Antes que nada, una advertencia: esta nota no pretende ser más que un volcado de impresiones, una colección de observaciones caprichosas y arbitrarias, como las que pueblan Encerrados Afuera. Ni grandes verdades ni pequeñas mentiras, sólo ideas, apuntes y ocurrencias de diez días en la Costa Azul, rodeado de bonyurs, silvuplés y yesuidesolés. Quienes busquen más, a hacer click en otro lado, por favor. Gracias.
Txt y fotos: Pablo Conde
Por cuestiones meramente laborales (!!!), terminé viajando al Festival Internacional de Cine de Cannes (!!!). Extraña alineación. Incomprensible, si se quiere. Pero ahí estuve, boquiabierto, perplejo de a ratos, altamente excitado en otros. Cannes, como experiencia, se reveló insuperable, como la mayoría de los viajes en los que apenas se vislumbra la diferencia entre lo interno y lo externo. Un Festival que resultó ser -precisamente- un festival. Con mayúsculas intercambiables.
La cantidad de gente involucrada en este megaevento es impresionante, algo que se comprueba con sólo pasear por el Mercado del Film, el más grande del mundo, por supuesto. Cientos de stands uno junto al otro, donde otras tantas distribuidoras ponen en el mostrador todo lo que tienen en carpeta para el año: desde mastodónticas superproducciones hasta diminutos proyectos, inferiores a los de la Troma. Sí, inferiores.
Todo el mundo habla de cine en el Mercado, un lugar en el que se respira la necesidad de pasearse con changuito, y que encuentra su lado b, su contratara, en el Festival en sí, donde reinan las corridas por llegar a horario, las colas y los comentarios de lo visto, lo leído y lo festejado. Sí, un festival.
Este año, la Competencia Oficial estuvo poblada de Grandes Nombres, ideales para captar a todos los públicos. ¿Sos no uno, ni dos, sino tres cool? Tomá la nueva de Tarantino. ¿El compromiso social es lo tuyo? Ahí tenés a Ken Loach. ¿Buscás voces arriesgadas? Dejá que Gaspar Noé te cague la cabeza. Que Pixar regentee el mainstream, que los orientales te orienten desde la violencia estilizada (Johnny To) a la estilización del tiempo y la ciudad (Tsai Ming-Liang) y que los ya viejos grandes nombres (Almodóvar, Bellocchio) le den espacio a los más nuevitos (Mendoza, Audiard). Y si querés, de paso, que Lars Von Trier y Park Chan-wook te muestren de qué está hecho su cine, tu cine, el cine. Y Terry Gilliam. Y Sam Raimi. Everybody Wang Chung tonight.
En Un Certain Regard, el gemelo malvado de la Competencia, la cosa se pone más permisiva en todo sentido. Ahí convivieron todo tipo de nacionalidades y descubrimientos de alrededor del globo terráqueo. De la madre de Bong Joon Ho a la preciosura de Lee Daniels, de la muñeca inflable de Kore-eda a los colmillos de Lanthimos y, por qué no, de la independencia de Raya Martin a la ninfa de Ratanuarang. Un recorrido ecléctico donde la única lógica es la calidad de las películas, proyectadas en la Sala Debussy, un buen lugar para hacer cola.
Aunque para esperar en fila y con paciencia, la Quinzaine de los Realizadores se lleva las palmas (¡las palmas! ¿se entiende?). Amreeka, Les Beaux Gosses, Carcasses, La Famille Wolberg, Go Get Some Rosemary, Humpday, Ne change rien, La Pivellina, Le Roi de l’évasion, La Terre de la folie, Yuki & Nina… hasta Tetro, si uno es permisivo: muchos nombres, muchas intenciones, muchas (¡muchas!) películas para ver. Y eso sin contar la Semana de la Crítica, Acid, los cortos y otras muestras.
La estructura es sencilla: las películas se pasan oficialmente sólo un día, con una o dos repeticiones. Si no las viste, alguna sala se encargará de ofrecerte otra chance, pero sólo una. O sea, el que no esté dispuesto a fumarse varias pelis por día, está perdido.
