De la salida de ayer no recuerdo mucho. Negocios, casas macizas, gente con paraguas, tranvías, negocios de pizzas y kebaps, librería de saldos, muchos supermercados, porno shops, subtes aéreos, lluvia, arquitectura, aire fresco.
Primero leí los diarios de Argentina, tomé dos tazas de café, leí un poco (primero en inglés, después en alemán), leí mi correo electrónico, salí. Volví. Leí mi correo electrónico. Me había contestado Bernard Fleischmann, uno de mis artistas favoritos; nos vamos a ver el viernes para una entrevista. A veces juego al periodista, me entretengo y así no miro el precipicio. Vi una película sobre un niño skinhead. Se hizo de noche y el día se esfumó.
Hoy es otro día y me conseguí una bicicleta. Una buena bicicleta resultó ser. Es de mi amigo Andreas. Estoy en su casa desde hace cuatro días. El no está. No sé cuándo va a llegar. Encontré muchas llaves y pude abrir la puerta de la bodega y después pude abrir la traba de la bicicleta y pude inflar las ruedas y salí a encontrarme con Viena. Me gusta esta ciudad.
A veces juego al periodista, me entretengo y así no miro el precipicio. |
Antes de venirme para acá leí hasta la mitad un libro de Claudio Magris, Danubio. Es un libro muy bueno, un auténtico placer. Ahí cuenta entre otras cosas que había un chiste (tal vez el chiste se sigue haciendo) que dice que los Balcanes empiezan cruzando una avenida que está al este de la ciudad. De esta ciudad. Decir eso es decir que a unos kilómetros de aquí termina Europa. A mí me parece muy gracioso. Al menos me gusta la idea. Como buena persona habituada a vivir en sus pensamientos que soy, aprendí que hay ideas que se enroscan hacia adentro y hay otras que abren puertas a espacios abiertos. Esta es una. Me gustaría pensar que podríamos todavía hacer el chiste de que más allá de la General Paz empieza la Pampa, y quien dice la Pampa dice incluso la Patagonia. Una ciudad asediada. Los turcos estuvieron a la puerta de Viena. Como los indios estuvieron a la puerta de Buenos Aires. Lo otro, lo extraño, lo inconmensurable, los bárbaros, el mal. El ejército turco era tres o cuatro veces más numeroso que el ejército imperial. En esta ciudad pudo cambiar la historia como la conocemos. Me gusta. Me gusta esta ciudad con carteles indicadores que dicen: Budapest, Praha, Bratislava, más otros nombres que apenas puedo pronunciar. No solo eso, en esta ciudad hay gente con fisonomías extrañas, rostros duros curtidos por el frío. Gente con largas barbas blancas, hombres con aspecto de hippies viejos. Lo curioso es que andan mezclados con gente elegante que usa sombreros y abrigos que impresionan. Las vidrieras son suntuosas, pero un poco más allá se abren las puertas de oriente.
También leí en estas últimas semanas otro libro de Magris que se llama Otro Mar. El protagonista es un italiano que se escapa de la guerra yendo a la Argentina y se pierde en la Patagonia; se convierte en arriero. Es muy melancólica esa parte. Después el protagonista vuelve a Italia pero le va peor. Creo. Magris es un autor elegante y melancólico. Sin énfasis. Mi abuelo se perdió en la Patagonia también, escapaba de un marido celoso. Se lo buscó. Supongo. No soy nadie para juzgar al viejo, pero bueno, se lo debe haber buscado. Yo llegué a Viena, sabiendo y sin saber por qué. Hoy por la tarde mientras cruzaba una avenida pensé que sería muy gracioso si vine a buscar mi destino a Viena, la ciudad de Freud. Me reía solo. Pensé también que tal vez no era mi intención regresar a la Europa de mis abuelos sino saber desde dónde se fueron. Como con el protagonista de Magris, es imposible volver.
| Tal vez esta noche arme la carpa dentro del departamento. |
Aunque pensé bastante, anduve con la cabeza vacía la mayoría del tiempo, solo el canto de cuna de las ruedas rodando sobre el asfalto. Anduve en la ciudad y anduve en la rivera del Danubio también. El marinero que recuperó la gracia del mar. En un semáforo me puse al lado de una Ferrari. Uno al lado del otro, contento. Nada, eso, me siento bien arriba de una bicicleta. Mientras escribo tomo agua de una caramañola. Llevo puestas una media muy abrigadas que compré en Nueva York hace diez años y que cuando viajo por ahí, al aire libre, las uso por las noches para tener los pies calentitos. Llevo puestos unos pantalones que usé en la estancia donde trabajé para andar a caballo y un buzo de montaña que compré en Canadá y también me protege del frío. Tal vez esta noche arme la carpa dentro del departamento. Lo voy a pensar. Ese tipo de vidas es un género literario inventado (hasta donde yo sé, debe haber otros antes, pero digamos en su versión moderna) por Italo Calvino. Lo hizo con el Barón Rampante que no quería bajarse de los árboles y así vivía. Yo podría vivir arriba de una bicicleta y así ya no preocuparme de nada más. Estoy leyendo un libro que se llama Descubrimiento de la Lentitud. Leí exactamente 78 páginas. El protagonista, de la misma manera que el barón rampante no quiere bajarse de los árboles y que yo mismo no quiero bajarme de la bicicleta, no quiere subirse al ritmo de las cosas impuesto por los grandes. Una persona me dijo de este libro que es su libro favorito y que lo leyó dos o tres veces. Otra me dijo que es el libro más aburrido que leyó en su vida y que no lo terminó. Yo hasta allí llegué y en algún momento volveré. Así como no me he bajado de la bicicleta, de alguna manera, tampoco he abandonado a su suerte a ningún libro que haya empezado. Simplemente los dejo en suspenso. Hace tres años empecé el Emilio de Rousseau en Montreal. Está en Buenos Aires junto con Sin la misericordia de Cristo de Héctor Biancciotti que empecé y también dejé.
| Son bastantes las cosas hermosas que voy dejando por el camino. |
Lo hice con lástima, dejar ese libro tan hermoso por la mitad, pero lo retomaré al pasar por allí. Son bastantes las cosas hermosas que voy dejando por el camino. Es bueno dejar cosas sin terminar también. Danubio, el libro de Magris, quedó en la biblioteca de Barcelona. En la sucursal del barrio del Raval. Tendré que volver allí también a finalizarlo. En la biblioteca de Esporles, en la isla de Mallorca, dejé La Novela de Genji. Un libro muy gordo y japonés escrito por una mujer y cortesana en el siglo XI. Leí el capítulo primero y es encantador. Cada capítulo que leo de un libro distinto es el capítulo del libro más amplio de mi propia vida. Es posible que dos caras se repitan supongo. Todos tenemos nuestros dobles. Pero no creo que dos personas a lo largo de su vida lean todos los mismos libros, en los mismos idiomas, en el mismo orden. En eso las vidas de cada uno son las de cada uno.
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Ilustración: Beto
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