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| Todavía se
puede ver en la calle Lavalle La llamada, versión
americana de la saga japonesa del mismo nombre (Ringu
1, 2 y 0). Aprovecho
la ocasión para anticipar nuestra nueva sección de
comentarios de pelis que no vimos. Digo: la adaptación de
una obra a una sensibilidad en particular es de por sí un
género bastardo y bajo, digamos, como hacer las canciones
de Coldplay en castellano, ¡puaj, qué
asco! Sin embargo mis amigos me dicen que está buena y que
incluso da más miedo. No les creo. Recomiendo este pequeña
discusión como tema de conversación para fiestas que
pierden el interés.
Ringu es la vuelta del mejor miedo. Alguno podría
decir (para hacerse el gracioso) que en realidad son los nipones
los que le afanaron a Hitchcock. Eso es verdad,
pero si la peli japonesa es la vuelta del mejor miedo es porque
el miedo es universal. La diferenciación entre géneros
altos y bajos es un invento de la crítica tardía,
sino fíjense que los primeros maestros (Murnau,
Dreyer) siempre se enfrentaron ya no digamos con
el tema o problema sino con su existencia misma. La existencia del
miedo, del odio y del mal. Al dinamarqués Dreyer
a su vez habría que perderle el miedo (miedo al aburrimiento
y a la impaciencia) enfrentando una joyita de sesenta minutos que
filmó en el año 1932, Vampyr. Uno
diría que la imaginería gótica no la inventó
Robert Smith sino este chaval genial. Especialmente
indicado para los amantes de los hermanos Quay.
Lo vanguardista (no tanto por experimental, que lo es, sino por
anticipar tanto de lo que iba a venir) hizo que la película
fuera un fracaso y retrotrajera a Dreyer a otras
actividades, filmando a continuación solamente cada diez
años más o menos. Si bien esto pudo ser muy penoso
para él fue muy bueno para nosotros, porque así sólo
nos legó obras maestras. La palabra (1955),
por ejemplo, es tal vez uno de los filmes más sombríos
jamás hechos, Bergman al lado parece Woody
Allen (cómo le encantaría el comentario al
anteojudo, ¿no?). Logró algo tan increíble
como si algún director del futuro pudiera hacer una versión
cinematográfica de la Crítica de la Razón Pura
Más allá del Bien y del Mal. En este caso fue con
la filosofía de Kierkegaard. Otras de esas
genialidades es Dies Irae (Días
de Ira) y aquí quería llegar.
¿Qué tiene en común Días de
Ira (1943) con la saga japonesa? El haber mostrado y probado
la siguiente proposición: el odio mata, el miedo mata.
Mostrar como opuesto al decir, como opuesto al cliché que
provoca miedo y espanto, demostrar por qué al final de ambas
películas, cosas que jamás hubiéramos pensado
(al menos conscientemente) nos parecen naturales, como la comunicación
de mundos, como la transmisión de pensamientos, recuerdos
y pasiones, como la existencias de las brujas.
Días de Ira transcurre en el mundo calvinista
que conocemos por la pintura flamenca del siglo XVI o XVII. Esos
cuadros de rostros severos y sombreros enormes y extraños.
Un mundo cuya opresión (cuyo peso de la prohibición)
produce un deseo en estado puro, por así decirlo. Produce
odio en estado puro porque la ley (no cometerás adulterio)
en su absoluta objetividad no puede eludirse, sólo queda
desear la muerte de aquel que impide el cumplimiento del deseo.
Por eso ese deseo en estado puro es el mal, porque es un deseo que
por su cumplimiento mata. Aquellas quienes desean con esa brutalidad
son las brujas (¿por qué será que sólo
son capaces de tamaño odio las mujeres?¿por qué
será que quienes las queman son en su mayoría hombres?).
El odio mata, el odio puro, el miedo mata y quema brujas. Eso cuenta
y muestra Dreyer. Las brujas existen. Porque una
cosa es hacer una película con brujas, que nos dan más
o menos miedo como monstruos de un parque de diversiones, otra cosa
es demostrarnos su existencia.
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A su
manera, y en la era de los new media Ringu nos
muestra las mismas cosas. El odio puede materializarse, ahora en
imágenes. Un video que circula por allí muestra unas
imágenes aterradoras, apenas terminado de verlo el teléfono
suena, una voz de mujer dice que moriremos en una semana. Descubrimos
que el antídoto es pasarle el video a otro, pasarle nuestro
miedo y así salvarnos. Y aquí el mismo proceso, no
se trata de asustarnos sino de enrarecer nuestro propio mundo. La
película desborda significados y no es el menor el que nosotros
mismos, espectadores, estemos viendo una y otra vez el video que
produce la muerte. Al final, cuando se acabó la peli, nosotros
también estamos contaminados.
Una saga que capítulo a capítulo, de forma paciente,
mucho más que cerrar ventanas de información las abre
(recuérdese Twin Peaks, dejo la tarea de
desarrollar el punto a Pablo Conde, que
prometió una nota sobre directores de cine en TV ), ningún
arquitecto que al final venga a decirnos de qué se trata;
se trata de una leyenda urbana y como bien se dice en la peli, no
nace en ningún lugar, o nace en todos, es decir hay una Sadako,
la terrible protagonista, en cada lugar que se cuente su historia.
Las ventanas no se cierran sino al contrario, se abren y multiplican,
porque como en Borges y en los sueños (perdón
el lugar común) se trata de la inter cambiabilidad de las
identidades (una persona es muchas) y de la relatividad del tiempo
(el instante, el instante del odio, es eterno). Me puse un poco
solemne, debe ser el espanto. Besos. |
Miss Mundo
PD: Ringu 1 y 2
las dirige un japonés que hay que ir recordando, Hideo
Nakata. Ringu 0, que cronológicamente es la tercera
pero es una precuela, la dirige otro personaje. Con otro tono
que las dos primeras no deja de ser interesante; vale tan solo
por una escena de quema de brujas antológica por su violencia
(y no tanto por lo explícito, no es splatter, sino por
la paciencia con que fue construida). Chaucito.
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