Las quintas en las afueras de Buenos Aires nunca se convierten en una casa del todo. Siempre tienen algo de provisorio y abandono, incluso las bien cuidadas. Incluso, justamente por bien cuidadas, con el jardinero que pasa puntual una vez por semana a rastrillar las hojas y limpiar la pileta. Se reconoce una casa vacía inmediatamente. Como se reconoce una persona sin alma o un artista mentiroso. Las quintas en general juntan los muebles que van quedando de la verdadera casa. Los muebles que pasan de generación en generación y nadie se anima a tirar. En las quintas el tiempo fluye de otra manera. Las verdaderas casas controlan el tiempo, le dan un ritmo, le dan un orden, lo que es igual a negarlo en definitiva. En las quintas el tiempo fluye a su verdadero ritmo. El tiempo fluye como un río de llanura. De tan plano parece imposible que algo se deslice, pero el río de llanura y el tiempo fluyen de igual manera desafiando la física y los sentidos. Tal vez desafiando solo los sentidos y basta. La gente pasa solamente los fines de semana en la quinta porque de otro modo no se iría nunca. Los countries son un invento para combatir estos misterios de las quintas. Son su contrario. Ofrecen actividades, vida social, renombre. Todo lo contrario a nuestra vida con Rocío. Solitaria y apacible como la vida de dos viejas lesbianas.
Hasta que me puse de novio y me encaminé en la senda iluminada de la vida. O eso parecía y lo pareció durante bastante tiempo. Enamorarse puede ser como una novela policial, solo que el muerto está al final y no en el comienzo.
En la quinta había también unos cuantos cerezos muy viejos. Parecían troncos secos pero misteriosamente todos los años brotaban esas flores blancas imposibles. Misterio. Las santa ritas nunca terminaron de afianzarse por culpa de las heladas. Madre trató de controlar todo por medio de un sistema de canteros, flores y caminos con piedritas. No resultó al final. Como tapar un agujero con la mano. Como sacar agua del bote que se hunde con un vaso. Simplemente no funciona. Madre no pudo, como nadie puede, transformar la quinta en una casa y decidió irse antes que todo se derrumbara; junto a ella mi padre. El cerró la puerta. Aunque esta vez, en lugar de dejar que descansara, se encerró el también dentro del cuarto. Normalmente mientras mamá dormía él se iba al quincho a repasar el diario de arriba abajo; otra vez. Como si el diario no estuviera escrito del todo y hubiera que revisarlo cada tanto. Se ponía los anteojos y como un monje se encorvaba sobre las páginas durante horas. Mi padre quiso ser cura y no se animó. Se conformó con el apostolado de un matrimonio desdichado.
| The Cure en Argentina, Estadio Ferrocarril Oeste, Marzo de 1987. Parecía imposible. |
Estábamos la familia completa en Mar del Plata cuando un pibe pasó caminando por la playa entregando volantes. Era una fotocopia en blanco y negro de no muy buena calidad. La cabeza de Robert Smith y la inscripción de la fecha: The Cure en Argentina, Estadio Ferrocarril Oeste, Marzo de 1987. Parecía imposible. La cabeza flotaba en el aire, parecía una de esas cabezas parlantes que después se pusieron de moda en los videoclips. Podía ser también un estudio anatómico de Da Vinci en versión Astroboy. A partir de ese momento la llegada y espera de la fecha me produjo una estado de ambivalencia. Junto con el concierto, o antes del concierto, me convocarían para la conscripción. El gran agujero oscuro.
Tuve el volante en la mano durante bastante tiempo. Muchos años después vi una película de Gregg Araki de dos adolescentes en fuga. En un momento entran a una disquería y ella, o él, revisan las bateas y sacan un disco de This Mortail Coil. Observan la tapa con detenimiento, después la contratapa y luego lo devuelven a su lugar. Esa escena es un corte en la fuga, una marca en la línea del tiempo. Nada más y nada menos. Así el volante con la cabeza de Robert Smith en mi vida. Años después me compré la caja de This Mortail Coil en el Parque Rivadavia. Ya habían llegado los CD. Y las cajas. Las cajas parecen importantes, cosas que se ponen en la biblioteca y no con los discos. Con los compactos más bien. Cuando estaba aburrido iba y la miraba yo también. Parte de la música más triste del mundo. Evidentemente de la depresión solamente tuve mejoras.
Como en esas películas en que el protagonista sale a buscar a un pariente perdido, padre, madre, hermano o hermana; más de una vez pensé en salir a buscar al pibe que me dio el volante. ¿Por qué no? Rastrearlo en algún barrio de Mar del Plata, o en Buenos Aires o Córdoba o Rosario. Encontrarlo, presentarme en una escena absurda. Preguntarle que hace de su vida, que me hable de sus amigos, que me cuente de cómo fue aquel verano. Y luego buscaría a sus amigos de aquella época y así hasta llegar a algo. ¿Por qué no darse una tarea absurda? Cualquier tarea, un propósito ayuda siempre. No lo hice, claro. Otra idea estúpida. Tenía tiempo de sobra en aquella época. Hoy también.
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Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
( http://betojet-o.blogspot.com/)
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