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De seis maneras diferentes
(Capítulo 5)

Ilustración: Beto Con mi primera novia aprendí lo que es el amor. Desde el día que pisé su casa supe que no podía competir con la adoración que ella sentía por su padre. Tampoco me interesaba competir. Era un ser abominable. Amargado, colérico, egoísta. Ceguera. Ella no veía nada de lo que estaba allí a la vista de todo el mundo. De eso se trataba. El amor. No ver. Una condición de miseria epistemológica. La imposibilidad de saber. De allí toda una serie de complicaciones. Querer saber y no poder. Poder saber y no querer. Querer saber sin saber. En fin. Lo descubrí desde muy temprano. La ceguera. Me venía muy práctico y me sacaba preocupaciones. Estaba muy tranquilo en el papel de efecto colateral de un amor imposible. Ceguera y comedia de las pequeñas atenciones y sorpresas. Cómodo, muy cómodo. Es increíble que la sociedad haya evolucionado y nos haya traído a este estadío, el de la comodidad permanente. Aristóteles debería rever su filosofía. No queremos felicidad, queremos sentirnos cómodos, sentarnos en almohadones mullidos. No mojarnos cuando llueve, no sudar cuando hace calor, moverse sin notarlo. Cómodos. Todo tranquilo mientras cumpliera mi papel. Tampoco es que estoy tan mal, tengo lo mío. Pero sabía cómo son las cosas y no me engañaba demasiado. Me engañaba solo lo necesario. Pasábamos mucho tiempo en la cocina mirando televisión. Nos toqueteábamos cuando los padres desaparecían. Fuera de esa cocina asfixiante el resto de la casa parecía vacía. Muebles de estilo tapados con sábanas en una vieja casa de Villa Devoto. Este tipo era peor que mi madre. Debería haber mandado a mi padre a un convento y haberlos presentado. Quizá hoy las cosas serían distintas. Ya dije que soy lento de reaccionar. Cuando quedaba solo con el padre me contaba historias de putas. Había trabajado quince años en Paraguay como representante de un laboratorio. Había conocido al dictador Stroessner del que decía tenía sentido del humor. Se codeaba con el embajador (que no escuchaba Bryan Ferry, le pregunté expresamente) y con todos los empresarios paraguayos. Aceptó primero el puesto por el dinero y después se quedó todo ese tiempo por el dinero y las putas paraguayas que son las mejores según decía. Había una esposa claro. Laura tenía una madre por supuesto, aunque ambos ignoraran el hecho con persistencia, sistematicidad y esmero. Era una flaca esquelética que se consumía por el cigarrillo, el café, la iglesia evangelista y la espera de que el segundo infarto lo matara de una buena vez. Hasta donde yo sé seguía vivo y no parecía querer morirse. Sus únicas salidas de esa casa fantasmal eran para escuchar al pastor y cuidar a un padre postrado que odiaba y la maltrataba. La vida es dura a veces.

Un martes como cualquier otro vimos todos juntos en familia Terciopelo Azul.

Laura era un encanto debo decir, objetivamente. Cómo nació de semejantes abominaciones es un misterio. En una película no me lo creo. Un misterio era la belleza y urbanidad de Laura. Como la clase y estilo de Bryan Ferry siendo hijo de un minero analfabeto. Ella brillaba para tapar todo lo opaco de sus padres. ¿Causa y efecto? No me importa. Mi mayor logro había sido cambiar la rutina de la televisión por películas alquiladas en el videoclub del barrio. Un martes como cualquier otro vimos todos juntos en familia Terciopelo Azul. Las escenas fetichistas incomodaron un poco, pero bueno, es arte. Al tiempo volvimos a la televisión. Era alegre, linda, muy cariñosa, un poco exótica y terriblemente mentirosa. Cuanto más mentía más me empeñaba yo en creerle. Una especie de juego, como si dijéramos: ¡vamos a probar otra vez, eh!. Sus mentiras me mantenían ocupado y a raya. Me moría de ganas de contarle las conversaciones con su padre pero no me hubiera creído. Lo que no le gustaba no existía. Estuvo bien estar cerca de ella por un tiempo. Durante ese lapso no tuve defectos. Papá es un ídolo, mi novio es un genio. Esa era su filosofía. Todos a su alrededor eran maravillosos. Incluso el padre abominable (principalmente) y el novio de dudosa sexualidad y que cumplía menos de lo debido. Me quedé con sus discos de Jackson Browne y Chicago. Los dos discos tenían hits cantados en falsete, esa voz finita a lo Sting, a quien vimos juntos. Uno cantaba: stayyy / just a little bit longeer. Y el otro, if you live me now / you take away the biggest part of me / uuuuuuu baby please don't go, uuuuuuu.

 


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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)

 
 
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