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De seis maneras diferentes
(Capítulo 4)

Ilustración: Beto La calle Corrientes se había transformado bastante. Una o dos noches, quizá tres, tocó Laurie Anderson. En la puerta del teatro, con caras sonrientes, todos nos creíamos en Times Square. Y mucho más cuando vino Lou Reed. Otra vez la música que lo transforma todo. Fue raro. Ver a Lou Reed en esse teatro me dejó sensaciones opuestas. Algo no encajaba. Como ver una fiera en una jaula. No era su ámbito natural. Parecía un león viejo. Me hizo acordar a mis visitas al zoológico de Palermo y ese pozo gigante donde los animales reposaban como estatuas. Hubiera querido para Lou Reed un bar lleno de humo, un sótano peligroso, verlo en un puerto oscuro, en un bar de maricones. Pero no. En esa época también los artistas que llegaban, llegaban un poco como parte de un circo. Tipos que gritaban todo el tiempo ¡grande Lou! y Walk on the Wild Side como música de un aviso de champú. Todos hacían palmas. Soy muy caprichoso. No solo quería una chica linda, quería que me quisiera sin condiciones. No solo quería ver a Lou Reed, lo quería tocando en Nave Jungla junto con el enano que se enroscaba una serpiente y que nadie supiera quién era ese puto. Buenos aires era un hermoso desorden a pesar de todo. Se podía ir a un concierto y estacionar en cualquier parte. Años después el hermano del amigo de un amigo se lo encontró a Lou en una ascensor en Nueva York. Parece que es un pesado. Siempre es mejor no saber, suponer, creer y sí se sabe, que sea de oídas.

El blanco inmaculado del smoking de Bryan, el blanco del piano de Lennon y The Cure en la nieve. Fue la época del hit Viernes, estoy enamorado y atrás, aunque sea un poco rezagados, y por un tiempo, quedaron los días de la confusión.

Rocío tenía el pecho tan liso que impresionaba un poco. Tomaba sol junto a la pileta despintada. No habíamos tenido voluntad para sacar los viejos sillones de hierro que descansaban junto a la pileta sobre el piso de laja. Tampoco tuvimos voluntad para comprar algo decente sobre lo que sentarse. Así que allí reposaban esos armatostes viejos como esqueletos de dinosaurios. Y en medio de ese parque temático que era nuestra casa estaba Rocío. Es increíble la cantidad de cosas que se necesita para vivir. Nunca lo había notado hasta entonces. De todo se encargaban nuestros padres. Las sillas, el detergente, las toallas, las escobas, comida en general, dentífrico, papel higiénico, manteles, platos, tenedores, sábanas limpias, aspirinas y bufandas. Yo creía que solamente se necesitaba un par de vaqueros, música y un walkman que funcione. Rocío se llevaba un viejo grabador Sanyo y escuchaba la radio todo el día. O no escuchaba, no sé. Al menos estaba encendido. En la quinta sobraba tiempo y sol.

Es increíble como los novios juegan a ser esposos en todo lo que pueden.

Rocío había pasado de esposa solícita a esposa indiferente. Le hubiera venido bien un amante. A mí me venía bien sin ir más lejos. Ser novio era una profesión a tiempo completo. Una especie de libertad condicional. Dos o tres puntuales llamadas diarias. El reporte de las menores actividades incluyendo sueños, malhumores y preocupaciones; la programación del fin de semana y las quejas por los parciales. Es increíble como los novios juegan a ser esposos en todo lo que pueden. Nadie nota en general cómo los novios juegan al tedio y la monotonía. Creen que lo compensa un poco de sexo aquí y allá. O bastante sexo según los casos, da lo mismo. Tedio y sexo seguro. De eso se trata. Jugar al matrimonio acabado cuando se cree hacer lo contrario. Estar preparando todo para lo peor cuando se cree, eso no me va pasar a mí. Con Rocío al menos evitábamos la parte del tedio. La del sexo también. Mal chiste. En general. Nos hacíamos compañía. Cada uno era el gato viejo del otro.

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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)

 
 
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