No fue muy claro cómo murieron y por qué. Bien mirado tal vez era solamente una sola pregunta. El cómo es el por qué la mayoría de las veces. Nosotros teníamos la hipótesis del suicidio que cuajaba muy bien con nuestros recuerdos infantiles. Pero la policía no tenía esos recuerdos ni mucha inclinación a escucharlos. Tampoco les importaba mucho. Les importaba casi nada. Afortunadamente; a la hora de evitar complicaciones. Ser policía en la Argentina no es ningún tipo de vocación; es un trabajo mal pago o una anomalía de carácter. Se sabe que se hace con los trabajos mal pagos. Se los hace mal y rápido. Aunque parezca increíble, el certificado de defunción decía, en cada caso, ataque cardíaco. Había sido un ataque sincronizado, pero bueno, cada certificado fue hecho por separado en distintas oficinas y por distintos empleados, así que nadie iba a molestarse. El hecho es que habían muerto. A nadie le interesan lo que dicen lo papeles. Ningún historiador iba a revisar esos documentos, a no ser uno muy especial que se proponga escribir la historia detallada de la oficina de recaudación de impuestos de la República Argentina donde mis padres hicieron su carrera. No lo veo probable. Según decían todos los certificados que después fui encontrando, de ataque cardíaco murieron también todos nuestros abuelos. Como fulminados por un rayo justiciero. O la mala suerte. El nombre del médico que firmó las defunciones también era el mismo, siempre: José Gonzales.
Un problema menos. Teníamos la cabeza en otra cosa. El comisario nos advirtió; una sospecha de algo no aclarado significa miles de trámites. No era lo nuestro y lo dejamos pasar. Ataque cardíaco, de eso murieron oficialmente nuestros padres asfixiados.
| Compró dólares y los guardó, como un experimento, casi como un olvido. |
Para la sorpresa de todo el mundo papá había dejado dinero. Otra casualidad. Papá era un raro nietzscheano a tiempo completo. Su indiferencia del mundo era total. Compró dólares y los guardó, como un experimento, casi como un olvido. Teníamos un tío genio de las finanzas que aconsejó a mi padre a principios de los ochenta comprar dólares. No fuimos a Miami pero ahora, gracias a eso, teníamos plata en el bolsillo. Por supuesto nosotros queríamos ir a Miami. No. Miraba el diario y decía no. Papá. Sin importar. Nada.
Otra cosa que hizo fue guardar su primer auto, un viejo Peugeot 403 en un galpón. Iba a ser mi regalo cuando cumpliera dieciocho. Yo lo odiaba. Pensaba que no entendía nada. Quién iba a querer esa porquería. Un mod claro. Eso lo aprendí después. En esa época era el joven horrible que quería ir a Miami y tener un auto algo más nuevo. Guardar las apariencias. Debo decir que era más una cuestión de querer tener una familia normal que una cosa de status. Cuando niños lo único que deseábamos era ser normales. Mi padre el epicúreo. Mi tío genio de las finanzas que era por supuesto algo mafioso también. Hasta escuchaba ópera; pero prefería a Wagner que a Puccini. Mafioso y todo me mostró algunas cosas también. No todo era desdén. Había cosas que daban placer. La música, los viajes, la tranquilidad.
Una vez que la economía se construye por el azar de guardar habría que guardar siempre. No era nuestro caso. No nosotros; simplemente no podíamos. El dinero tampoco se puede guardar eternamente y lo fuimos gastando. Se iba. Desaparecía. Nosotros con él.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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