Entonces, después
de las aventuras precedentes, crucé los Andes y llegué al
mar. Andar en bicicleta por ahí es como dormir destapado,
igual de perturbador, igual de peligroso, expuestos como estamos
a los elementos sin la defensa de las sábanas. Diluido en
el paisaje avancé hasta llegar arriba de todo, después
me dejé caer hacia el Pacífico. Me agarró la
noche; atrás de las montañas aparecieron las estrellas
y al costado de la ruta los ojos brillosos de los zorros me miraban
pasar. Todos los zorros del camino están a mi derecha y
eso es buena suerte. Carretera perdida. Escucho sonidos de pájaros
que nunca había escuchado. Un sonido nuevo, pienso.
Me he vuelto una persona sencilla. Pedaleo, busco refugio para
dormir, tengo conversaciones francas con las personas que encuentro;
me procuro agua y comida. El silencio tiene tanta presencia que
pienso que la música no puede abrirse un camino en esa sustancia
espesa. Antes de comenzar a subir a las montañas me bañé
en unas aguas termales. Baño reparador. Estoy solo mirando
los volcanes, al costado mi bicicleta tirada. Siempre me molestaron
la iglesia y sus rituales pero ese baño ahí, en medio
de la nada me dejó entrever, aunque sea apenas, qué cosa
es un bautismo (un bautismo verdadero); entender por qué el agua
cura y limpia. La montaña, el desierto, una costa salvaje;
la geografía a cielo abierto puede tener la precisión
de los sueños. Se ven llegar las tormentas, se ven caer
los rayos. Estoy parado junto a la ruta y veo un remolino que se
acerca; claramente, una columna que se alza y viene recorriendo
el desierto a la vera del camino, viene hacia mí, lo juro. ¿Y
si el viento me habla? ¿Y si soy un elegido, un héroe
de historieta que no ha descubierto su destino y está a
punto de hacerlo?
Pero no, el remolino me ignora y sigue de largo, el diablo no
ha venido a buscarme todavía. Extraña combinación
de despersonalización en la nada y la idea o sensación
contraria de que eso cielos de colores nunca vistos me hablan y
pertenecen.
No
sé ustedes pero cuando era chico desesperaba por ver un paisaje.
Digo, en esos viajes interminables a Mar del Plata o Córdoba, papá,
por favor, quiero ver un paisaje, quiero ver algo. Entonces,
cuando la fatiga era insoportable, llegábamos al mar. No
era un mar exuberante (bastante lejos de serlo); sin palmeras,
sin aguas cristalinas. Pero era algo, era un paisaje. Además
había un puerto y barcos que iban y venían a alguna
parte. Hace poco vi el increíble documental de Jim
Jarmusch sobre Neil Young and Crazy
Horse. Qué parecidos pueden
ser los paisajes de Estados Unidos y nuestras grandes planicies
sudamericanas. Tocan y tocan de una manera frenética para
despegarse de esa negatividad, eso creo. La voluntad inquebrantable
de Neil es la lucha para no ser devorado por la nada. En el documental
aparece el papá de
Young. Entonces comprendemos todo. Neil
Young pone tanta dedicación
en la música como generaciones enteras lo han puesto en
el trabajo manual, en el trabajo puro y simple, quizás campesinos,
quizás herreros o zapateros, no lo sé.
Llegué al mar, llegué al océano Pacífico.
Miro para el otro lado del mundo. Dormí al costado de un
maizal, me desperté temprano y llegué a Arica escuchando
a Jim White. Llegué a la punta
de Chile, a arriba de todo, me da vértigo mirar para abajo.
Debo estar en el país más largo del mundo. Unos dos
mil kilómetros
más abajo toca Moby.
Es el mar y es distinto a lo que conozco. Está el mar y
unas paredes gigantes de arena. Montañas de arena que caen
al mar; hacia adentro se presiente un paisaje hostil, hacia fuera
el mar, más allá está un mundo que solo vi
en mapas y películas. Las avenidas amplias y la arquitectura
extendida me recuerdan a películas clase b en California.
Después
de todo surfistas de todo el mundo vienen aquí a esperar
las olas. Sentarse a esperar las olas, eso sí que es bueno. Es
el Pacífico. Si camino por la playa hacia el norte puedo
llegar a San Francisco y pegar algún concierto de American
Music Club, o Red House Painters. ¡Qué
melancolía
incurable! Nada de David Lee Roth y sus chicas
pulposas; canciones tristes de intelectuales aburridos como Baudelaire.
Llegué al
mar. Antes vi los ojos brillosos de los zorros en la noche. Experiencias
fugaces vistas con el rabillo del ojo. El empleo del tiempo, el
suceder del tiempo. A veces el instante es fugaz, escenas apenas
vistas; a veces el tiempo se extiende como la planicie, hacia todas
direcciones. El tiempo no es uniforme y está hecho de distintas
materias.
Llegué al mar. Yo también me siento en la arena,
miro y espero llegar las olas. ¿Fueron unas horas, un día
o semanas? DJ Malhumor
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