Se llama Historias Extraordinarias y consta de un bloque, dos bloques, tres bloques. Cada uno de, ponele, ochenta minutos. Entre el uno y dos y el dos y tres, intervalos. Es el último ovni de Mariano Llinás, por primera vez visto en el Bafici. Alta la expectativa pero de ahí a bajar las rampas del Hoyts gritando Cine-Cine-Cine de antemano sólo posible imaginación canábica en pleno ejercicio digresivo. Más de cuatro horas pasando frente a uno que no deja en ningún momento de estar más cómo que tuerto tirando al blanco. Al menos eso creo porque sólo llegué a ver las dos primeras partes de la nueva experiencia en digital de los creadores de Balnearios, El Amor (Primera Parte) y Opus. Se sabe: es festival, es Bafici, es vorágine audiovisual y recién el peruano de la esquina o el parrillón de en frente y ni tiempo de digestión y ya un japonesito volándole las entrañas a esa chica muda. Eso, y en el medio un pariente al que le agarra un patatús y al día siguiente dos entradas a una filipina para ir con ese chico tan deseado al que quizás poder rozarle la pierna o acariciarle la nuca mientras desperezarme. Así que primer capítulo, segundo, sopita y al hospital. Y en el medio lamentar no mucho la pésima salud de mi familiar y sí bastante perderme esa experiencia.
Igual, tampoco imaginé realmente una pérdida. A Historias Extraordinarias, estoy convencido, uno vuelve y vuelve. Es un quiebre, es señoras y señores, en los últimos diez, quince años hubo cierto cine argentino; señores y señoras, en los próximos diez, quince años puede haber también este cine argentino. Nos encontramos ante una película de presupuesto mínimo alejada de los organismos europeos que le financian el chiste a algún estudiante palermitano de cine –o a una salteña más grande que Shaquille O’Neal-. Muchos actores son los mismos técnicos, casi siempre filmados desde una prudente distancia y protegidos por el velo de una constante voz en off. I-Sat figura como uno de los co-productores y uno imagina que se pasará en ese canal de televisión. Es entonces cuando uno se arriesga a dilucidar la primera declaración de esta monumentalidad: yo hago lo que se me canta el pito y todxs ustedes agáchense porque durante algunas horas me apropié de su respiración y si ahora se me da la gana declaro que no sólo es obvio que la tele y el cine no se diferencian por su sustento material sino tampoco por su espacio de exhibición. Es así como uno puede imaginar, aparte del Malba, I-Sat como espacio directo de exhibición. Qué mejor, además, teniendo en cuenta la duración y, sobre todo, la fragmentación, qué mejor que pasar la película en tres partes diferentes.
Llinás, cansado de despotricar contra medio mundo, viene ahora a ponerse detrás de la cámara una vez más y reírse de su faceta tirabombas cerrándole la boca a todos con una trompada que andá a cantarle a Gardel lo que te hizo Bonavena. Así, las palabras no vistas no oídas son su Yo soy vanguardista: soy clasicista. Historias Extraordinarias está muchísimo más cerca de Borges que de Bjork, Bowie y Beck, la voz en off omnipresente relaciona la película con un relato novelístico. Lo que parece la épica del siglo veintiuno se nos presenta instantáneamente como la del primer veinte. Su universo es anacronismo puro, una película de aventuras donde celulares o televisores brillen por su ausencia es rara y más aún una donde las cartas ocupen un lugar primordial. La película, sin decirnos nada, nos lleva a una argentinidad bien de principios del mil novecientos, a una época donde todo estaba por hacerse al mismo tiempo que las limitaciones comenzaban a hacerse evidentes. A una argentinidad de locales gregarios reunidos en un café con el inmigrante taciturno y todos en silencio o a gritos alcoholizados evocan la nostalgia a un tiempo pasado que ni a palos sucedió, repudiando el presente sólo por el escepticismo de venir de chocar contra una pared que tiempo después podría tener pintada entre pes y ves la consigna La realidad, pibe. Hacia ahí van los personajes del dos mil y pico, hacia atrás buscando aquello que faltó. En su trayecto aparecerá de a ratos Argentino Vargas de Los Muertos en la piel de Agustín Mendilaharzu o el taxidermista de El Aura como Mariano Llinás haciendo de espectador de un crimen en la secuencia inicial filmada desde la lejanía, plano voyeur tan similar a aquel de la fábrica de Bielinsky. Es este doble diálogo lo que deslumbra en Historias Extraordinarias. La película conversa constantemente con sus contemporáneas mientras investiga ese rincón oculto de nuestra cinematografía, el territorio de la pampa húmeda y su fauna, quizás hasta la identidad argentina toda. Historias Extraordinarias se abre constantemente, de una historia salen dos, de ahí otra, de una reflexión otra. Historias Extraordinarias es una película que no tiene miedo a decir cosas. Eso sí, sin caer nunca en lo grandilocuente ni lo didáctico, Llinás cuenta cuentos atravesados por la coyuntura de los personajes, nada que ver con las chicas conversando con conejos y los mozalbetes buscando remeras de estreshas de rock en el tacho de basura para llamar la atención de sus papis tan característicos del nuevo mongolismo argentino.
El título, la segunda declaración inmediata. No es con Sorín con quién conversa la película, parece que Llinás no es de los que hacen viajes y se permiten no asistir a ellos. Él habla con El Cine y de las mayúsculas que se avergüence tu tía. Con El Cine y de Hitchcock y compañía que se ocupe otro, cada cual con sus prácticas onanistar favoritas, yo prefiero la carne argentina, yo prefiero, ahora, las Historias Breves featuring Burman, Caetano, Martel, Rosell, Stagnaro y así y así y así. Entonces se dice oquei, antes que esto hubo algo groso pero después la cosa se fue al carajo. Oquei, dice, la cosa se zarpa en solemne casi oligofrénica pero ahora llegué yo y la cosa se va a tranquilizar. Oquei, dice, pasen por acá, siéntense y pónganse cómodos, les muestro el camino. El camino son aventuras, son personajes mostrando y dejando de mostrar, es una historia de amor que morite de envidia Notting Hill, son apuestas ridículas, crímenes casuales e investigaciones leoninas, es miedo y un cuarto de hotel, es hasta un viaje a algún país de África que nadie podía constatar a ciencia cierta que existiese pero que ahora viene la troupe de El Pampero Cine a confirmar.
Hay esperanza. La alternativa a Julio Chávez veinticuatro veces por segundo no es una canción oligofrénica sobre los dementes del cine independiente. En este caso la opción es un King Kong del tamaño del monumento a la bandera vestido a veces de camisa y pantalón, otras de remera y alpargatas, siempre dando pasos gigantescos sobre el territorio argentino inexplorado y recordándonos que él eligió el camino A pero todavía se puede B, se puede C, se puede D, se puede F, G, H, I y también J, K, L de Llinás (o de Lost, como dijo el chico gordito de anteojos a la salida del primer bloque, lanzando alaridos para convencer a todos que era Lost made in Argentina) y M, N, Ñ, etcétera. Hay película, hay ruptura. Dale play.
Txt: Alexandro
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