Diez días intensos de felicidad fílmica, rodeado de caras alegres y espíritus bien arriba, no exentos de las preocupaciones económicas y porcinas, señal de que sí, el mundanal ruido global, después de todo, sigue existiendo, por más que lo oculten las pobladas cuadras de La Croisette, la avenida principal en la que te podés comprar un Rolex, lo último de Dolce y Gabbana y lo que sea que se te ocurra, mientras sea caro.
Lo que sigue es un detalle de parte de lo visto. Ojalá sirva para bajar ansiedades en algunos títulos y para respaldar a otros, menos agraciados a la hora de la publicidad previa. A quienes no terminen conformes se les devolverán todos los clicks que hayan hecho para entrar en la nota. Hablar a la salida.
Luces, por favor…
-Humpday, de Lynn Shelton.
Chiquita, sencilla, directa: una de las mejores películas del Festival. Dos amigos reencontrados tras unos años definitorios para cada uno (uno recientemente casado, el otro de vuelta de México), deciden llevar a cabo el último grito de originalidad artística: filmar la primera película porno homosexual protagonizada por dos hombres heterosexuales. Todas las aclaraciones, enrolles, embrollos, las idas y las vueltas que uno se puede imaginar, terminan siendo pocas alrededor de esta comedia tan interesante desde los roles técnicos como de los artísticos. Humpday es un pequeño hallazgo que temo estar inflando un poco, quizás porque el factor sorpresa juegue un rol importante en los considerandos para formar parte del bando de los que la amamos incondicionalmente.
-Air Doll, de Hirozaku Kore-eda.
Una muñeca inflable, de esas de utilidad sexual, toma vida y comienza a recorrer las viñas del señor, descubriendo eso que nos hace humanos. De a ratos humorística, de ratos sentimentaloide, la nueva de Kore-eda resulta una película distinta, algo que no necesariamente es bueno y, por ende, tampoco malo. Eso sí, su lírico discurrir tiende a inflar (chiste voluntario) un poco la paciencia. La poesía tiene esas cosas, vió.
-A Town Called Panic, de Stephane Aubier y Vincent Patar.
Un armatoste que aparentemente no merece la pena, se transforma en un despliegue de locura sin fin. Partiendo de una serie de muñequitos de movilidad inexistente (indios, cowboys, animales) el dúo de realizadores inventa un universo con absoluta falta de reglas, donde el descontrol gobierna. La excusa, el punto de partida, es la búsqueda de un regalo de cumpleaños que termina desatando un sinfín de correrías, situaciones absurdas y disparatadas protagonizadas por estos pequeños prodigios plásticos. Difícil de describir, Un pueblo llamado Pánico es lo más parecido a la anarquía animada absoluta.
-Precious, de Lee Daniels. Ópera prima del tal Daniels que se presentó a sí mismo como “muy gay, muy neoyorquino y muy barriobajero” y que demostró lo fuertemente probable de que a una película se le peguen irremediablemente las características de su realizador. Precious es la historia de una adolescente de raza negra, gordita, pobre y con problemas de aprendizaje. Como si esto fuera poco, toda la violencia familiar, toda la mala suerte y todo el desinterés del universo que la rodea se suman para hacer que este sufrido Te Deum ubique en el rol de mártir involuntario a una muchachota de sobradas proporciones que no por eso deja de codearse con Mariah Carey y Lenny Kravitz, actores y productores de la película. Interesante.
-Mother, de Bong Joon Ho.
Tosca. Implacable. Enceguecida por el amor/ obsesión por su hijo, la Madre de Bong Joon Ho inquieta por sus férreas intenciones de que nadie le toque al nene, ese que se metió en problemas por estar en el lugar equivocado a la hora errónea, siendo acusado de un salvaje asesinato del cual su corta capacidad mental parece no guardar ninguna pista. De a poco las cosas se van aclarando gracias a las grandes capacidades detectivescas de la madre, sólo superadas por su poder de convicción y su astucia a la hora del soborno. Una película difícil de encuadrar dentro de un género, quizás el mote de “drama” serviría para dejar conforme al público, pero Bong (o Joon, o Ho) se las arregla para que Mother sea una experiencia bastante distinta a las que uno ha vivido como espectador. Muy recomendable.
