| Sucede
a veces que los críticos mucho más que hablar sobre discos
o películas quieren construirse una identidad; sea de persona cool,
sea de persona implacable, sea de persona fuera del mundo. En última
instancia, construirse una identidad como críticos, porque quieren
diferenciarse de quienes no lo son, porque quieren diferenciarse de otros
críticos, o simplemente porque quieren conservar su trabajo y que
otros no se lo roben. Sería mucho más sano que buscaran
directamente poder, dinero y chicas, pero ello es algo que jamás
confesarán (ni vamos a confesar).
Por eso, no somos críticos, no es nuestro trabajo. Preferimos perdernos
en los objetos, que sean ellos los que hablen, los que muestren sus gracias
y sus imperfecciones, que hablen las obras, los discos y las películas
mismas. Queremos por supuesto compartir nuestras pasiones. ¿Pero
es que acaso uno no se define por sus pasiones? Claro, pero explicando
que las pasiones no son propiedad de nadie, uno se sube a ellas y se
deja conducir como por las olas en el mar.
Pero entonces: ¿escribimos cualquier cosa? No. Escribimos lo que
podemos, lo que nos permite nuestras historia, conocimiento y preferencias.
¿Es sólo cuestión de gusto? Por supuesto, pero si
aclaramos que el gusto tiene también sus reglas, avatares, y sus
maneras de ser conducido, en nosotros mismos y en los demás.
Un problema con el mundo en general es que los sucesos y las palabras
siempre quieren decir muchas cosas; y por qué no contrarias. Podemos
escribir por ejemplo: Los Velvet Underground se encuentran
con los Cowboys Junkies. En un caso podemos querer
dar una pista para que se sepa de qué se trata, en otro caso queremos
mandarle un mensaje a una antigua novia y en otro caso simplemente queremos
pavonearnos de nuestra extensa vida musical (y dejar a algunos, no a todos
porque si no nadie leería, afuera). El curioso irá a ver
de quién se trata, si es que la intención es causar interés
y no hacerlo sentir un poco tonto. No sé por qué clase de
complejo de inferioridad bastante estúpido esta modalidad de escribir
es muy corriente, muchas veces por moda y descuido, otras veces porque
los que escriben son simplemente unos idiotas.
¿Pero por qué hay siempre que nombrar otros artistas cuando
se habla de uno en especial? A veces se abrevia si se comparten códigos,
otras veces es pereza y otras veces es porque la manera en que se habla
de la música, por una especie de contagio, acompaña el proceso
en que esta se hace. Cortar y pegar, samplear, citar y rescribir. Así
componen hoy los más inquietos (la mayoría de los que nos
gustan). No se buscan raíces, influencias o plagios, simplemente
se enumeran los materiales. Cuando el jovencillo de hoy comienza a tocar
la guitarra ya no salen notas, sale Jimmy Hendrix directamente.
Cuando el cantante folk compone no sale una canción, sale una
variante de Neil Young. Hablar de ciertos artistas es
hablar de universos sonoros, de pequeñas invenciones que se combinan
para crear otras nuevas. Las posibilidades son tantas que las palabras
son pocas para hablar de algunas nuevas cosas, entonces agarramos las
que tenemos a mano: Magnetics Fields, Flaming Lips,
Pet Shop Boys o P.J. Harvey. Sepan disculpar
las molestias.
Y a propósito: ya estamos discutiendo por la inclusión
de los Pet Shop Boys en el renglón anterior.
Esto es vida...
Santiago B.
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