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De seis maneras diferentes
(Capítulo 6)

Ilustración: Beto Aquella noche de la caminata desde Liniers no llovía. Era una noche fresca de Primavera. Cuadras y cuadras de negocios y aberraciones arquitectónicas. Ventas de muebles, de autos usados y heladeras para supermercados. Restaurantes de medio pelo y casas de comidas, kioscos y más kioscos. Puertas y puertas. Pools y billares. Algún que otro cabaret disimulado. Edificios con halls aparatosos y decadentes; pizzerías revestidas en mármoles falsos y repletas de falsos helechos también. Charlamos todo el camino. Si pudiera reconstruir esos diálogos absurdos de madrugada sería Tarantino, incluso antes de Tarantino mismo. Los diálogos sin sentido lo preceden. Por momentos me la llevaba a Rocío por delante. No tengo noción del espacio y la chocaba. Entonces ella me empujaba a la calle. Así por dos o tres horas.

A partir de allí le tomamos el gusto a caminar; por donde sea, como si valiera la pena, como si fuera una de esas películas viejas de guerra en que la patrulla entra en una ciudad desierta. Así nosotros dos. Versalles, Villa Real, Agronomía, Chacarita, Saavedra. Agujeros negros de la ciudad. Galpones abandonados, parrillas cerradas, esa arquitectura indescifrable con tejas y revestimientos de cerámicos. Iglesias evangelistas. Kioscos, muchos kioscos. Y tienditas de barrio. Con útiles para la escuela y una fotocopiadora. Heladerías venidas a menos, verdulerías, gomerias. Plátanos gigantes o árboles raquíticos olvidados después de una campaña electoral. Veredas de baldosas viejas o baldosones gigantes de club atlético. Caminar, caminar. Bajarse de una estación del tren y caminar para adentro. Domingos de sol, miércoles grises o lunes por la mañana cuando todo el mundo trabaja. La ciudad siempre estaba llena de gente; en Buenos Aires se vive en la calle. Pero nosotros siempre íbamos como recién llegados. Como entrando a un pueblo. Por mucho rato solamente escuchábamos nuestros pasos.

Yo me apoyaba en su brazo como un viejo. Un viejo de menos de veinte.

Así y todo, con esa experiencia a cuestas, no nos acostumbrábamos al Buenos Aires siniestro de los hospitales y las morgues. De las comisarías y casas fúnebres. Aquel Buenos Aires de las caminatas absurdas podía ser un poco fantasmal, este era demasiado real, increíble e intolerablemente verdadero. La realidad es bastante mugrosa. Deambulamos esos pasillos. Yo me apoyaba en su brazo como un viejo. Un viejo de menos de veinte.

Confundo las épocas pero un día Rocío se sacó la remera. Fue así. Ella dirá que había una razón; o mucho calor, o se le cayó encima coca-cola, o se le metió un bicho, o le picaba. Pero no. Se la sacó porque sí. No era sexual. Rocío era mi hermana y tenía el pecho liso. Era su orgullo. El pecho liso. De todas maneras, las mujeres son terribles y quiso alardear un poco. Rocío había transformado con el yoga su cuerpo ya flaco de por sí. Rocío era de otro planeta. Como Bowie. O esa actriz que hacía de Orlando. Pero se sacó la remera y anduvo un rato así por la casa. Empezó a hacer cosas como para tapar su desnudez. Iba y venía de la cocina. Me preparó un café e intentó tener una conversación casual. Entonces en un momento me dijo ¿Qué? Soy lento. Tarde unos segundos o minutos, no sé y le dije: que no se entere Laura. Laura no se iba a enterar entre otras cosas porque faltaba poco para que desapareciera de mi vida completamente. Pero no era sexual. Entre otras cosas porque lo sexual simplemente me turbaba y Rocío era para mí descanso. Y yo para ella. Pero si me preguntaban cómo había pasado la tarde hubiera podido contestar: perdiendo el tiempo con mi hermana Rocío tirados semidesnudos al sol. Lo que era un hecho y no un decir.

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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)

 
 
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