Mi novia duró algo más, pero un día tampoco estuvo más. Como el dinero regalado así el amor. Como dones. Que aparecen y desaparecen. Ese día Rocío se quedó a mi lado, me abrazo y lloró conmigo. No te quise decir nada pero no me gustaba mucho dijo. Y no tocó más el tema. Hay silencios que esconden, otros terminan cosas.
Yo anduve en pantuflas y envuelto en una frazada por unas semanas. Rocío alquilaba películas y se movía alrededor mío haciendo pases de magia mientras yo con los ojos cerrados pensaba en la nieve. Iba a recuperar el equilibrio me dijo. Esta es la parte de las pérdidas. La nieve es como el cerebro vacío y siempre que puedo trato de pensar en la nieve, en un campo blanco. Lo experimenté por primera vez cuando me fui de viaje de egresados a Bariloche. El azar quiso que me quedara solo en una aerosilla detenido por unos cuantos minutos en medio de la montaña. El silencio era total. Después escuché unos esquiadores deslizarse debajo de mí. Yo no existía. El silencio y el deslizarse de los esquíes. Los esquiadores tampoco existían. El sonido era tan tenue como el nudo de una corbata de seda que se deshace o una serpiente entre el follaje. Silencio puro y el deslizarse que se destaca. Lo que tarda un trozo de seda en desgastar una montaña, ese tiempo es un día en la vida de Buda. En ese momento pensé que la nieve era lo único que iba a poder acallar mis pensamientos. Tuve mi pequeña epifanía y después de pasar esa semana borracho como todo el mundo; haber roto unas cuantas puertas de hotel a la patadas como todo egresado que se precie, volví a Buenos Aires. Quedé exactamente a un día entero de las montañas y la posibilidad de mi curación. Un día completo arriba de un autobús. Esa pasó a ser la distancia entre la nieve y mi cerebro repleto de nombres de canciones. Tantos edificios nos han hecho olvidar que vivimos rodeados de nada. En una isla. A muchos, pero muchos kilómetros de algo. De algo que se parezca a un paisaje. Mínimamente. Llegué a la quinta (ya vivíamos en la quinta) un domingo por la mañana. Todas las sillas de la casa estaban sobre la mesas y sobre los sillones. Las ventanas abiertas de par en par para dejar salir el olor a desinfectante. No se puede entrar, no se puede salir, no se puede hacer nada. Bienvenido, te esperábamos. Todo estaba convertido en el Beirut de los días de limpieza. Mi madre en la puerta con el secador y el balde.
| Tengo una tendencia a ignorar que las cosas van a parar al pasado. |
El ya pasó con el que los padres consuelan a sus hijos en mi no hizo mucha huella. Tengo una tendencia a ignorar que las cosas van a parar al pasado. Que desaparecen, que ya no están. Pero tengo la excusa de una buena escuela. Madre apareció unas cuantas veces más por la quinta. No aceptaba su condición de muerta, de ida, de desaparecida. La negación de la muerte sería reconocerla de algún modo. No era el caso de madre. Ella simplemente seguía como si nada. El cambio era que venía a su propia casa como si fuera una visita. Papá esperaba en el auto leyendo el diario. Una visita bastante entrometida eso sí. De dónde sacaste dinero para estos discos, que hay que juntar las hojas, que deberías ordenar tu cuarto, que me vas a matar. Esa era buena.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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