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De seis maneras diferentes
(Capítulo 4)

Ilustración: Beto Bowie era también mi hombre ideal porque estaba lejos. Distinto de mis compañeros de la universidad a quienes no osaba mirar ni nada. Me iba quedando sin amigos. De Bowie vi los dos conciertos que dio en Buenos Aires a través de los años. Primero en River, después en Ferro. Otra vez. La primera vez hice lo que nunca y me colé en la conferencia de prensa. Era en un hotel caro. Entré como si nada. El salón parecía propio de un encuentro empresarial. Sillas de respaldo alto y un micrófono que hacia ruido. Todavía era la época en que los artistas eran recibidos como embajadores de algún reino lejano. Rey David, monarca de Persia; emperador de Asia Central. Recuerdo solamente el tono de la voz. Pero puedo confundirme con las tantas entrevistas que vi antes y después. Usaba bermudas y no trató de hablar en castellano aunque se disculpó por no hacerlo. Años después me acosté con una mujer, una verdadera mujer bastante mayor que yo, solo porque había cenado una vez con él y me contó varias veces (le pedí que me lo repitiera) que era una persona maravillosa, un auténtico caballero. La primera noche fue un apretujamiento. Como guitarrista rítmico estaba Adrian Belew que hacía muecas. Cuando escuché los acordes de Odisea Espacial otra vez volví a experimentar la sensación de que la vida estaba sucediendo de verdad. Y que esa canción era lo más cerca que iba a estar en convertirme en lo que siempre quise ser; un astronauta perdido en el espacio.

La segunda vez fue algo muy fuerte. No tengo otra palabra. O las clásicas: tormenta, vendaval, huracán. Las tribunas de maderas parecían a punto de volar. No éramos tantos como la primera vez. Era algo electrónico y descontrolado a la vez. Yo estaba solo. Todos estábamos solos. A diferencia de otras veces el estadio me pareció un conjunto de soledades mirando por un telescopio y asistiendo a la explosión de una estrella. El mundo como lo conocía se astillaba. Aunque a veces confundo las épocas. Como los enamorados tienen su canción mi miseria también tenía la mía. Vagaba solo.

Antes, ir a un concierto era un ritual y como tal exigía compañía. Al primer recital de los Ramones fui con Gustavo. Entramos y el concierto iba por la segunda canción. Eso nos molestó mucho y desde ese día no hicimos más cola y entrábamos directamente. Fue un descubrimiento. Descubrimos que siempre el que quiere puede entrar directamente. Sin importar nada. No podía tolerar perderme una canción. En todo lo demás soy una persona respetuosa. Digo siempre buenos días y gracias. Pero si el recital está por comenzar me vuelvo un criminal. Una bestia acorralada. El pensamiento vendría a ser este: si el concierto comienza antes de que estés allí algo terrible ocurrirá. Era febrero, hacía un calor del demonio y adentro era peor. Todo era un total descontrol. En las tribunas había lugar y la gente subía y bajaba las gradas a los saltos. Corriendo quisimos llegar cerca del escenario y entonces Gustavo rodó como un caballo en el hipódromo. Primero me asusté (iba a perderme el concierto si le pasaba algo) y cuando vi que se movía lancé una carcajada y seguí corriendo. Fue más de alivio que de otra cosa. One, two, three, four. Y otra vez. Una canción, one, two three, four, y otra canción. El flaco desastre con una mano apuntando al horizonte como el capitán de un barco y la otra en el pie del micrófono, como si agarrara a alguien del cuello. Así una hora sin parar. Nadie. Ellos nosotros todos. Sin parar. Todo el mundo estaba en cueros. Pero no había tiempo para mirar torsos musculosos. Era algo más primitivo aún. No podíamos creerlo. Era más intenso que el sexo. Del que no conocíamos mucho por otra parte. El punk estaba lejos de ser algo popular. Era cosa de chicos informados. De discos y revistas traídos de afuera por algún primo estudiando con una beca. Éramos dos pichis. Pero estábamos ahí. Después se corrió la voz de esa experiencia terrible. Los Ramones empezaron a venir todos los años y uno se fue a vivir a Temperley. Mientras tanto a Gustavo dejé de verlo. Empezó a deambular por todas las sedes del C.B.C.: Ciudad Universitaria, Drago, Paseo Colón, Puán. No se decidía por ninguna carrera pero conseguía chicas de todas las clases. No me gustaba mucho como miraba a Rocío y respetaba demasiado a sus padres. En un momento cambiamos de piel y nos empezamos a ver demasiado diferentes. Mi piel parecía más a la de una serpiente digamos; como las botas de Nicholas Cage en Corazón Salvaje. La suya como la de un cordero. Aunque era un lobo en otras ocasiones.

En un momento cambiamos de piel y nos empezamos a ver demasiado diferentes.
Seguramente soy muy injusto, pero que escriba él su propia historia entonces. No debió abandonarme. Se portaba distinto delante de las chicas y tenía otros amigos para las fiestas, el tenis y el futbol. Yo era el de los conciertos. Yo los llamaba tus amigos los imbéciles. No estaban bien las cosas. Pero fuimos a ver a los Ramones juntos. Y a Jesus & Mary Chain. Gustavo tenía buen gusto para la música. Y las mujeres. Nunca me invitó a dormir a su casa. Debía sospechar algo. Una anomalía, una tara. Algo. Vio algo y huyó despavorido.

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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)


 
 
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