Cuando era chico y el mundo todavía era enorme, algunos días especiales, en una clase de ritual, con Rocío dábamos vuelta en el garaje el canasto de los juguetes. El canasto apareció cuando el baúl que cumplía las mismas funciones se desfondó. El viejo baúl con que la abuela vino desde Hungría. Dar vuelta el canasto de los juguetes era un ritual de renovación, tirar cartas y dar de nuevo. Los mismos juguetes viejos que después de un tiempo se volvían distintos, esos días en que el aburrimiento, previendo tantas cosas que iban a venir, achataba todas las cosas. La misma felicidad y alegría siento hoy a veces, cuando alguna noche, después de un día de dolor de cabeza y sopor, empiezo a hurgar los discos buscando alguna canción escondida u olvidada. A veces encuentro, a veces no. A veces aparecen solas, como el comisario que cuando menos lo esperábamos volvió.
Se disculpó por tener que molestarnos. Era lo menos que quería, molestarnos y tener que trabajar de más. Con todo el trabajo que había, con todos los tornillos flojos, los cabos sueltos, las cosas sin ni siquiera empezar; el universo entero crujía y él tenía que venir a molestarnos a nosotros con tonteras; pamplinas como decía un cómico de los años del blanco y negro. Tener que molestarnos. El mismo nos había aconsejado cómo evitar problemas. Pero había una hermana. Siempre hay alguien más que pregunta, que quiere saber, que quiere las cosas en orden. Son las suegras del mundo. Nosotros debíamos saberlo, claro, era nuestra tía. La tía quería saber que había pasado. Mucho más por morbosa que por otra cosa. Quería molestar a mi madre. Pequeña venganza de solterona. Que larga e insoportable sería la vida sin otros en que ocuparnos. Quería sacar los cadáveres del placar. Como en las pesadillas. Abrir los cuerpos. Mirar por dentro y hacer que hablen.
La muerte es menos deprimente que un hospital municipal. Un hospital menos que un pasillo limpiado de mala manera y lleno de camas viejas. Un pasillo menos que la morgue misma. La teoría de conjuntos tiene recovecos increíbles donde esconder cosas. La parte puede ser bastante peor que el todo. Nos hizo ir hasta la morgue. Increíble lo que puede hacer la envidia. Mueve cosas. Nos movió a nosotros. Nos hizo cruzar media ciudad, nos hizo llegar a la parte más gris, a la ciudad espantosa de los hospitales. A esos edificios no los salva ni el estilo francés. Y allí tuvimos que ir por su culpa. Volvió disculpándose pero volvió, el comisario.
Con Rocío habíamos inventado un paseo que llamamos el Buenos Aires horrible. Nació como todo, por casualidad. Una noche caminamos la avenida Rivadavia desde Liniers hasta Caballito. Fue después del recital de B 52'S en Vélez. O tal vez fue la noche de Nirvana. O tal vez la de Duran Duran o la noche de Tears for Fears. A todos esos conciertos fui a Vélez. Y algunos más. Claro, en Vélez también vi a Yes. Ese fue mi primer Vélez y mi primer chaparrón, mi primer concierto bajo el agua. Es agua mamá, es agua. Ningún río se hubiera cruzado si hubiera sido por las madres. No te mojes. El mundo estaría dividido todavía según el cauce de los ríos si fuera por ellas. Las madres quieren que los hijos no se mojen y los maridos no partan a la guerra. Tal vez es lo mejor. No sé. No mojarse, no embarrarse, no matar.
Con Yes fue un chaparrón que nos cayó como una ducha. Ducha de verano. Después el cielo se abrió, apareció la luna, tocaron Close to the Edge y Jon Anderson cantó a capella. La noche Tears for Fears en cambio fue un diluvio que suspendió el recital. Se fue gestando de a poco la tormenta, empezó el viento, después el frío y los pelos del cantante que se volaban. Había que verlos. Empezó a llover y siguieron por un rato con el agua en la cara. Presentaban un disco que emulaba a los Beatles desde la tapa. Un Sargent Pepper de los años ochenta. Lo escuché por mucho tiempo porque me relajaba. Era un mundo en sí mismo que me hacía olvidar cosas. Era lo más cercano al jazz que podía llegar en esa época. Una música que no me hiciera daño. Canciones alejadas de las heridas y sin asociaciones. No estaba muy bien que te gustara Tears for Fears en aquellos años. Nunca estuvo bien creo. Es una clase de confesión. Después de la oscuridad de los bad seeds y el cinismo de love is the drug, un poco de sol con the seeds of love. A pesar de la lluvia. El sol y las semillas del amor. El amor es un género. Se desató un diluvio de todo diluvio así que la noche caminando toda la avenida Rivadavia no fue esa. En un diario apareció la crónica del show como si no se hubiera suspendido, el periodista se mandó una crónica completa. Se las había tomado e inventó todo. Le salió mal pero había un poco de justicia poética en ello. Tal vez le salió bien, tal vez esa fue su mejor crónica de todas, la única verdadera. Los tipos no querían parar de tocar. Había un gran piano de cola en el escenario azotado por las ráfagas de lluvia y viento. Las semillas del amor. No contaba con la lluvia el periodista. Perdió el trabajo y quizá la novia o la esposa. ¿Dónde habrá estado mientras la lluvia inundaba todo?. ¿En los brazos de qué sueño? No, no fui yo aquel periodista.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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