado resultó beneficioso, sin duda, pero
por otro terminó de
agotar varias paciencias -al menos la nuestra-. Desde la falsa
guía festivalera, alaban bodoques inmirables que parecen
agregados a último momento y por falta de mejores propuestas
(nunca voy a perdonar a Marcelo Panozzo, uno
de los mayores autobomberos del BAFICI, por
recomendar una película
brasilera que rankea entre lo peor que he visto en mi vida).
Sin embargo, la programación siempre tuvo pocos baches:
más allá de que uno disfrute o no de las distintas
modas impuestas por el BAFICI -ya sea los
documentales con fuerte contenido político-social o
las películas
de determinada nacionalidad-, la coherencia siempre reinó y
el nivel de las películas, en general, siempre fue alto.
Finalmente, en una decisión política tan aceptable
como la de su nombramiento, Quintín fue
separado de su puesto. Los amiguetes de siempre, esos que se
paseaban con la frente bien alta por los pasillos del Abasto
en los días
de Festival, se desgarraron las vestiduras como si se tratase
del fin del mundo. En muchos casos, algunas actitudes tomadas
fueron sinceramente infantiles, como una nota de repudio firmada
por una asociación de críticos a la cual pertenece
el implicado, ¡que también la firmaba! ¡Hay
que tener la cara bien dura, viejo!
A la par de la separación de su puesto como Director
del BAFICI, Quintín se distanció también
de la revista que fundó: tras despedirse con una nota
en el número 152 de la revista, explicaba los motivos
y la intención de seguir participando de forma esporádica
de la publicación, la cual pasaba a ser propiedad exclusiva
de Gustavo Noriega, otro de los directores fundadores. Sí,
ese al cual le perdimos todo el respeto gracias a su rol de
panelista "entendido" en Indomables.
Mientras todo esto sucedía, la revista fue descendiendo
más y más en un espiral de mediocridad. Las primeras
opiniones, respetables, medidas y hechas con altura, se convirtieron
en una serie de poses, gobernadas por la mala leche, y de ahí,
sin escalas, pasaron a una colección de comentarios
inanes, defensas y ataques tan inútiles como intrascendentes.
Lo que comenzó siendo una revista noble, se transformó en
una colección de notas de nivel desparejo, de poca coherencia
y menor interés. A las pruebas me remito: con sólo
leer uno de los primeros treinta números de la revista
y compararlo con alguno de los últimos diez o veinte,
basta.
Seguramente, el cambio tiene que ver con la deserción
de una buena cantidad de críticos más o menos
serios, más o menos interesantes, y la incorporación
de una exorbitante cantidad de jóvenes, cada vez menos
interesantes y, sin lugar a duda, menos serios. Aunque la cosa
no pasa por la seriedad: en Encerrados somos
los menos indicados para hablar así, che.
Hoy en día, cualquiera de los últimos números
de El Amante Cine es totalmente instrascendente. Las nuevas ¿polémicas?
que surgen de la revista resultan poco interesantes, vacías.
Los pretendidos nuevos movimientos parecen exagerados intentos
de hablar de algo (la Nueva Comedia Americana, con la cual
rompen tanto las bolas: ¡gran descubrimiento el de Adam
Sandler, aplausos para ellos!). Pero ante todo, lo peor, lo
que más molesta, es esa nueva falta de cohesión
que gobierna.
Un punto a favor, quizá el único, es el diseño
de algunas de las portadas, que realmente mejoraron. Sin embargo,
la transformación de esta revista es tan grande, tan
notoria y tan poco interesante como su decreciente número
de lectores. El cambio más grande es la tranformación
de la vieja y querida soberbia por una nueva y reluciente,
tan moderna, sosa e intrascedente como exigen los pobres dos
mil. Es feo, pero uno termina prefiriendo una revista odiable
antes que una intrascendente. ¡Dan ganas de que vuelva
Quintín, che!
En resumidas cuentas, El Amante Cine pasó a
ser un claro exponente de ese término que con tanto "orgullo" empezaron
a utilizar. Así es, El Amante
Cine se transformó en
una revista choronga. Aunque pensándolo bien, permítaseme
elevar el término un poco más: El
Amante Cine se transformó en
una garcha de revista.
Pablo
Conde
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