| Una cosa buena
que me pasó a diferencias de otras ediciones del Festival
de Mar del Plata es que vi 35 películas y ningún
bodrio. Por supuesto que vi unas más buenas que otras,
o unas más
aburridas que otras o incluso unas más inspiradas
que otras (me gusta esta última dicotomía)
pero no vi ningún bodrio. Bodrio lo que se dice bodrio
lo vi en la calle Corrientes poniéndome al día
con cosas atrasadas cuando regresé: Las invasiones
bárbaras, la película más
sobrevalorada y autoindulgente de los últimos tiempos.
Pero esa es otra historia.
Ver muchas películas juntas te priva de algunas cosas
y hace resaltar otras. Por ejemplo hace resaltar una película
inspirada de otra que es solamente un trabajo, porque digamos,
mejor que trabajar es hacerse director de cine y entonces
hay gente que se pone a filmar por el sólo hecho de
hacerlo pero escondido detrás de la obra se descubre
a un oficinista cansado que quiere volver a su casa. Entonces
se busca una historia y se piensa un comienzo porque por
algún lado hay que empezar y se realiza el largo y
pesado trayecto hasta la palabra fin. Hay otras películas
que resultan de la necesidad de expresión de un autor,
también podría ser de la necesidad o las ganas
de divertir, porque no. El asunto es que hay películas
que tienen su razón de ser y otras no. En general
estas últimas van a parar a la sección de competición,
pero por suerte nos podemos pasar muy bien sin ellas, que
para criticarlas está Clarín.
Esperaba con ansias
la nueva película de Bruno
Dumont, Twenty Nine Palms.
No sé si recuerdan La Humanidad,
su anterior film, escandalosa ganadora de Cannes. Si
ese psycothriller minimalista era difícil y áspero,
esta road
movie de la nada lo es aún más. Más
o menos como leer a Hegel o a Kant. Hay
que transitar y soportar el desierto y la brutalidad de
una pareja copulando aquí y allá para
entender de qué se trata. Se trata de un anti norteamericanismo
cercano a la xenofobia por su brutalidad. Si un europeo
filmando en América y en sus carreteras siempre
fue un homenaje, aquí se trata de odio, una pasión
por lo demás genuina. Algo parecido al desprecio
por los estadounidenses de Lars Von Trier en Dogville o Bailarina
en la oscuridad. Me preguntaba qué clase
de jeep extraño era ése en el que viajaban los
protagonistas, hasta que unos muchachotes sentados atrás
mío
me sacaron la duda. Se trataba de un jeep que se volvió popular
después de la guerra del golfo. ¡Bingo! Sin embargo
los muchachotes pensaban distinto que yo: uno le decía
al otro ¡pura propaganda del auto! ¡Ja!
Este Dumont me
encanta y es un sacado, pero reconozco que es la clase
de película que se recomienda como algunos casados
recomiendan el casamiento, es decir, a pesar del sufrimiento
y los pañales vale la pena.
Hablando de dinamarqueses
inteligentes, el director de Dogville no
nació de un repollo, tuvo maestros. Uno de ellos se
llama Jorgen Leth y estuvo en Mardel presentando
su última película, que de hecho es una colaboración
entre ambos. Von Trier le propuso a Leth hacer
cinco remakes de un corto que había filmado en el
año 1967, El perfecto humano. Para
cada remake, a la manera de dogma, él le pondría
restricciones. El resultado es maravilloso. El cine que más
nos gusta. Mezcla de remix, comic y corto experimental. Baste
decir que Leth vive en Haití, es
viajero, documentalista y poeta. Parece que se repite en
el festival de Buenos Aires. Si te la perdés, te jodés.
Siguiendo
con las recomendaciones llegamos a los Pang
brothers, prototipo de orientales high
tech. Nacidos en Hong Kong, trabajan en Tailandia;
ya los conocíamos por las recomendables Bankgkok
Dangerous y The Eye. Experimentos
de género echo por futuros autores. Aquí se
trata de The Tesseract, seguramente la
peli más ágil y divertida junto con
la brasileña El hombre del año (como Ciudad
de dios filmada por Tarantino ),
que juega con los puntos de vista, las
coincidencias temporales y el azar en una trama de chico
blanco mezclado con jakuzas esperando instrucciones en
el cuarto de hotel. Está llena
de ideas y referencias cruzadas que van desde La
pandilla salvaje a las propagandas de Nike con
astros del fútbol mundial.
Más sofisticado
y artie es el otro film
llegado de Tailandia. Si te parecen difíciles los
nombres chinos y japoneses probá con este: ¡Pen-ek
Ratanaruang! Si el trasfondo policial puede servir
a veces para el drama social, aquí está al
servicio de la metafísica y el misterio de las relaciones
humanas. Con fotografía del mismo señor que
trabaja con Wong Kar Wai, el film tiene
momentos de profunda felicidad. Recuerda bastante a las últimas
producciones de Tsai Ming Liang (¿Qué hora
es allí?) y Hou Hsiao Hsien (Millenium
Mambo), es decir pesos pesados del cine actual.
Otra
para recomendar es Un lugar entre los vivos, del
sutilísimo y chileno Raúl Ruiz. Con
puntos en común con el último Bertolucci de Los
soñadores (imperdible), la peli transcurre
amable e inteligente en una trama policial que desarrolla
la siguiente pregunta: cómo se deviene un escritor. Muy
pero muy francés.
Hay más pero por ahora dejamo' acá.
Cualquier duda o pregunta nos hablamos. Ciao.
DJ Malhumor
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