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De seis maneras diferentes
(Capítulo 8)

Ilustración: Beto Después de Moving Pictures quisieron salvarse con máquinitas. Justo ellos que tenían al mejor baterista del mundo. Pero eso fue después y el impacto de esa música pura me duró por años. La voz de Geddy Lee era tan punzante como su nariz. Como Roger Waters, el otro gran bajista cantante, tenía una cara de genética indescifrable. Sus discos anteriores tampoco me gustaron mucho cuando los escuché después; siempre faltaba algo; o más vale sobraba, o hacía demasiado ruido. Con Moving Pictures fue el timing justo. Para el resto de mundo, en aquel momento, era un grupo inclasificable solo comprendido por sus fanáticos.

El último vinilo que compré también fue un disco único. The Stone Roses. My own private acid rolling stones. Si Rush me condujo al universo extraño que habité en mi adolescencia; el hippismo bailable y los vuelos sin drogas de los Stone Roses me devolvieron al mundo y llenaron de optimismo.

El tiempo que duró. El camino a la perfección había empezado con Psychocandy de los Jesus and Mary Chain y culminado con Loveless de My Bloody Valentine. The Stone Roses fue el paso dorado, la comunicación entre dos valles, el abracadabra. Uf; me estoy cansando de tantos nombres. Soy demasiado joven para escribir mis memorias pero podría seguir por horas.

En principio había sido una especie de explorador de tierras extrañas, en algún momento un coleccionista, después un desesperado buscador de la canción perfecta. En ese disco de Stone Roses había varias. Había buscado con método y había buscado de manera desordenada. Obré con obsesión y con histeria, y cuando supe (lo habré leído en un sobrecito de café) que no se busca; que se encuentra; todo lo sólido comenzó a desvanecerse en el aire. Las canciones, los libros, las imágenes. Todo. No había red que sirviera para filtrar el mundo.

Iba a la universidad a escuchar clases al azar; picar ideas aquí y allá. Podía leer. Podía leer incluso como un poseso. Lo que no podía era estudiar. Como nunca pude hacerme la cama u ordenar el cuarto en una batalla constante con madre. Mi conocimiento se edificaba con restos de lecturas; sedimentos, borras en la taza de café, detalles caprichosos. Con esos retazos inventaba cosas; recreaba libros que no existían; inventaba y profundizaba mi propio laberinto. Que no suene pomposo. Me perdía y me encontraba; jugaba en el patio de atrás. Sin nadie que me dijera nada. Sin pathos. Todo gracias a Rocío y su indiferencia felina. Todo gracias a que mis padres ya no estaban ahí para decirme nada. Supongo que en algún momento sí me preguntaban qué querés ser cuando seas grande hubiera contestado; que nadie me diga nada.

El vinilo era lo perecedero. Lo que tiene fecha de vencimiento; lo que se desajusta.
Rocío andaba por la casa silenciosa; dormía en los rincones soleados; se refregaba en mis piernas cada tanto; y si yo la quería tocar, se separaba y se retiraba caminando despacio a otro rincón. Lo perecedero. El vinilo era lo perecedero. Lo que tiene fecha de vencimiento; lo que se desajusta. Un ejercicio en la decadencia del tiempo. El ruido a fritura me desesperaba como algunos hombres no toleran ciertos detalles en algunas mujeres; los dedos largos del pie por ejemplo; o un exceso de lunares (¿Puede haber algo así?). Debe haber un viceversa que no conozco, cosas que las mujeres no toleran de los hombres bajo ningún punto de vista; lo intragable. Debe existir, como hay tribus escondidas en el amazonas que nunca voy a ver.

La fritura de los discos era la caída del pelo, las uñas que se parten, el dolor de los huesos. Rocío me veía ordenar los discos una y otra vez y sonreía en silencio. Como niñito con sus juguetes, un poco de control aquí para un gran descontrol por todas partes. En la búsqueda de la canción perdida. Esos años sin memoria cuando escuchaba en la radio música sin nombre. Madrugadas desveladas en una habitación oscura mientras mis padres dormían pesados en el otro cuarto.

La época de las canciones sin nombre. El paraíso antes de Adán y Eva. Después crecí, me hice adulto y pude diferenciar lo bueno de lo malo; lo comercial de lo artístico; lo profundo de lo estúpido. La educación sentimental. Hubo un tiempo en qué lo que sonaba en las radios era impredecible, caprichoso, amateur. Un día se empezó a emparejar, a volverse siempre la misma, hasta el cansancio; incluso las canciones que me gustaban, todo el día en la radio hasta que ya no decían nada, hasta que eran ruido, pura nada, nada, nada.

 


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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)

 
 
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