Hoy,
al sentarme a escribir estas líneas, sé que mi
relación amor/amor con los Pixies aún
sigue intacta. Todavía sigo puteando por perderme los
shows que vienen haciendo desde su reunión. Hacer un viaje
sólo para de verlos en vivo es un imposible para mi bolsillo,
siempre en crisis, siempre tan argentino él.
Igual estoy al día con casi todo lo que sale a la calle, relacionado con
ellos. De hecho, hace poco ví el nuevo documental sobre la banda, llamada loudQUIETloud,
el cual –debo admitir, a mi pesar- me deprimió bastante y ayudó a
sacarle todo el glamour y el misterio que tenían los Pixies a
fines de los 80, cuando no sabíamos mucho de ellos, cuando la data no
llegaba a uno, cuando esos increíbles artes de tapa eran lo único
que los hacían reales.
Ese es un Yo que extraño: tirado en algún rincón, descubriendo
los detalles de sus discos, escuchando sólo sus líneas de bajo ó sus
guitarras. Descubriendo cómo se construye una canción, gracias
a una banda que lo hacia ver como algo fácil, al alcance de cualquiera,
pero con una sofisticación, unos arreglos y una furia desatada que nadie,
jamás pudo imitar.
Pero ahora que la vida moderna, el adsl y los amigos ayudan a que ciertas distancias
se acorten extremadamente, los Pixies son casi una caricatura
de lo que solían ser. Verlos en vivo parece ser una vieja ilusión,
la de tener a cuatro monstruos musicales, endiosados, inmortalizados arriba de
un escenario, con kilómetros y kilómetros de fans desgañitándose
al seguir los coritos de cualquier tema de Doolittle, pogueando
a cualquier precio al ritmo de algún track de Surfer Rosa.
Hoy los Pixies están gordos, pelados y hartos de todo.
Hoy los discos que hace cada uno por su lado no tienen mucho que ver con esas
cinco glorias que llegaron a grabar. Hoy son casi una caricatura de lo que fueron.
En lo que va desde su reunión un par de años atrás, grabaron
sólo dos canciones, Ain’t That Pretty At All (un
cover de Warren Zevon) y Bam Thwok, un track
propio que suena más a las Breeders menos interesantes,
las de Last Splash, el disco más comercial, no las de Pod,
un álbum mágico, poderoso, cuasi místico.
Y Frank Black...
Los discos nuevos de FB se vuelcan más a un clasicismo
vacío, falto de originalidad, simplista en todo sentido, que deja entrever
un poco su fanatismo por los Ramones y no porque suene remotamente
parecido a ellos. FB se transformó en una máquina
de escupir temas que se escriben solos, que debe componer casi a diario. Sus
nuevos discos no sorprenden, no emocionan, no entusiasman. Quizá busca
llegar a esa reputación de gran compositor que siempre buscó. Quizá está haciendo
lo que le sale para ganar un poco más de guita (aunque las giras con los Pixies le
deben estar dejando un buen restito).
FB se volvió todo lo que desde su música,
en sus años como Black Francis, parecía
odiar. O envidiar, quizá. Si es así, parece que lo
logró. Con este nuevo perfil de pseudo-country, americana
o cómo lo quieran llamar, ya no tiene más gracia.
Yo ya estoy cansado de hacer de cuenta que está todo bien con sus discos,
comprarlos y dejarlos acumular polvo en períodos de tolerancia cada vez
menor. Veo con horror, que mi fanatismo tiene límites, algo que pensé que
nunca sucedería.
Hoy, sentado en mi casa con este disco sonando de fondo, un poco de frío
y una taza de té en las manos, puedo decirlo: te odio un poco Frank
Black, tanto que daría lo que sea porque vuelva Black
Francis, algo que por desgracia, intuyo que nunca va a pasar.
Hoy, al sentarme a escribir estas líneas, sé que mi relación
amor/amor con los Pixies aún sigue intacta. Hoy sé que
los Pixies murieron apenas entraron a grabar Trompe
Le Monde cada uno por su lado.
Y los extraño más que nunca, la puta madre.
En pocas palabras: más de lo mismo y para colmo
en un disco doble.
Recomendado si te gusta: Honeycomb.
Para escuchar: muy, pero muy de fondo. Aunque aún
haya gente que lo defienda y quiera demostrar “las grandes joyas ocultas”.
Dijo Víctor: ¡Che,
en este disco hay grandes joyas ocultas!
Linkología: www.frankblack.net
Pablo Conde
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