Después de Bowie, los New York Dolls, Poison y Twisted Sister aparecieron los Travestis de Flores, Morón y Ramos Mejía. De golpe florecieron; aparecieron como hongos parados en las esquinas. En lugar de debajo de los árboles, debajo de los faroles. El terreno estaba preparado en todo sentido. El rock se había convertido definitivamente en el deporte de los chicos que se ponen la ropa de la mamá frente al espejo. Nosotros teníamos un espejo bien grande. Y todo un guardarropa sin usar. La ropa de mi padre me iba gigantesca, pero la ropa de mamá me daba miedo. Después de todo había visto Psicosis. Tampoco me gustaba el Bowie de Ziggy Stardust que me parecía una tía vieja y malvada, ni el de Let's Dance donde más que marica parecía una lesbiana vestido de hombre. Prefería el andrógino de Low. El de la mirada desafiante de Diamond's Dogs también tenía lo suyo. No llegaba a ser el Iggy de Raw Power pero no le iba lejos. Un día que estaba aburrido fui y me compré todos los discos del rey David menos los compilados. Esa era mi regla. Nada de compilados y raramente, muy raramente algún disco en vivo. No soportaba tener canciones repetidas. Los compilados los hacía yo y estaban desparramados en los discos originales por así decirlo. Eran un extra. Como los pensamientos al leer un libro. Le pertenecen y no le pertenecen. Las compilaciones, mis compilaciones hechas con tanto esmero sobrevuelan el material original. Lo comentan. Mi fantasía.
Después de Iggy Pop, David Bowie pasó a ser mi hombre ideal. Es decir, apenas un hombre. Mucho más que un hombre también. Un extraterrestre; el hombre que cayó a la tierra. No me provocaba la turbación que me había provocado Iggy, ni el romanticismo platónico de Bobby. Era algo más adulto. Hasta lo podía decir como un chiste. Me acostaría con David Bowie. Me parecía normal. Como querer acostarse con un escritor famoso. Era algo intelectual. Me parecía obvio. Creía que todo el mundo lo quería. Pero puedo errar mucho. Muchísimo. Ir al Sur cuando creía que iba al Norte. Como cuando tocó Steve Jones, el guitarrista de los Sex Pistols, en una discoteca de la calle Corrientes para el otro lado, que en esa época era el centro de una galaxia lejana y extraña. El lugar estaba pasando Callao para el lado de Once lo que era raro. Callao es una frontera espiritual. Para el bajo los teatros, los cines y las librerías. Para Once las zonas oscuras. Todo fue extraño esa noche. Fui a comprar las entradas el día que se pusieron a la venta. Fui el primero en llegar y ni siquiera estaba el boletero. No había nadie. Fui el único y la noche del concierto éramos veinte. El guitarrista de los Sex Pistols tocando para mí. No parecía un punk, tenía pinta de camionero entrado en años. El inglés errante. De hecho creo que vivía en California y no podía volver a Inglaterra porque tenía una causa por robo, o estafa, o quizá se había acostado con alguna chiquilla. Era todo un hombre, grandote, musculoso, pinta de pocas pulgas, sonrisa socarrona y mirada distante. Empuñaba la guitarra como esos tipo enormes que manejan máquinas para taladrar el asfalto. El concierto fue así. Éramos veinte con suerte. Suelo errar feo. Me cuesta salir de mi cabeza. Pensé que todo el mundo iba querer ver de cerca a un sex pistol. O pasar una noche con David Bowie. Steve Jones y sus secuaces estuvieron en la televisión haciendo desastres, pateando los instrumentos, diciéndoles cosas a las secretarias, un sex pistol tocando en un programa para toda la familia el domingo a la noche. Surrealista.
Años después otro sex pistol llegó a la ciudad. Juancito el podrido vino con su banda P.I.L.. Venía a presentar ese disco que se llamaba Álbum o Casete según fuera el formato. Años previos a la revolución, ni siquiera existían los compactos. Si existían yo no lo sabía y lo que no se sabe no existe. Obispo Berkeley para principiantes. Me encantaba la universidad.
Paradojas del destino, el pibe de God Save The Queen parecía la reina tomando el té. |
Juancito el podrido se había convertido en un artista de vanguardia y quisquilloso. Estuvo más agresivo que Siouxsie con los punks de museo que los escupían. Tenía el color del pelo de un naranja propio de viejas chifladas. Desde lejos parecía una señora. Paradojas del destino, el pibe de God Save The Queen parecía la reina tomando el té. Paró el concierto varias veces y dijo algo sobre el SIDA. Parar esa banda temible era como frenar un camión con acoplado. Llevaba unos cuantos minutos hasta todos se daban cuenta de lo que estaba sucediendo. Hay muchas razones para querer que no te escupan, pero el Sida no era la mejor de ellas. Como un matrimonio despedazado el concierto siguió su curso. Un sueño, todo parece un sueño.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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