-Go Get Some Rosemary, de Josh y Bennie Safdie.
Un padre que parece competir todo el tiempo consigo mismo en la búsqueda de la irresponsabilidad frente a sus hijos. Los tiene durante un par de días en los que la cámara lo sigue con la misma nerviosa naturalidad con que se mueve, con la misma urgencia en la que interactúa con los demás; en especial con esos hijos que lo exasperan con la misma intensidad con que él exaspera al espectador. Fresca, urgente, naturalmente moderna, Go Get Some Rosemary delata el talento de sus realizadores que citan influencias tan lejanas y cercanas como Cassavetes, Truffaut, Kieslowski y Tati. Para tener en cuenta. Fuertemente.
-Drag Me To Hell, de Sam Raimi. ¡Gran película de género! En una época en la que el terror pasa un momento… de terror, Raimi elige el camino más sencillo y sincero: focalizar en una historia sencilla, pequeña y poco ambiciosa, que se transforma en una experiencia divertida, llena de sobresaltos y alegrías para los amantes de las películas de medianoche. Una empleada bancaria recibe una maldición de una gitana, que invoca a un demonio que a los tres días arrastrará su alma al infierno. Las intentonas de la muchacha por zafar de lo que no tarda en comprobar como pavorosamente cierto van de lo desternillante a lo siniestro. Una muy buena película, para quienes disfrutan de este tipo de cuestiones, por supuesto.
-Map Of The Sounds Of Tokyo, de Isabel Coixet.
Me gustaría tener una reunión personal con esta ¿señora? ¿señorita? Y preguntarle cómo hizo para escribir tan a tono con Corín Tellado y que el resultado sea una telenovela colombiana de la tarde con un “derroche de poesía visual”. Isabel, ya no soy tu fan. Para nada. Negaré cualquier afiliación pasada.
-Los abrazos rotos, de Pedro Almodóvar.
Con Almodóvar pasa lo mismo que con Woody Allen, Scorsese, Coppola y tantos otros: uno se pregunta para qué siguen tapando con tanta tierra un pasado glorioso. Y casi (casi) siempre, uno sale con la sensación de que esta vez “le fue mejor que en la anterior”, aunque esa fútil opinión dure lo que tarda uno el digerir la siguiente comida. O menos, si uno es un fakir. Los abrazos rotos tiene sus momentos, con buenas interpretaciones, alguna simpática caracterización y un par de diálogos a tono. Sin embargo, también tiene sus momentos: solemnes, cargados de cursilería y colores pastel con tendencia a la estridencia. Cuando parece que el rumbo de la historia no existe, cual cachetazo se plantea un flashback que genera una tropelía de obviedades que si bien tienen un asidero y terminan siendo tratadas –relativamente- como obviedades, es difícil no golpearse la cabeza contra ellas al salir del cine. ¡Cuidado, Pedro sigue bajando el techo!
-Enter The Void, de Gaspar Noé.
Puede ser la interminable catarata de secuencias lisérgicas, con cientos de firuletes de todos los colores imaginables que danzan en la pantalla. Puede ser por la evidente forma en que utiliza los golpes bajos, por el obvio disfrute de Noé ante cada uno de ellos, tan maniqueos, tan efectistas. Puede ser por lo exxxtensas que resultan sus ¡dos horas y media!, por lo exxxtenuantes, exxxigentes, demandantes. Por todo eso y por mucho más, me hinché las pelotas de manera absoluta de este rimbombante despliegue artístico y/o manifiesto posmoderno y/o grito de rebeldía autoral. Es, sin embargo, una lógica continuación de Irreversible. O sea, que el tipo cumple, cumple. Ahora qué y con quién, prefiero ni planteármelo. Una película extrema en varios sentidos, que sigue al espíritu de un muchacho recién asesinado que busca un lugar cómodo y calentito por el cuál volver a la vida. Su deambular, errático de a ratos, concreto y nada azaroso en otros, será lo que se presencie.
