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De seis maneras diferentes
(Capítulo 2)

Ilustración: Beto Aquella noche lejana de The Cure en Ferro fue como el video de la canción Pictures of You. La canción es del disco siguiente así que no la tocaron. Todos sobre el escenario bajo un viento inclemente. En el video están tocando en la nieve con un decorado de palmeras y un sol artificial. Hay una especie de tormenta y se vuela todo. Desde que la escuché es mi canción favorita. Me gusta ese momento en que se levanta viento. Algo finalmente pasa. En el concierto para mí lo mejor fue Push. Tiene una larga introducción de guitarras como también la tiene Pictures of You. No son las guitarras del rock. Son otra cosa. Cada vez que lo escucho suena como si lo estuvieran inventando en ese momento. Suena a provisorio. A un ensayo de orquesta antes del concierto. A la búsqueda de la melodía perdida. Hasta que esta aparece. O no. En Push aparece pero apenas. En el concierto no apareció por ejemplo. Como si no hubiera habido canción. Estaban tan solos arriba de ese escenario. Como gauchos perdidos en la pampa. En un sobre como el que tenía cuando guardaba la foto del 9 de Holanda guardé una foto de The Cure que salió en la revista Gente. Era la conferencia de prensa antes del concierto. No sé donde habrá sido esa conferencia del delirio. Están los cinco detrás de una mesa, jarras de agua, peinados increíbles y detrás de ellos, un inmenso cuadro representando a Martin Fierro. Esa foto me hablaba. Era la última página de la revista, el titular decía: Un fenómeno para reflexionar. Ecos de la dictadura. ¿Sabe señora mamá en qué andan sus hijos? Se citaban unas líneas de The Blood con sonidos estrambóticos, palabras como para asustar viejas leyendo en peluquerías: estoy paralizado por la sangre de Cristo/ cuando cierro los ojos/ no me puedo detener. Si señor de la revista Gente, andábamos en cosas raras.

El nombre The Head on the Door se le apareció a Robert Smith en un sueño y yo empecé a soñar cosas extrañas. Esa foto era un sueño. Nadie más la vio que yo sepa. Pero existe. Busquen.

Habíamos sido unos niños horrendos. Como la mayoría de los niños.
En la segunda parte Electra ya no estaba. Un día también se fue de casa y, en el mismo momento, empezamos a comer sano. No porque ella se haya ido. Ella nos podía preparar unas buenas sopas y pucheros de campo que cuando no estuvieron nuestros padres extrañamos y pedimos. Antes nos parecía comida de pobres y nos inventábamos cosas para no tener que tragarla. Habíamos sido unos niños horrendos. Como la mayoría de los niños. Por pura coincidencia Electra ya no estaba cuando empezamos con las verduras crudas, semillas y cosas así. Simplemente eso. Dos cosas pasan más o menos al mismo tiempo y tendemos a pensar en causa y efecto. No podemos resistirlo. Como agua que baja y busca su cauce. Nuestros pensamientos buscan ordenarse también. En general corren por los mismos canales, una y otra vez. Canales abiertos quien sabe cuándo. Quién sabe por quién.

El cambio de comida fue la influencia abominable de Sting y Peter Gabriel supongo. Setenta mil personas saltando durante horas en la cancha de River. Estaba todo el mundo. Estaba yo de la mano de mi novia. Esta era por fin la vida. Había asomado la cabeza. La senda iluminada de las buenas personas y las canciones agradables. Se disipaba la bruma. Sting y Peter Gabriel son la clase de personas que hablan en castellano. Digo, tratan de hablar en castellano. La idea de poder hablar cualquier idioma y sobre cualquier cosa viene de alguna no confesada idea de inmortalidad supongo. Las diferencias no hacen problema y pasan. Eso creemos. Todos somos Sting alguna vez. Y ni siquiera hemos cantado ni compuesto una canción. Otro amigo decía que Sting hablaba como el Papa. Los dos tenían esa voz finita. Y ese castellano terrible. Que fragilidad, que fragilidad. Hasta aquí yo había vivido en las penumbras de un inglés que apenas comprendía. Una bruma que dejaba entrar luz aquí y allá. Según lo que entendía que era en general lo que se me antojaba. Dream, girl, death, sometimes, windy eyes. Y esa canción de los Smiths que cantaba todo el tiempo porque simplemente la entendía bastante. Please, please, please, let me get what I want, this time. Mira la suerte que he tenido hasta ahora/ hubiera convertido a un hombre bueno en un hombre malo/ Por favor, por favor, déjame tener lo que quiero esta vez. La pequeña plegaria de un caprichoso. Días y días de escuchar canciones que me decían cosas que no comprendía, pero al mismo tiempo me hablaban directamente, lo que era algo. Al final del gran concierto tocó también Bruce Springsteen. Todo el mundo estaba tan cansado que nadie lo recuerda bien. Fue algo potente creo. Que no terminaba nunca. Pobre Bruce. Al final parecía un acto del colegio que se alargaba y se alargaba. No dábamos más. Estábamos muy felices pero no dábamos más. Espero que puedas perdonarnos Bruce.

No podía ordenar mi memoria pero podía ordenar las bateas.
Como se pasa de la transpiración de Iggy Pop al olor a talco de Sting es un misterio tan grande como el nombre de Electra. Pero allí estaba yo saltando y sintiéndome en la cresta de la ola. Feliz, con dinero en los bolsillos y muchos, pero muchos discos desparramados en la alfombra del living. Tapas de colores soñadoras. Discos dobles y triples. Americanos, ingleses y brasileños. Ediciones especiales y colecciones completas. Lo ordenaba y desordenaba. Por género, nombre, año. No podía ordenar mi memoria pero podía ordenar las bateas. Tomaba trenes y bajaba en todas las estaciones del gran Buenos Aires para ver todas las disquerías que puntualmente se encontraban a la salida del túnel. Había dejado dinero por todas partes, con bastante generosidad.

No duró mucho al final. No lo sabía pero el vinilo estaba por irse y a la pulcritud de Sting iba a seguir la música indestructible y esterilizada en formato compact disc. Música que decían iba a durar para siempre. Como los vasos durax.

Fuimos a ver a todos. Cuando digo todos, son todos, incluyendo The Bolshoi y Gene Loves Jezebel. Dos artistas desconocidos inventados por un productor local. Éramos tan jóvenes. Todos. El país, nosotros, ellos, todos. Todo era posible, hasta inventar nuestras propias estrellas. Los de Gene Loves Jezebel eran todo a lo que yo podía aspirar. Eran hermanos, sudorosos, se vestían de mujer y se daban besos. El rock siempre fue un cuento de hadas. Todo el mundo saltaba, parecía el jolgorio de un casamiento. 

Duran Duran, David Bowie, Laurie Anderson, Eric Clapton, Tears for Fears. UB40, The Cult, Prince, Inxs. Sting otra vez. Todos. A-ha también. No tenía vergüenza en esos días. Antes podía darle un orden a los conciertos que había visto. Antes me acordaba también el nombre de todas las canciones de un disco. Y los lados; y bastantes veces el año. La mayoría de las veces.

¿Cómo eran esos conciertos? Apretujados, amontonados, en puntas de pie, a los saltos, sudados y con una chica de la mano.

 

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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)


 
 
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