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De seis maneras diferentes
(Capítulo 8) |
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Mi salida fue predecible. Me puse a grabar compilados. Yo también quise conquistar chicas con cassettes grasosos y maricones. Rocío me evitó algunos papelones; me salvó de mi tendencia innata al romanticismo ramplón, al lloriqueo y al chantaje emocional. Un día, al pasar, simplemente dijo: ¨Los hombres enamorados dan pena¨. ¿De qué estaba hecha mi hermana? ¿De dónde le venía tanta sabiduría?
En esos días Rocío era tan flaca que se había convertido en una abstracción; una idea de mujer; intocable; transparente; papel manteca. Apenas hacía ruido al caminar (me pegaba sustos cada dos por tres cuando aparecía) y sus ojos entre marrones y verdes, sin color como los (el) de David Bowie, miraban tanto para adentro como para afuera. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Cuando miro para atrás un poco y trato de encontrar respuestas a sus preguntas; a la pregunta que era ella; toda mi vida (porque es mi vida) se parece a un largo verano. Todo lo que parecía serio y definitivo tan liviano e indoloro. Las canciones de nuestra vida al final sólo duraron una temporada; se fueron esfumando como hits de la playa, como canciones en la radio que un día ya no están más.
El barrio de las quintas donde nos habíamos refugiado sin quererlo empezó a poblarse. Ya no estábamos tan solos. A un lado y al otro empezaron a aparecer los vecinos; empezamos a escuchar murmullos y gritos de chicos en piletas cada vez más cercanas. Los hombres enamorados eran unos maricas y sin embargo se casaban y procreaban. En nuestra isla de la invención de Morel, la gente a nuestro alrededor crecía; cambiaba, mutaba, se convertía en otra cosa. Cuando menos lo esperábamos la gente a nuestro alrededor empezó a envejecer.
Como el colegio, la universidad no era un buen lugar para educarse, para tratar de aprender algo. |
De la universidad iba y venía con un desinterés siempre creciente. Como el colegio, la universidad no era un buen lugar para educarse, para tratar de aprender algo. Veía con sorpresa como lentamente, pero de manera segura, para todo el mundo en esas aulas, la idea de hacerse mejor se iba cambiando por la de hacer una carrera. Horror. Como si a un cazador primitivo le ofrezcan entrar a un sindicato, a cambio de lealtad y una mínima cuota caza segura y pesca todo el año. Todo el mundo quería hacer una carrera. En la universidad por supuesto; pero también los deportistas y los artistas. Un vocabulario por otro. De eso se trataba. Una nueva jerga, una manera de vestirse, algunos temas de conversación. Un dialecto idiota. Sin duda lo prefería al comisario. La universidad de la calle. Me cansaba a veces, es cierto. Todo el mundo que sabe algo, aunque sea un poquito, tiene una tendencia al adoctrinamiento, a sentirse profeta. En un momento los consejos vitales pasaban a sermón y se perdía el encanto. Era el problema del vino también. Hacia el fin de las noches el comisario balbuceaba y después se quedaba dormido sobre una mesa. El mozo gallego siempre sabía qué hacer. Nos hacía un gesto de vayan, vayan.
Se trataba de un montón de ideas, novedosas al principio, aburridas al corto plazo, para suplantar otras. Como centro de desintoxicación. A cambio de las drogas duras el señor dios. El sentido común a cambio del inconsciente; Marx y la plusvalía. Prefería seguir recibiendo oráculos de los vendedores de discos, de los libreros alienados, de los verduleros del interior; ocasionalmente de los taxistas fascistas. Era tan fácil de horrorizarse de los instintos básicos de la gente sin educación. La verdad es que no me importaba nada. En búsqueda del párrafo perdido; en búsqueda de la frase que iluminara mis noches y mis días. Así leía. Es la única manera. Buscando un mensaje.
Los árboles habían crecido tanto que pronto ya no habría sol en la pileta. La luz pasaba apenas entre las hojas. Nos íbamos quedando a oscuras.
Y a causa de mi falta de temas de conversación, unos meses después de la partida de Laura, de una manera más o menos natural, empecé a frecuentar prostitutas. Yo también era un muchacho con mis necesidades. Para hacer todo más tolerable les hacía escuchar discos de los Pixies. Estaba cansado de hacer pogo solo en la sala. Las más despiertas se divertían y bailaban conmigo. Las otras me miraban con horror, como si presenciaran alguna clase de aberración inaudita. Hubieran preferido creo que les pidiera cualquier pose estrafalaria de película porno en videocasete. Era una época naive, sin discos compactos ni tetas de plástico.
Tenía que mantener el impulso a raya. Los ejercicios de yoga que imitaba a escondidas de Rocío eran inocuos. Alguna noche desesperada, me fui a algún disco-bar. Parecía el método a la moda. La música era intragable, el humo me hacía toser, el calor volvía todo pegajoso y los tragos eran escandalosamente caros, sea cual fuera la basura que sirvieran. No eran mejores los bares gay-lesbian. Mi idea estilizada de la homosexualidad a lo Morrisey nada tenía que ver con los bares de pantalones ajustados; bultos; remeras musculosas y labios pintados con resaltadores berretas. Tenía problema con las chicas es cierto, pero a esa altura era claro que los pitos me daban tanto asco como las ratas. Ser gay tenía mucho más que ver con manotearse en los baños que con filosofía griega o discutir Las Palabras y las Cosas. La primera vez que vi dos tipos besándose a rabiar tuve que reprimir mis ganas de gritar como mono aterrado ante la vista de una serpiente. Biología atávica le llaman.
Era bastante varoncito al final, pero no, mejor no le contaba nada de eso; mejor no le contaba como lo había descubierto.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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De seis maneras diferentes
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