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De seis maneras diferentes
(Capítulo 7)

Ilustración: Beto A pesar de eso, también lo fui a ver a Prince, claro. Años después cuando pasaba por la cancha de River siempre imaginaba que seguíamos adentro esperando a que salga a tocar los bises que nunca tocó. No era un chiste, la imagen siempre me fue muy vívida, mezcla de La invención de Morel y el Ángel exterminador. Todos inmovilizados, hechizados en esa noche majestuosa cuando salió a humillarnos a todos. Tocó una hora sin parar y después desapareció. No podía ser que no volviera. Esperamos, esperamos y nada pasó. Se encendieron las luces del estadio y la gente murmuraba desconcertada. No volvió nomás y allí quedamos todos.
Odiaba el efecto Prince entre los músicos argentinos pero el concierto había sido terrible. ¿Le podría haber contado lo de Prince? Aunque no le hubiera interesado mucho seguramente otra vez mi memoria que se fijaba en una imagen y una impresión a fuego, en la cera de mi cerebro reblandecido. ¿Qué le hubiera dicho de poder decir algo? Viento fuerte en la cara, lluvia en los ojos. Todo lo que no eran los que lo imitaban. Anduvo por la ciudad en limousine como un dictador de un país oscuro. Nos sacó el dinero y nos dio para que tengamos. Como vino se fue.

El comisario empezó a citarnos en bodegones de la ciudad perdidos en el tiempo. Con su lenguaje vago y metafórico hablaba del avance del asunto como si se tratara de un viejo y pesado ejército que ninguna gana tiene de llegar a donde está pasando lo que tenga que pasar. Como era más bien modesto en sus pretensiones de dinero lo dejábamos seguir. De a poco nos fue contando cosas de policías, es decir cosas turbias, de dinero mal habido, de gente de mala vida o de vidas disparatadas. Nos empezó a contar, un día porque sí, para darse corte supongo, y confirmando toda su apariencia, de que conocía a todas las luminarias del tango. El era su proveedor de cocaína. Le gustaba también usar palabras a la moda como para mostrarse algo más joven y entonces soltaba al pasar, uno más merquero que el otro. No lo decía con mala intención, todo lo contrario. Los muchachos de hoy son nenes de pecho decía después. Con Rocío empezamos a querer haber nacido en otra época, treinta, cuarenta años atrás, con Buenos Aires lleno de orquestas tocando en cabarets con mujeres como Rita Hayworth repartiendo cachetadas a gringos que se bajaron del barco para perderse en esta tierra extraña. Con la misma seguridad que decía haberlos conocido a todos decía que no podía nombrarlos, comprometer sus memorias y sus familias. Hacía alusiones. Su lenguaje se volvía más alegórico aún. Otra que la calle Corrientes de Brian Ferry y Laurie Anderson. Una ciudad llena de señoritos, verdaderos dandys y bataclanas, teatros de revistas y bailes multitudinarios de carnaval. Por esas calles andaba el comisario proveyendo mercadería a los artistas. Buenos Aires era una ciudad de poetas dijo. Era gente de la bohemia que sabía guardar las apariencias. Gente loca, apasionada. A él como a tantos lo perdieron el juego y las mujeres. ¿Sabés las minas que tuve, pibe? No tendría que andar a esta altura de su vida y con sus años cobrando estos servicios nos dijo disculpándose y nos trataba cada vez más como a los hijos que no tuvo.

Mis padres eran inspectores y debían haber descubierto algo muy turbio. Lavado de dinero por ejemplo, o una estafa multimillonaria.

Aparte de los encuentros esporádicos con el comisario, la calma de nuestra vida de vacaciones permanentes era interrumpida por llamadas de la tía demente. El comisario Guaita tenía razón, el dique  iba a desbordar. Decía que tenía pesadillas en las cuales mi madre le hablaba y le pedía justicia. Relataba escenas de horror en las que mis padres habían sufrido padecimientos inimaginables antes de morir. El rostro sereno con que los encontramos era sólo el descanso después de la tortura. Agradecían estar muertos. Eso lo sabíamos, claro. Nada de las excentricidades de la hermana de mi madre decían los cuerpos, pero uno diría que así lo deseaba con todo el corazón. La tía demente les deseaba una muerte horrenda y no iba a parar hasta probarlo. Decía que tenía una teoría. Mis padres eran inspectores y debían haber descubierto algo muy turbio. Lavado de dinero por ejemplo, o una estafa multimillonaria. Gente que muy bien podía hacer pasar un asesinato por un suicidio. Mis padres auditaban impuestos y también sabían hacerse perfectamente los idiotas. Nadie necesitaba matarlos para hacerlos callar. Tía dejanos descansar en paz le suplicábamos. No m´hijito contestaba y cortaba. Nosotros estábamos tranquilos. Ningún instinto justiciero nos llamaba. Simplemente ya no estaban, físicamente. Y teníamos nuestros beneficios. No había más día de la limpieza. No había más que hacer camas, no había más que levantarse temprano porque sí. Había una cierta y tímida armonía. Teníamos un dinero, que aunque se acababa, iba durando. Hasta teníamos un nuevo tío canalla que lo habíamos conseguido sin ayuda de nadie. Podíamos, principalmente, escuchar música despatarrados hasta la hora que se nos antojara. Para qué complicarse, como diría el comisario. Y agregaba que en las buenas familias, él había conocido a muchas, los trapos sucios nunca se sacan al sol. Es algo que había aprendido de la buena sociedad.

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Ilustración: Beto
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