Con Rocío hacíamos algunas cosas para suplir otras. Hacer que no se note la soledad, intentar un poco de calor de hogar. En el living teníamos un fuego que yo cuidaba con devoción. Juntaba la leña, la acomodaba, separaba por tamaños, buscaba palos secos para encender, encendía y cuidaba las llamas. Me había convertido en un experto en encender el fuego, era realmente bueno. Me producía mucho placer. Rocío estaba feliz de estar rodeada de todos los elementos: agua en la pileta, el aire puro y frío en el invierno, la tierra del jardín y el fuego de la salamandra. Yo la hacía feliz y recorría las cuadras del barrio buscando la leña que los jardineros sacaban de las otras quintas como si fuera basura. Eran calles de tierra. Casi no eran calles. A mí me gustaba mucho. El cansancio, el barro, que los pocos vecinos me miraran algo raro. No estaba bien visto juntar troncos de la calle. Una estupidez. Mi pequeña Patagonia suburbana. Nos estábamos poniendo en sintonía con el planeta. Esas cosas a mi no me decían mucho pero a ella la ponían contenta y yo no necesitaba más. Por el momento.
Rocío se entregaba pasivamente a mis manías. Escuchaba la música que yo elegía, veía los videos que yo alquilaba, leía lo que encontraba en la biblioteca. La naturalidad con que aceptaba todo me desarmaba. La admiraba en secreto. Clasificar el mundo es una tarea sin fin. Sísifo subiendo la roca que una y otra vez vuelve a caer. No se trataba de coleccionar, se trataba de tener un sistema. Tampoco quería abarcarlo todo, pero quería tejer una tela de araña a mi alrededor resistente y duradera, que me permitiera recibir lo que llegaba. Hacerle un lugar. Aunque más de un domingo de mi vida lo pasé en Caballito revisando discos, libros y revistas yo no era de los raros. Al menos trataba de no ser un freak a tiempo completo. Era una sensación encontrada. Ir a comprarle cosas a personas que nos enredaban en sus conversaciones y nos hacían desear no estar allí por miedo a terminar así. Esa era la frase, no terminar así, cómo esos enfermos coleccionistas de discos, de alguna manera se veía una pendiente hacia algo que no era bueno. Se veía un túnel, un tobogán, una rampa larga que descendía hacia algún lado oscuro. Y sin embargo vivíamos casi para ello. Para escuchar, para leer, para mirar. El arte nos hace hombres y no bestias. Bien mirado nos hace otra clase de bestias. Simplemente.
Sus excentricidades eran impurezas del mundo. |
A Rocío no le molestaría reencarnar en un animal silvestre, cualquiera, incluso el más humilde o menos vistoso. Rocío recibía las cosas que le llegaban como flores silvestres a las que se detenía a admirar. O no. A las que recogía o dejaba pasar con una sonrisa. Éramos hijos de los mismos padres y sin embargo éramos tan distintos.
Rocío estaba en paz con ellos. Había logrado aceptar sus excentricidades, la de nuestros padres, como a las púas de un puercoespín. Yo los quería callados, que no me dijeran nada, que no dijeran nada. Sus excentricidades eran impurezas del mundo. Me molestaban. Y un día, mágicamente ya no estuvieron. La vida se volvió imprevisible. Estábamos habitando un mundo que no nos estaba reservado. Se iba haciendo día a día con el transcurrir de las horas, como en los sueños, duraba lo que nuestra conciencia pudiera mantenerlo en pie.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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