Si me preguntan diría que Rocío es flaca y sin accidentes. En verdad no la he mirado mucho aunque no lo crean. Para mi ella era como la Virgen. Una Virgen que mucho más que una madre es una hermana. Claro. María Rocío. Evidente, las vírgenes por definición no son madres. Me confundo. Puedo estar muy confundido a veces. Por largas temporadas. Eso es ser un ser humano. Alguien que puede andar confundido, la mayoría del tiempo. Los perros podrán ser daltónicos pero no andan confundidos. No creen en cosas completamente erradas. No creen durante años que la Virgen es la madre. La Virgen es la hermana hasta que ya no lo es más. Hasta que ya no es más virgen. Rocío tirada en la alfombra con los ojos cerrados.
Un cuerpo sin sexo. Tampoco era que se parecía a un muchachito antes de madurar, muchachitos que aunque sin pelos están lejos de no tener sexo. Más vale tienen un sexo que parece inofensivo, como dientes de leche, que, dicho sea de paso, muerden y hacen doler. De Rocío me gustaba que su cuerpo no me producía nada. Nirvana. Grado cero del deseo. Pero eso me pegaba y pegaba a Rocío. Me era imposible estar demasiado lejos de ella demasiado tiempo. Mi centro de gravedad. Más que a nadie en el mundo, más que ninguna cosa, la necesitaba cerca. Deseo de no desear nada. Deseo de no necesitar nada. Rocío hace flexiones en el living y yo ordeno los discos. Vi a Nirvana en Velez pero eso fue otra cosa.
Ella era la vida y yo su complicación. |
Mis padres se esmeraron con el nombre de mi hermana. Ese rapto de imaginación demuestra que podían si querían; aunque no querían la mayoría del tiempo. Rocío se adaptó muy bien a ser ese manto que lo cubre todo. Ella era la vida y yo su complicación. Dándole vuelta al asunto, una vez me pregunté cómo habrá sido aquel día en que el primer hombre de la historia sintió miedo, o terror, o angustia o desesperación. Me preguntaba como habrá sido el día en que se inventaron esos mecanismos terribles. Tiene que haber sido así. Hubo una vez un tiempo en que no existía el miedo. O tal vez sí el miedo pero no la angustia ni la ansiedad. Y a partir de un segundo, determinado y concreto, separable del resto de todos los otros segundos pasados y por venir, el hombre, algún hombre, se sintió perdido o solo. Angustiado. La angustia apareció en el mundo. Y no lo abandonó nunca más.
Todos somos ese hombre alguna vez. Con las chicas es distinto. Me parece. Con Rocío era distinto al menos. Cuando éramos chicos yo lloraba de desconsuelo. Ella para conseguir cosas. Lo suyo era un adelanto evolutivo, lo mío una tara. En el mejor de los casos una completa inutilidad como el dedo chiquito del pie. Rocío jamás comprendió mi debilidad por las canciones tristes.
Me gustaba el otoño en la quinta. El manto amarillo y rojo de las hojas caídas. Descansaba con la mirada perdida por horas. Mi madre por el contrario se agarraba la cabeza. Se le llenaba el jardín de basura según decía. Durante los primeros años solos dejamos que la hojas cayeran y cayeran. Ninguna catástrofe ocurrió. El mundo siguió en pie. Se lo quise decir a madre en esas veces que aparecía pero fue en vano. Se iba enojada. Las hojas seguían siendo para ella basura aún desde el más allá.
Electra era la señora que trabajaba en nuestra casa. Cómo una señora de campo como ella recibió ese nombre es un misterio. Electra sabía cosas de antes; sabía cómo cuidar las plantas, sabía nombre de pájaros, flores, árboles y arbustos; y cocinaba muy bien. Cocinaba ante todo. Con Rocío podríamos habernos dejado morir de inanición. Hacía unas tortillas que nos salvaron la vida por así decirlo. Compramos un cajón de papas y la tuvimos a Electra cocinando por varios días. Mi padre había dejado una pata de jamón en el cuartito y así pasamos el invierno. Esa fue la primera época.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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