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pedaleando
Mi vida entre las ballenas - Nuevas aventuras
Dj Malhumor y los coyotes
Una serie de coincidencias lógicas, físicas y de la homonimia de los lugares y los nombres llevaron a Malhumor a una península arbolada donde un rincón del mundo se termina. Mil kilómetros al norte. Malhumor se siente lejos. De un fin del mundo al otro. El idioma francés es gracioso para nombrar una península, ese pedazo de tierra que se mete en el mar, casi-isla. Malhumor es un casi-periodista, un casi-dj, un casi-recolector de repollos, un casi-escritor de novelas inconclusas.
Un extraño bucle que comenzó en el festival de cine de horror y fantástico Fantasia depositó a Malhumor en una carretera vacía, bajo un cielo estrellado, cruzando un bosque encantado y con los coyotes aullando en las montañas. Como en la película que vio en el festival, Riding the bullet, como en el cuento de Stephen King en que estaba inspirada, a Malhumor sólo podía levantarlo y llevarlo un auto conducido por la muerte. ¿Cómo se las había arreglado Malhumor para llegar allí, justo allí, y vivir esa escena alucinada que seguramente alguna vez había vivido Stephen King mismo?
De las colinas cubiertas por el bosque espeso bajan los aullidos de los coyotes y Malhumor se estremece. Comprende que cuando una escena alguna vez pensada/soñada/vista en una película y la realidad coinciden se produce un choque y una alucinación aparece. El mundo mismo se convierte en una alucinación para Malhumor, que no puede creer en lo que escucha, y en lo que vive, allí solo caminando por la ruta. ¿No es que las voces en las cabezas de los locos son sus propios sueños?
Malhumor camina veinte kilómetros a través de la noche, desencadenado, solo, fuera de todo orden. Nadie sabe dónde está. Los pocos autos que pasan siguen de largo como si fuera un fantasma. Finalmente llega a una auténtica gasolinera, allí, a fuerza de suplicar, se sube a un auto que lo lleva de nuevo al mundo de los vivos y de los acontecimientos que se siguen uno detrás de otro, unos causados por otros.
Casualidad tras casualidad, encuentros fortuitos y nombres que se parecen lo habían depositado en esa ruta oscura y vacía, perdido en la nada; ahora un auto veloz y la maquinaria de la voluntad lo llevarán de a poco y con un poco de suerte de vuelta a Montreal y el mundo de las bicisendas. Luego de horas de caminata, un auto lo lleva hasta Gaspé para que otro auto lo lleve hasta Douglastown. Esa noche dormirá en una casa en las colinas, la arquitectura es de Psicosis, sin embargo es una casa habitada por gente buena. Los niños un poco asustados buscaron el cuarto de los padres inquietados por los aullidos; a Malhumor, ahora en una cama mullida, los aullidos lo arrullaron.
Días después, como si viviera en un mundo de cuentas pendientes, Malhumor llega a la ciudad para ver The Saddest Music in the World, la película del canadiense Guy Maddin que no pudo ver en el último BAFICI.
Luego de su estadía en el campo el invento del cine le parece maravilloso y está película es buena candidata para su reinvención. Blanco y negro, ambientada en los años de la depresión, homenaje a Freaks de Todd Browning, estética expresionista y filosofía profunda. Todavía no me explico bien cómo el escritor Ishiguro, inglés de origen japonés, escribió esta película tan canadiense. Es verdad que es universal también y de una acidez suprema. Es muy difícil mostrar el lado ridículo y patético de una cosa (la pasión por la tristeza por ejemplo) sin sacarle lo que tiene de insoportable. Este Maddin, este Ishiguro lo lograron. Gema, perla, película única en un mundo de artefactos que se repiten.
Pasan los días y Malhumor se va a ver a Juana Molina. Juana Molina tiene un nombre de lo más simple para nosotros, sin embargo todos los malentendidos empiezan a jugarse desde el momento que un francés no puede pronunciar la letra jota. ¿Qué entenderán los gringos de nuestra Juana que empieza con su guitarrita recitando el Martin Fierro? Solita la Juana como un gaucho, con la guitarrita, los teclados y sus pedales.
Antes estuvo Tim Hecker. Songwriter del ruido y sin voz. Sus discos son más que interesantes. En vivo se le va un poco la gracia y la gente charla. El mundo encadenado y una cosa lleva a otra. Malhumor descubrió a este Hecker y su hermoso disco Mirages. Malhumor mira el diario y esta noche este Hecker toca con Juana. God speed you Black Emperor tiene un guitarrista (tiene varios) y ese guitarrista tiene un grupo que se llama Fly Pan Am. Que esta noche toca con Juana. Venga Juana. Llega Juana. Artista argentino, hay que decirlo, es tu momento.
Finalmente llegó ese momento en que alguien de entre los nuestros iba a reescribir el rock de ellos. Un concierto impredecible y mágico. A cada momento un descubrimiento porque la Juana misma juega tirando loops aquí y allá. Cuenta historias, habla francés e inglés, canta y ladra (o canta una canción dedicada al perro de su vecino que no se calla, ¿sabe Juana que el ladrido de los perros es un tormento del infierno?). La gente aplaude y esa música sencilla es un artículo complejo porque la jota es jodida. La gente compra el disco a la salida, editado por Domino, dijo la Rolling Stone: como canciones de Nick Drake cantadas por la chica de Stereolab. Se va la Juana juntando sus pedales.
Llega el final ruidoso y a los gritos de trío potente y obsesivo. Malhumor comprende entonces que se trataba esta noche del minimalismo: de los samplers de Hecker, de las guitarras estrepitosas de Fly Pan Am, de las canciones de Juana.
Mundo complejo reducido a sus componentes primeros. En una noche lejana.


DJ Malhumor

 
 
 
     
       
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