Ramiro es famoso por haber vivido once años en un refugio de montaña, tanto durante los veranos como los inviernos, hasta que en el comienzo del año doce decidió bajar al pueblo. Ese mismo invierno un alud se llevó su cabaña y con ella una vida posible de Ramiro que ahora dejaba atrás. No todos tenemos la suerte de dejar atrás los mundos posibles con tanta nitidez. El mismo nos contó cómo uno de esos inviernos cuando regresaba con provisiones para unas cuantas semanas, tras sus propias huellas que bajaban se veía las huellas de un puma que lo había estado siguiendo silencioso. Se sintió un poco raro nos contó. Otra vez, un otoño, vio su figura cruzar rápidamente un sendero dejando como una estela la larga cola que fue lo único que llegaron a retener sus ojos y memoria. El compañero silencioso. Paisanos que fui encontrando aquí y allá me lo repitieron más de una vez; no se lo ve pero siempre está; no vemos nada pero de seguro nos mira desde algún lado. Huellas, animales muertos, una cría perdida. Mientras escribo estas pequeñas memorias de ciertos encuentros leo lo siguiente en la otra ventana:
"Pues quería (Zaratustra) enterarse de lo que entretanto había ocurrido con el hombre: si se había vuelto más grande o más pequeño. Y en una ocasión vio una fila de casas nuevas; entonces se maravilló y dijo: "¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande las ha colocado allí como símbolo de sí misma! "(...) Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar ahí varones? "(...) Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo turbado: « ¡Todo se ha vuelto más pequeño!» "Por todas partes veo puertas más bajas: quien es de mi especie puede pasar todavía por ellas sin duda – ¡pero tiene que agacharse! "(...) Camino a través de este pueblo y mantengo abiertos los ojos: se han vuelto más pequeños y se vuelven cada vez más pequeños – y esto se debe a su doctrina acerca de la felicidad y la virtud. "(...) Algunos de ellos quieren, pero la mayor parte únicamente son queridos... "(...) Redondos, justos y bondadosos son unos con otros, así como son redondos, justos y bondadosos los granitos de arena con los granitos de arena. "Abrazar modestamente una pequeña felicidad – ¡a esto lo llaman ellos «resignación»!... "En el fondo lo que más quieren es simplemente una cosa: que nadie les haga daño... "Virtud es para ellos lo que vuelve modesto y manso: con ello han convertido al lobo en perro, y al hombre en el mejor animal doméstico del hombre." Lo no domesticado. Los gatos salvajes. Las panteras solitarias. El tigre encarador. El puma es un filósofo que sabe lo siguiente:
"Que la domesticación de los hombres es lo impensado más grande, aquello de lo que el humanismo desvió los ojos desde la Antigüedad hasta el presente... con comprender esto basta para encontrarse de pronto en aguas profundas" (Peter Sloterdijk).
Dos veces me topé con un yaguarundí. Es como un puma pequeño, mucho menos dañino y más huidizo. La cola es larga como la de un mono y su cara alargada está justo en el límite entre un felino y un roedor. La primera vez lo vi meterse en un pastizal; la segunda experiencia, más intensa (el primer cruce duró, digamos, 20 segundos, el segundo, 40) en medio de un claro, se detuvo, alzó la cabeza, me vio y saltó a la selva.
La misma historia sigilosa que se cuenta de los pumas se cuenta de los leopardos. Una vez, hace mucho, en un tren nocturno, leí un artículo en el diario sobre un alemán de viaje por África. Contaba historias de una aldea en la cual todavía se encienden fogatas por las noches para mantenerlos lejos. Tengo el recuerdo de esa imagen borrosa; incluso casi como si la hubiera vivido, como si hubiera estado allí junto al fuego. En el pueblo de mi amigo Ramón hasta no hace mucho, algunas noches, cuando se sabía que andaba el león, su abuela y algunos vecinos salían a golpear cacerolas para ahuyentarlos. Ja. Cacerolas. Esta última vez cuando llegué a lo de Ramón tenía una piel de puma en su camioneta. Hacen daño dice. Otro paisano en San Luis me enseñó que cuando el gato empieza a mover la cola me prepare porque va a saltar; va a mostrar las garras y me va a cortar el cuello antes de tocar el piso.
Mi película favorita es Tropical Malady de Apichatpong Weerasethakul. No la recuerdo mucho, apenas algunas imágenes como un sueño soñado hace mucho. No la he vuelto a ver y no se si vaya a hacerlo. En algún momento, un soldado perdido en la selva, o un cazador perdido en una guerra, persigue un tigre obstinadamente. Uno le dice a otro: o dejas de perseguirlo o te dejas comer y te vuelves el tigre mismo. Por una serie de sinapsis intermedias difíciles de describir llegué a la conclusión, alguna tarde ociosa supongo, de que encontrarse con el tigre cara a cara es acudir a la cita. ¿Sabré descubrir el tigre aunque aparezca disfrazado de otro gato? Una noche en las sierras de Córdoba, en un paraje solitario cerca de las puertas del cielo, acampé y esperé. Durante la noche dos veces desperté y escuché el puma ahí afuera. Muerto de miedo solo atiné a enrollarme sobre mí mismo y dormir más profundo. No estaba preparado y alargué el partido, la caza, la búsqueda del carnero salvaje de Murakami; el otro nombre de mi tigre.
He escuchado más historias de pumas bandidos; he visto perros lastimados en peleas desiguales; rebaños diezmados. Cada vez que puedo, cambiando la tonada y haciéndome el hombre de tierra dentro pregunto si por acá se da mucho el león. Por esta zona se da, me dicen, pero esta es la casa del yaguar. En días como hoy, con esa llovizna persistente, el tigre baja y hace daño. Hace dos días mató otro caballo y en el año van quince.
Después están los tigres de Borges; no solo nuestro máximo poeta sino nuestro único filósofo político. Pero esa es otra historia.