La encontré en un chat y después de varias conversaciones y de contarnos distintas cosas más o menos graciosas y/o ilustrativas de nuestras vidas terminamos en un bar donde nos contamos más cosas y entre esas cosas yo le conté que había estado en el recital de The Cure en Ferro. Y que no solo había estado la primera noche sino también en la segunda. Entonces ella me preguntó con la cara iluminada como había sido. Como un sueño le dije. Así fue y así permaneció en mi memoria. Una serie de imágenes más bien inconexas a las que yo trataba de dar sentido. Había viento sobre el escenario, el sonido se escapaba por momentos y yo no sabía bien de qué se trataba. La atmósfera era muy extraña, sobrecargada, indeterminada, parecía que fuerzas oscuras se habían desatado. Tiempo después Robert Smith escribió una crónica del concierto; aparentemente se encontraba entre lo más salvaje que había vivido. Los diarios decían que la policía había largado perros para contener el público y que el público había devuelto a los perros muertos. No se sí degollados o con los cuellos torcidos o de qué forma. Yo no vi a los perros muertos, pero el ambiente tenía algo de sacrificial. Nadie pudo confirmar la historia, tampoco desmentirla y con los años se fue haciéndo verídica.
| Mientras vos estás acá calentando un café, Robert Smith está en alguna parte cercana. |
La segunda noche se me desdibuja más aún. Fue una noche larga. Yo tenía 18 años y estaba haciendo el servicio militar. Esa segunda noche yo estaba de guardia. Era una guardia liviana, la guardia más liviana posible. Se trataba de ser un poco el sirviente privado del oficial que estaba de guardia a su vez; pasar seis horas en una pequeña cocina para llevarle un café de vez en cuando al tipo. Seis horas por la tarde, seis horas por la noche. Haciendo nada, escuchando radio de madrugada, leyendo. En esa época, por una curiosa serie de casualidades se podía escuchar a Frank Zappa en la radio o Captain Beefheart, o Pink Floyd con Syd Barret, o London Calling de los Clash. Eran días raros sin duda. Terminé mi primer turno a las ocho. Esa noche volvía a tocar The Cure. En una hora más o menos volverían a salir al campo. Yo era bastante fantasioso y pensaba que la ciudad era otra solo por eso. Mientras vos estás acá calentando un café, Robert Smith está en alguna parte cercana me decía. Lo decía como alguna vez me dije, bastante más tarde, en esta calle que vos caminás alguna vez caminó Baudelaire. Pensaba que los lugares estaban habitados por esas presencias. Otras veces eran ausencias las que buscaba. Haciendo guardia y mirando al río me debo haber dicho en más de una oportuniad alguna vez aquí no hubo nadie. El ¿cómo habrá sido?, o mejor ¿te imaginás cómo habrá sido? es la clase de pregunta o comentario que cualquiera que quisiera ser mi amigo se tenía que aguantar. He ido perdiendo amigos a medida que el cómo son las cosas fue ganando terreno.
| Ya por entonces ser soldado era ser un fantasma |
Como un preso que se evade de prisión me escapé. Salí con mi uniforme por la puerta principal, me sentía como esos ladrones de banco de película que se van haciéndo pasar por un cliente ante la mirada de todo el mundo. No tenía entrada para el concierto pero confiaba que en la puerta se compadecieran de un soldado. Ya por entonces ser soldado era ser un fantasma, algo que ya no existe y como tal me podía mover por donde quisiera. Con sentimiento de total ilegalidad caminé esas cuadras vacías detrás de la estación de Caballito para llegar a la cancha de Ferro. Había gente por todos lados caminando en forma desordenada, había policías en todas partes también, recostados en los patrulleros, comiendo choripanes, mirando con rostro amenazante. Pude entrar y a diferencia de la noche anterior que estuve en el campo me quedé en una tribuna y vi todo desde lejos. Como ahora mismo que lo cuento. Lo que más recuerdo de esa noche es la mezcla de alegría al estar saltando en la tribuna cantando los hits de The Head On The Door y la inquietud. Me saqué la chaqueta y me quedé con un pantalón gris que parecía de mis años de colegio. Salté, transpiré, canté y al final salí rápido, tenía que estar a las dos de la mañana para tomar mi guardia otra vez. En la calle había corridas y confusión. Vi especies de barricadas desde lejos, en la calle Avellaneda. Vi humo y gente agitada. Muchos pasaron la noche en la comisaría. Recuerdo sirenas, silbatos y rumores amplificados en una caja de resonancia. Fue mi pequeño mayo francés. Mi educación sentimental. Tomé el 132 que recorrió la ciudad desierta (era un martes o un miércoles); me bajé en un Retiro espectral y caminé unas cuadras por un espacio que aún hoy está olvidado. El edificio Libertad donde yo hacia el servicio militar da las espaldas al río en una zona donde comienza el puerto escondido para la mayoría. Se trata de un inmenso descampado con cientos y cientos de containers amontonados. Casi nadie conoce esa zona de la ciudad. Amplias calles de adoquín y enormes plátanos. Parece otra ciudad, otro tiempo. Lo parecía entonces y lo sigue pareciendo hoy. Lo parecía hasta hace unos años al menos. Ya no voy por ahí.
Página 1 2 3 4
Txt: Dj Malhumor
Ilustración: Beto
|