Una idea que tenía en la mañana de mi vida es que las personas en los yates (y por qué no también en las embajadas y en los apartamentos con vistas que dan a los parques) mientras beben martinis y tragos de colores escuchan a Bryan Ferry. En esa época todavía tenía en mente las chicas tan sofisticadas como terroríficas de las tapas de Roxy Music y el recuerdo de Bryan tirando brillantina al público en el estadio Obras mientras cantaba Muchacho Celoso. Un recuerdo que se conecta con el piano blanco de Lennon por supuesto; el smoking blanco del propio Bryan y de ahí un paso a los teléfonos, también blancos, de Marilyn Monroe. Años después de aquel borroso concierto Bryan volvió y tocó en un teatro de la calle Corrientes y las segundas partes dan oportunidad de mirar con más atención. Los años pasaban para todos. Ya no me pareció tan sofisticado y además, para peor, ya había descubierto su terrorífico parecido con un viejo cantante argentino que se hacía pasar por español o por cantante argentino recién llegado de España. Siempre, durante años y años, jugando la comedia de que recién se había bajado del avión; ambos siempre vestidos de smoking, ambos, Bryan y Luis (llamémoslo Luis) siempre en la calle Corrientes con una sonrisa de senador en campaña electoral. Atrás habían quedado los años de Brian Eno con pelo (la pérdida del cabello obligó al inglés a abandonar el glam rock propio de cabelleras exhuberantes y convertirse en un intelectual) y de esa canción que me dio escalofríos la primera vez que la escuché. Love is the drug. Literalmente. No kiding. El amor nos hace sentir geniales (sin merecerlo). El amor nos hace hacer lo que no queremos. El amor es la droga que retuvo a los argonautas en una isla. Para siempre. El amor es la droga.
Un farsante revela a otro farsante y el falso español me despertó del sueño; Bryan Ferry no era un aristócrata era el hijo de un minero. El juego de los parecidos y las caras. La pequeña línea que hace la diferencia. Nunca subí a un yate propiamente hablando y no puedo decirlo con verdad, pero abandoné la idea romántica de que esa gente escucha a Bryan Ferry o David Bowie o Scott Walker. Me quedé con el consuelo sin embargo de que la música puede ser la venganza de los que sueñan, la venganza de los no artistas que aprecian lo bueno. Nos hace mejores como otra música los hace peores. A pesar de sus yates y sus zapatos. Eso creemos. Eso creía y quería creer. En el fondo me sentía una persona banal y silenciosa lo que para otros, sin embargo, olía a veces a misterio.
| Quería una novia que quitara el aliento, que dejara con la boca abierta, que no permitiera preguntarse nada. |
Por la misma razón que escuchaba Spandau Ballet quería una novia que quitara el aliento, que dejara con la boca abierta, que no permitiera preguntarse nada. Alguien que elevara mi auto-estima como la música de Bryan Ferry eleva la cotización de una fiesta y me hacía creer que existía el mundo feliz. Tonterías. Puras tonterías. Cada disco, cada artista, era un mundo posible. Podía convertirme en una persona torturada, c ínica, exitosa, soñadora, optimista, voluntariosa, desorientada, hedonista y autodestructiva según el caso. Todo dependía del disco de la semana, del artista del mes, de la canción del año. Cada novia puede ser una personalidad también. El espejo donde queremos vernos reflejados. Por eso algunos cambian de cama como de corbata. No era mi caso, que nunca usé una y era la clase de persona que duerme abrazado a una almohada. Pero el hecho está. La deseada por todos, la enigmática, la indefensa, la que está en todo, la que apenas piensa. Yo soy ella. Yo soy otra.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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