-Vengeance, de Johnnie To.
Qué fácil que es hacer que la crítica establezca paralelos con cineastas consagrados, escuelas, estilos o géneros. Para muchos, Venganza del señor To es un homenaje al film noir francés más puro, invocando todos los nombres obvios, esos que no pienso pisotear con la alegría que lo han hecho varios medios. Hay algunos momentos simpáticos en esta tonta historia guíada por la venganza, pero ninguno de ellos está en la trama (más obvia, básica y falta de idea imposible) o en la puesta (ralentis a troche y moche, hasta para prender un cigarrillo, ponerse un sombrero o subirse la bragueta): la sutileza reside en algunas caracterizaciones de personajes, que cuando To deja de lado la brocha gruesa para agarrar el pincel finito, uno no puede más que darle la bienvenida.
-Looking For Erick, de Ken Loach.
Un pequeño respiro para Loach, que demuestra que la comedia pasatista le sale bien, por más que deje algunas cositas de comentario social al pasar. Algo inevitable, sin duda si tenemos en cuenta lo seriecito que es él con su cine de compromiso. Un tipo común intenta reconstruir su vida sentimental mientras recibe consejo de Eric Cantona, el jugador de fútbol francés, que se le aparece cada tanto con sabias palabras de aliento. Sencilla, efectiva y entrañable.
-Antichrist, de Lars Von Trier.
Provocador absoluto, pero de los buenos, de los que lo hacen con un fin, una intención y un sustento. La única película que me dejó realmente perplejo, aún más de lo que esperaba. Si tuviese que establecer un paralelo con la obra anterior de Von Trier, la emparentaría con el dedo mojado en la oreja de Bailarina en la oscuridad, la suciedad de Dogville y la negrura de la miniserie The Kingdom.
-Inglorious Bastards, de Quentin Tarantino.
QT, QT… Uno entiende que después de tantas idas y vueltas el tipo quería ser tenido en cuenta por la parte más docta de la industria cinematográfica, recibiendo el aplauso y el reconocimiento de todo un evento como es Cannes. También se entiende que para eso haya hecho concesiones consigo mismo, dejando un poco de lado lo que podría haber sido para contentarse con un lo que es. Pero, bué. Da la impresión que alejarse de la glorificación de la ultraviolencia, estilizar aún más su lado más estilizado, regodearse en diálogos de alto impacto y poco factor de codificación pop (o kitsch, o cool, o lo que sea) y hacer una película madura, lo hace alejarse un poco de su público más fiel. Más frío de lo que uno – o yo, para ser exacto- esperaba, el tarantinesco bastardo sin gloria parece ser un soldadito light cuya construcción, evidentemente cortada en montaje, no lleva a ninguna parte, sólo a una anécdota muy simpática, sobre la cual gira todo. O sea, de esos rabiosos cazadores de nazis sólo vemos un par de minutos, después, la construcción de un plan para deshacerse de un grupo de importantes generales alemanes. En los setenta, inclusive en Italia, se hacía mucho mejor. Y no, no se lo tomaban tan en serio. Una lástima.
-Thirst, de Park Chan Wook.
Uno de los golazos de este festival. Humor negro y blancuzco, terror diluido y climas enrarecidos, cargados de una especie de erotismo masoquista. Wook se despachó con una película repleta de puntos de giro, inteligente, sutil y calculadamente visceral. La historia de un cura que se transforma en vampiro por una transfusión de sangre es el puntapié inicial para hablar un poco de religión, otro poco de tabúes, relaciones prohibidas y sangre bebestible. No es otra película de vampiros, sino una búsqueda por construir un universo en el que la obsesión y el amor fou (o loco) se transforman en los únicos ejes posibles.
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